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“Ser temporera”: algunas reflexiones sobre identidad y subjetivación de las trabajadoras de la agroindustria en Chile

13 julio 2011 1.272 visitas Un Comentario

Por Cinthia Vargas Leiva

“Hace algún tiempo vino del sur
Y en su mochila traía sueños de mejores días
La temporera dejó su hogar
Y allá en su tierra lejana llora un niño que la extraña
Temporera, tienes que trabajar duro la tierra para cosechar
Ay, temporera, tienes que luchar pa’ que mañana vuelvas al hogar
Junto a los tuyos, temporera
Que allá lejos, temporera
Un niño pequeño espera
A su madre, la temporera
Que vuelva pa’ que le quiera…”

Canción “La Temporera”, Grupo Hechizo

Durante las últimas décadas, en América Latina y en Chile específicamente, se han producido importantes transformaciones en todos los ámbitos de la vida social, asociadas a la expansión acelerada del proceso de globalización y a la implementación del neoliberalismo. La reducción de la responsabilidad del Estado en la cobertura de los servicios básicos, a través de la privatización de los mismos; la precarización de las condiciones laborales, la desregulación del sector económico y la creciente modernización del sector productivo, así como la instauración de la democracia liberal como forma de gobierno hegemónica, forman parte de este proceso de transformaciones, que ha afectado de manera desigual a mujeres y hombres, a sectores rurales y urbanos, y, finalmente, a los diferentes grupos y clases sociales.

En este contexto, las reformas realizadas en Chile durante la dictadura militar terminaron con todos los resabios de lo que fue un incipiente Estado benefactor, dejando el camino libre a la implementación en todos los ámbitos de las políticas neoliberales. El campo no fue la excepción, y la modernización del sector, a partir del surgimiento de la agroindustria y, con ésta, de una emergente clase empresarial ha provocado importantes transformaciones en las formas de vida personal, familiar, comunitaria y laboral de la población rural. Uno de los ejes principales de esta modernización, que ha incidido significativamente en dichas transformaciones, es la asalarización del trabajo agrícola femenino, la que se ha producido en el contexto de precarización de las condiciones laborales. Las mujeres, que desde la década de 1980 se han incorporado masivamente como fuerza de trabajo al mercado laboral agrícola, lo han hecho bajo condiciones de informalidad o semiinformalidad, a través de contratos eventuales -si es que los hay- por períodos determinados por la propia producción agraria (época estival), especialmente en labores de tipo manual, con lo cual se producen épocas de desempleo generalizado, llamadas “meses azules”. Esto ha significado que estas trabajadoras sean mayoritariamente “temporeras”, desde un punto de vista laboral, lo cual, con el paso del tiempo, ha implicado que la experiencia de “ser temporera” constituya parte esencial en la construcción de su identidad de género. Como consecuencia de esto, y dada su magnitud, autoras como Ximena Valdés consideran que se ha producido una feminización del trabajo agrario.

Desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad, la estructura agraria ha sufrido importantes transformaciones, derivadas de dos importantes procesos que tuvieron lugar: la Reforma Agraria y la Contrarreforma, lo que a su vez ha repercutido profundamente en las formas de vida de la población rural. La Reforma Agraria, proceso llevado a cabo en la década de 1960 y principios de 1970, se constituyó como el primer impulso modernizador del sector agrario, el cual se había mantenido durante siglos bajo una estructura hacendal de inquilinaje. En el sistema hacendal, la tenencia de la tierra estaba principalmente en manos de latifundistas pertenecientes a la élite nacional y constituía un valor en sí misma, más allá de su rendimiento productivo.

La Reforma Agraria tuvo como principal objetivo aumentar la productividad de la tierra, a través de la expropiación de terrenos y su entrega a campesinos para que la trabajasen. Además, se evitaba con esto el surgimiento de potenciales revoluciones sociales de los inquilinos, en el contexto de Guerra Fría, razón por la cual se promovió la sindicalización de los trabajadores, con el fin de regular las relaciones laborales al interior de las haciendas, enfocando sus beneficios principalmente en los varones trabajadores agrícolas (Tinsman, 2002; Valdés, 2007).

Sin embargo, tras el Golpe Militar de 1973 se ejecutó un proceso de Contrarreforma, que implicó la devolución a manos latifundistas de gran parte de los terrenos que se habían expropiado con la Reforma, lo que potenciaría la modernización del sector agrícola a partir de la parcelación y venta de dichos terrenos para su utilización en la agroindustria de exportación, constituyéndose, paralelamente, una emergente clase empresarial. Esta situación se vio favorecida por la implementación de las políticas neoliberales durante la dictadura. La modernización trajo consigo la descomposición de la hacienda tradicional y produjo profundas transformaciones en la estructura de tenencia de la tierra (Rebolledo, 2010), lo que repercutió en una serie de cambios en las formas de vida personal, familiar, comunitaria y laboral de campesinos y campesinas.

Como todas estas transformaciones en la estructura agraria chilena se han producido durante los últimos cincuenta años, dando cuenta del acelerado proceso de globalización que incorporó a este sector a la estructura económica mundial, la mayor parte de las mujeres campesinas, salvo las nuevas generaciones, ha experimentado como vivencia personal todos estos cambios: los últimos años del sistema hacendal, luego la Reforma Agraria y, finalmente, han vivido los efectos de la Contrarreforma y modernización del sector agrícola, a través de la agroindustria (Rebolledo, op. cit.). Tales transformaciones han determinado de formas diferentes las vidas de estas mujeres, sus experiencias y, con esto, la forma en la que se han constituido como sujetos, cómo han construido su subjetividad e identidad, la que evidentemente está mediada por estas experiencias y está en permanente cambio, atendiendo al proceso globalizador en que se enmarca.

En este sentido, es interesante la propuesta de Susan Stanford (Stanford, 2002) sobre la identidad en movimiento, retomando el concepto de interseccionalidad y multiposicionalidad de los sujetos para comprender de qué manera estas mujeres constituyen parte de su identidad (o una de sus posiciones identitarias) desde su experiencia como temporeras. Si bien las trabajadoras agrícolas, como las mujeres rurales en general, constituyen un grupo heterogéneo, es posible establecer que la identidad derivada de su trabajo como “temporeras” presenta algunas similitudes, que para ellas constituye una experiencia compartida y que, como lo plantea Catalina Arteaga, ha llegado a constituir, finalmente, una identidad laboral (Arteaga, 2000). Esto ha permitido la organización de estas mujeres para lograr objetivos comunes en relación con demandas de mejoras laborales, no sólo salariales, sino también relacionadas con las condiciones de contratación, previsión, sanitarias y salud laboral. Un ejemplo de esto es la realización de la Primera Asamblea Nacional de Mujeres Asalariadas Temporeras de la Agroexportación en el año 2002, en Santiago.

A su vez, el proceso de construcción de identidad de estas mujeres en tanto “temporeras” también intersecta con otras experiencias compartidas, que tienen relación no sólo con las condiciones de trabajo, sino con la forma como se asumen los roles de género en la población rural, puesto que, si bien ellas perciben un salario que, muchas veces, constituye el principal ingreso en el hogar, también deben asumir las responsabilidades de las labores reproductivas, implicando la realización de una doble jornada que repercute en un desgaste físico y psicológico (INE, 2007). Ejemplo de esto es la siguiente declaración, realizada en la Primera Asamblea Nacional el año 2002: “Casi todas debemos asumir una segunda jornada de trabajo, que es el trabajo doméstico, que implica hacer las cosas en la casa y todo lo que demanda la crianza de los hijos, tarea que a lo más la compartimos con nuestras hijas, u otras mujeres de la casa” (Primera Asamblea Nacional de Mujeres Asalariadas Temporeras de la Agroexportación, 2002). De esta forma, la constitución de identidad de estas mujeres temporeras también se cruza con sus otras posiciones sociales, con el ser madres, esposas, hijas.

Por último, todo esto tiene relación con la forma como estos sujetos se “engeneran”, es decir, construyen su propia identidad femenina a partir del proceso de subjetivación, el cual se hace “por un compromiso subjetivo con determinadas representaciones ofrecidas por una matriz de discursos, hábitos y prácticas” (De Lauretis, citada por Bonder, 1998), las que, en el caso de las temporeras, varían entre las diferentes generaciones de mujeres y dependen del contexto de la experiencia vivida. Es así que el proceso de subjetivación de las mujeres más jóvenes está más influenciado por ideas modernas, como la autonomía femenina, las relaciones de pareja por mutuo acuerdo y el trabajo asalariado femenino como un elemento más naturalizado, mientras que las mujeres mayores aún presentan elementos que tienen que ver con representaciones más tradicionales, si se quiere como resabios de su experiencia de vida en las haciendas, especialmente en relación con cómo conciben su trabajo asalariado y sus relaciones de pareja. En la mayoría de los casos, las temporeras mayores perciben su trabajo como una “necesidad” económica, que complementa el ingreso mayoritario -aunque a veces en términos cuantitativos no sea así- del proveedor del hogar, que sigue siendo el marido.

A modo de conclusión, la utilización del concepto de identidad en movimiento en el análisis del proceso de subjetivación y construcción de identidad de las mujeres trabajadoras asalariadas agrícolas desde su posición como “temporeras” -que a su vez intersecta con las otras posiciones que asumen como sujetos: como madres, esposas, hijas, mujeres- puede constituir un importante aporte para la elaboración de futuras políticas públicas enfocadas hacia este sector, especialmente porque da cuenta de la compleja realidad de estas mujeres en un contexto de globalización.

Bibliografía

• Bonder, Gloria (1998). “Género y subjetividad: avatares de una relación no evidente”. En Género y Epistemología: Mujeres y Desarrollo. Programa de Estudios de Género, Universidad de Chile.

• INE (2007). Mujer en la Agricultura: Resultados Censo Agropecuario. http://estudios.sernam.cl/?m=e&i=45 [Consultado 15/06/2011]

• Primera Asamblea Nacional de Mujeres Asalariadas Temporeras de la Agroexportación (2002). “Salud laboral de las mujeres temporeras” http://www.olach.cl/home/olach2/www/images/storieseje_salud_laboral[1].pdf [Consultado 20/06/2011]

• Rebolledo, Loreto (2010) “Las mujeres rurales en el contexto de la modernización agraria”. En Anales de la Universidad de Chile, Volumen 0 Número 5, Santiago, Chile.

• Stanford, Susana (2002): “Globalización y Teoría Social Feminista: Identidad en Movimiento”, paper especialmente preparado para Seminario “Globalización y género: Dimensiones económicas, políticas, culturales y sociales. Tensiones, reacciones y propuestas emergentes en América Latina”. PRIGEPP-FLACSO.

• Tinsman, Heidi (2002). Partners in conflict: the politics of gender, sexuality, and labor in the Chilean agrarian reform, 1950-1973. Durham & London, Duke University Press

• Valdés, Ximena (2007). La vida en común. Familia y vida privada en Chile y el medio rural en la segunda mitad del siglo XX. Santiago, LOM Ediciones.

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Un Comentario »

  • Identidad dijo:

    Falta una definición operante para Identidad, ya que es muy complejo para las ciencias sociales… lo demás esta muy bien planteado..

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