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Problemas limítrofes: ¿el nacionalismo como solución a problemas internos?

GettyImages http://www.gettyimages.com/detail/91952196/Brand-X-PicturesPor Renato Hamel Alonso.

Las relaciones internacionales entre Chile y sus vecinos del norte,Perú y Bolivia, como se sabe, no siempre son todo lo expeditas y cordiales que se quisiera. Cada cierto tiempo, dependiendo de coyunturas internas y externas, surgen temas que estancan estas relaciones bilaterales, las que en otros momentos son descritas como amistosas y constructivas. A menudo, es posible escuchar en los medios chilenos interpretaciones de espectadores, lectores, auditores y también de especialistas, que señalan que nuestros vecinos del norte echan mano del nacionalismo cuando se encuentran en medio de turbulencias políticas, desviando la atención de sus problemas internos hacia los externos, específicamente con Chile.

Entonces, surge una pregunta que pareciera contestar el sentido común: ¿es el nacionalismo necesariamente equivalente a una postura hostil contra los vecinos? A juzgar por los comentarios ya referidos, pareciera que sí, que adoptar el nacionalismo se contrapone con los procesos de integración regional, del que Chile, Perú y Bolivia dicen querer participar.

Por ejemplo, el reconocido periodista y analista internacional José Rodríguez Elizondo, en una reciente columna[1] contrapone la doctrina integracionista del partido del actual presidente peruano Alan García (APRA), con el nacionalismo. Se pregunta Rodríguez “¿hasta dónde puede estirarse el pragmatismo de García, para mantener la armonía entre el integracionismo y el nacionalismo vulgar?”.

Aquí se observa claramente el contraste entre lo que denomina el aprismo integracionista de la vieja guardia y el nacionalismo al cual ahora adhiere García. Para el analista, el hecho de que el presidente peruano haya sostenido que “Nacionalistas somos todos (…) Para mí, nacionalismo significa potenciar al país”, significa un giro con respecto a sus dichos de años anteriores, en los que considera que la integración es “el único proyecto de largo aliento que dará a nuestras democracias solidez y a nuestros pueblos, la profunda certeza del futuro”.

Lógicamente esta deducción es correcta para este caso en particular. Sin embargo, en términos más generales, este contraste tan drástico debe ser matizado, pues teóricamente, el nacionalismo no se opone necesariamente a los procesos de integración regional.

Tomemos, por ejemplo el caso actual de la Unión Europea, donde el proceso de integración se ha argumentado, no necesariamente a partir del bienestar de Europa, como podría pensarse en primer lugar, sino más bien desde el bienestar de las naciones particulares. El proceso de integración tiene como eje legitimador, por lo tanto, a la nación, pues según el examen que se hizo en Europa Occidental durante la Guerra Fría, el desenlace de la Segunda Guerra Mundial había causado que las otrora potencias mundiales europeas, como Inglaterra, Francia o Alemania, se vieran opacadas por dos nuevas superpotencias que actuaban como polos políticos, económicos e ideológicos: Estados Unidos y la Unión Soviética. No hubo, entonces, un proceso en el que la forma de pensar políticamente se modifique de manera radical, si consideramos que la nación ha sido aquel tipo de pensamiento a lo largo de la modernidad (si bien no es necesariamente exclusiva a ella).

Por lo tanto, el impulso integracionista se habría basado en el anhelo de preservar –o recuperar- la condición de potencia mundial de los países europeos. Es decir, nada muy alejado de lo que podríamos interpretar como nacionalismo, como la apelación o el uso discursivo o concreto de la nación.

Otro ejemplo de esto lo provee nuestra propia producción teórica latinoamericana durante el siglo XX, que valdría la pena recordar. Justo antes del comienzo de la década del cincuenta, la ONU se daba cuenta de un relativo abandono de América Latina con respecto a las ayudas financieras y monetarias que Estados Unidos otorgaba por aquellos años a países de Europa que se veían “amenazados” por el comunismo, en el llamado plan Marshall. Por ello, la Organización decidió crear la Comisión Económica para América Latina, más conocida como CEPAL, que rápidamente se convirtió en un eje de creación de pensamiento económico y social propio de América Latina.

En ese contexto, se formuló la teoría económica conocida como “desarrollismo”, como una forma de lograr el desarrollo de los atrasados países latinoamericanos a partir de tres ejes principales: primero, una activa política de liderazgo del Estado en la economía, a partir de estímulos desde el mismo y su acción directa para corregir algunos problemas estructurales (como la reforma agraria); segundo, un énfasis en la producción industrial en desmedro de actividades inicialmente más productivas y rentables, como la extracción y exportación de materias primas, acompañado de la reorientación de las divisas previamente destinadas para comprar artículos suntuarios en el extranjero, a favor de la adquisición e importación de bienes de capital, lo que se conoce como industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Para lograr esas dos medidas, era indispensable el uso del nacionalismo, para convencer a las clases acomodadas que el desarrollo de sus países sería logrado solamente a través de su sacrificio inicial.

Sin embargo, faltaba un tercer eje que se constituía como indispensable y fundamental para el éxito de estas reformas: una integración económica y política a nivel continental que permitiera la expansión de los mercados internos latinoamericanos, para apoyar el proceso industrializador. De esta manera, el nacionalismo requerido por los primeros dos ejes debía poseer una característica sólo aparentemente contradictoria con el concepto mismo de nación: necesitaba promover la integración latinoamericana. Esta contradicción es sólo aparente porque, como se ha notado ya, no existe un cambio en la mentalidad política de quien expresa aquellas ideas, pues la nación, su bienestar y sus intereses, siguen estando en el centro de las motivaciones, e incluso moldeando las mismas concepciones políticas de los sujetos. No se está pensando ni hablando, por lo tanto, desde una constelación “internacionalista”, ni mucho menos desde una “postnacional”.

Los postulados teóricos y la experiencia económica desarrollista en América Latina ilustran de manera clara que el nacionalismo no es necesariamente enemigo de la integración, sino que, dependiendo de la base teórica en la cual se sostiene, incluso puede servirle de herramienta. Esto desmiente el antiguo mito, arraigado tanto en el público masivo como en los analistas especialistas, que el nacionalismo es una doctrina necesariamente reaccionaria y fragmentaria. En realidad, este fenómeno puede servir a los más diversos intereses y teorías políticas, desde la derecha más intransigente hasta la izquierda más dura; la figura de la nación, y su uso, son materia de disputas entre muchos proyectos políticos, por su capacidad movilizadora, su habilidad para convencer hasta a los más apáticos. No es coincidencia que en una época que muchos consideran de individualismo extremo y de apatía ideológica –el fin de la historia, como le llaman algunos- los temas “nacionales” causen que cada país se cuadre con lo que se supone es su posición. Pero lo que debemos entender es que no existe una posición “verdaderamente nacionalista”, porque el nacionalismo se refiere más a los medios que a los fines políticos.

Entonces, si deseamos fomentar el rigor en el análisis de nuestra realidad, es indispensable no incluir toda expresión de nacionalismo en el saco del chauvinismo y la xenofobia, pues sería desconocer nuestra propia experiencia teórica, y nuestra propia herencia histórica.

Renato Hamel Alonso

Corporación Chilena de Estudios Históricos


[1] http://blog.latercera.com/blog/jrodriguez/entry/alan_garc%C3%ADa_del_aprismo_al

La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor”

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