Breve reflexión crítica acerca de la historiografía tradicional. Una mirada desde la historiografía conceptual. Caso de estudio: génesis del Chile republicano
Por Jorge P. Olguín[1]
La historiografía conceptual, desde su origen kosselleckiano, se ha propuesto aportar a la evolución semántica que ha tenido el lenguaje político, social y cultural a lo largo de la historia de la humanidad. Este marco hermenéutico se encuentra en un estado embrionario en Chile, pero en Europa ya posee más de 30 años de presencia y crítica, especialmente gracias a los sugerentes trabajos del alemán Reinhart Kosselleck. Actualmente, la ampliación y masificación de los estudios conceptuales en España y América han sido fomentadas por el profesor Javier Fernández Sebastián, quien ha dirigido los primeros trabajos articulados de historia conceptual en Chile, especialmente en el análisis de voces de índole política y social, como ha quedado demostrado en la publicación durante el año 2009 del primer volumen del Diccionario político y social del mundo iberoamericano.
La historiografía tradicional, fundamentalmente la escuela liberal, ha intentado proponer que a partir de 1820 comenzó a configurarse un Estado–nación que, al menos en sus partes políticas, era de características modernas, con aplicaciones que muchas veces resultaban de “ensayo y error”, como diría Julio Heise. La historia social, por su parte, principalmente desde la dialéctica marxista, ha intentado profundizar en estos postulados, proponiendo que en algunos momentos de la década de 1820 ciertos miembros de las elites gobernantes intentaron fundar un Estado de características “democráticas” (Gabriel Salazar).
Desde una perspectiva de análisis conceptual se ha procedido a una revisión crítica de ese tipo de conclusiones historiográficas. No con el fin de superarlos en sus aportes a la construcción del pasado de la historia de Chile, pero sí en razón de mostrar que el historiador está sujeto y es codependiente a su contexto político, social y cultural, especialmente cuando desde el presente emprende la tarea hermenéutica de historiar el pasado de un personaje, pueblo o nación.
En este sentido, la prensa cercana a los gobiernos del Chile temprano, por ejemplo, el caso del periódico El Araucano (1830-1877), entrega luces claras acerca del lenguaje utilizado por quienes eran los que racionalizaban el contenido presente en el discurso del periódico. Las nociones de “Estado”, “ciudadano”, “orden”, “educación”, “república” eran codependientes del contexto político, social y cultural de quienes las utilizaban en su léxico habitual. El resto de alcances conceptuales debe suponer y desprenderse sí o sí, forzosamente, de una interpretación que realiza el historiador (el llamado narrador-interpretador), como puede ser el caso de la dilucidación de la presunta oficialidad del periódico en cuestión. Así, es posible visualizar una evolución conceptual o, más bien, un vaciamiento conceptual desde una perspectiva social a otra de índole jurídica o política. Asimismo, es posible observar la construcción de una delimitación especulativa entre esferas públicas y privadas, las cuales no siempre eran claras y visibles.
De esta manera se desprende que voces como “Estado”, “orden” o “ciudadano” no solamente fueron institucionalizándose en la realidad política, social y cultural del Chile temprano, sino que, a su vez, al léxico de quienes las utilizaban diariamente. Basta advertir que este consenso enciclopédico muchas veces no se plasmó socialmente como fue concebido originalmente, ya sea en Europa o Norteamérica. Con el correr del tiempo, estas voces se fueron resemantizando, es decir, se fueron acomodando a los contextos culturales de la “nueva” realidad chilena. Este punto crítico nos deja en claro que los conceptos son siempre polisémicos, pues eso los diferencia de las simples palabras. Es así como los conceptos se van redefiniendo en el tiempo, manifestando una clara advertencia historiográfica que debe llevar al historiador a evitar anacronismos hermenéuticos, especialmente cuando intenta reconstruir la historia de los pueblos. Un claro ejemplo lo encontramos en el uso y aplicación de la voz “Estado” a lo largo de la historia de Chile, pues lo que era en 1830 va a diferir, en mayor o menor grado, de la definición semántica que existió en 1925 o en 1980.
Bajo esta misma lógica, nociones sociales como “ordenamiento público”, en este período, estaban ligadas imperiosamente a conceptos compuestos como “tranquilidad social”, es decir, cuando el editorialista hablaba de “orden público” en periódicos como El Araucano estaba refiriéndose a la “paz interior” que debía alcanzar la República, la cual pasaba, por ejemplo, por el aniquilamiento de la banda de Los Pincheira o, más tarde, con abortar los planes del general Freire y los desterrados en Perú.
Tal vez uno de los conceptos más complejos en su definición e interpretación dice relación con el imaginario moderno y con las voces de “civilidad”, “civilización” o el actor de ésta, el “ciudadano”. Todas estas nociones quedaban circunscritas a vivir bajo códigos de moralidad y virtuosismo de dependencia racional. Este proceso de avance o progreso social pasaba por un abandono del “salvajismo” o la “barbarie” en que se encontraban los hombres, para así alcanzar el grado de civilización que la modernidad les exigía. Los ciudadanos, entonces, no sólo tenían derechos y deberes con el Estado en construcción, sino que además debían tener un comportamiento cívico con sus pares.
Era esencial entonces para las autoridades fomentar una pedagogía cívica entre los ciudadanos. Los editoriales de El Araucano dejaban entrever que este proceso debía ser liderado por un grupo de actores políticos y sociales que se autodenominaba como “aristocracia”, es decir, “los mejores”, “los más preparados”. La facción política que ostentó la autoridad desde 1830 era mayoritariamente liberal en su racionalización del uso del poder, aunque ese liberalismo era moderado en la práctica, o sea, se aplicó reverenciando los códigos e imaginarios tradicionalmente aceptados en la configuración cultural de Iberoamérica desde tiempos coloniales (F. X. Guerra). En este sentido, el fomento de la educación de los jóvenes profesionales chilenos pasaba por que ayudaban a alcanzar la tan anhelada “felicidad” final de los pueblos. Ésta, a su vez, debía ir de la mano de prácticas modernas y liberales, como eran el teatro, el comercio o la ciencia.
Inicialmente, el grupo dirigente no se autodenominó como conservador; al menos en el discurso pretendió alcanzar el “bien común” de la nación, entendido éste como la mantención “natural” del orden social tradicional. En este sentido, la promulgación de un instrumento constitucional, como fue la Carta Fundamental de 1833, debía llevar a la configuración política y social de un Estado autoritario, que les permitiese “ordenar el desorden” en que se encontraba la nación, para así llevar -en un futuro incierto- a la “felicidad” de todos los “pueblos” que la componían, argumento del cual la historiografía tradicional ya nos ha dicho lo suficiente, pero que es necesario revisar hoy críticamente.
[1] Licenciado y Magíster en Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile.





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