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Catástrofe y nación: comunidad imaginada y la metonimia nacionalista (Parte 1)

14 abril 2010 537 visitas 3 Comentarios

Por Renato Hamel Alonso.

elperiodistaonline.cl

El día 27 de febrero del presente año, los medios de comunicación masivos de nuestro país informaron que Chile había sufrido uno de los terremotos más catastróficos de las últimas décadas.

Pero, ¿fue realmente Chile el que sufrió el terremoto? ¿Qué entendemos por Chile? Si tomamos una definición estrictamente político-cartográfica, podría decirse que Chile comprende un determinado territorio entre la XV región por el norte hasta la XII región por el sur, comprendiendo a la vez otros territorios insulares y el antártico (que generalmente se incluye, a pesar de la no ratificación internacional de su soberanía). Según esta definición, el terremoto del 27 de febrero no afectó a todo Chile, sino que más bien a sólo una parte suya. ¿Qué explica, entonces, esta diferencia entre lo que Chile es concretamente, y lo que se proyecta como un discurso sobre Chile?

El nacionalismo se puede considerar, por lo menos en parte como ya se analizará, una práctica discursiva en la cual el emisor apela a una nación en particular, con el motivo de incentivar la difusión de su idea o de usar su idea en pos de un objetivo, que puede o no tener relación directa con esta nación. Dada su condición parcial de práctica discursiva, el nacionalismo puede echar mano a ciertas estrategias discursivas, es decir, formas especiales de transmitir el mensaje, con el fin de mejorar u optimizar su llegada al receptor de él.

En el caso del terremoto, la movilización discursiva del concepto de nación en Chile sirve de perfecto ejemplo para lo que denomino la “metonimia nacionalista”. Como se sabe, la metonimia es un tropo literario en el que el todo se utiliza para nombrar a una de sus partes, tal y como ocurrió con el terremoto ya referido[1]. El “Chile metonímico”, en este caso, sería la parte (afectada por el terremoto) del “Chile concreto”. Lógicamente, la utilidad de esta estrategia discursiva es la de magnificar el impacto del terremoto[2], ampliando su efecto desde una escala regional a una nacional, e incluso mundial, siendo el terremoto reconocido como “de Chile”. De esta manera, a través de esta estrategia discursiva, fue posible sensibilizar a chilenos que no habían sido afectados por el terremoto, haciéndoles pensar que sí lo habían sido, ya que si “Chile” sufrió por él, todos los chilenos deben hacerlo. De manera análoga, si ese “Chile metonímico” que sufrió el terremoto es aliviado, el “Chile concreto” también se aliviará.

En ese sentido, resulta interesante constatar la flexibilidad de esta estrategia discursiva. Tomemos, por ejemplo, el caso de la campaña llevada a cabo para reunir fondos para la reconstrucción de las zonas afectadas, denominada “Chile ayuda a Chile”, nombre bastante sugerente para la argumentación que estoy llevando a cabo. En este caso, el primer Chile se refiere al “Chile concreto”, es decir, a la totalidad de los chilenos que habitan en Chile e incluso fuera del país, mientras que el segundo, se refiere al “Chile metonímico”, esa parte del país afectada por el terremoto, a la que se le atribuyó el todo: es la totalidad de los chilenos la que debe ayudar a los afectados por la catástrofe.

Por ello, cabe destacar que el carácter discursivo de esta apelación a la nación no reduce sus consecuencias a solamente ese plano, sino que su efecto alcanza, por supuesto, esferas concretas y materiales, como se puede ver en el ejemplo de la movilización general –sea en forma de dinero o ayuda directa, acción bastante concreta, por lo tanto- para ir en ayuda de los afectados por el terremoto (o como dijimos, de la capacidad de Chile de ayudarse a “sí mismo”).

Esta amplia capacidad de cambiar de extensión del concepto de nación (de la parte al todo en la misma oración) nos remite, por supuesto, a la ya clásica formulación de Benedict Anderson, quien definió a la nación como una “comunidad imaginada”, limitada y soberana. En este caso, el término “imaginado” se refiere a que los integrantes de esta comunidad nacional se sienten parte de ella sin conocer a la totalidad de sus integrantes (a sus connacionales), como sucede en las comunidades tradicionales. Por lo tanto, el lazo que une a un chileno con otro chileno no es el conocimiento físico que pueden tener del otro (o no tenerlo), sino más bien el hecho de compartir este sentido de pertenencia a la comunidad, es decir, su identidad nacional, como forma de construcción de un “sí mismo” colectivo.

Sin embargo, es necesario contraargumentar aquellas posturas que señalan a la nación como una invención puramente discursiva y “ficcional”, destacando también ciertos factores materiales que contribuyen a dar origen y credibilidad a este discurso. El mismo fenómeno del terremoto nos da luces sobre el carácter exagerado de esta afirmación: si bien los habitantes de Arica –por nombrar un ejemplo- no sufrieron pérdidas directas al no estar en el radio de impacto del terremoto, sí fueron afectados indirectamente, como se verá a continuación.

Desde una óptica estrictamente utilitarista, el terremoto tendrá como consecuencia un empeoramiento del coeficiente tributario de todos los contribuyentes chilenos. En pocas palabras, esto significa que los contribuyentes nortinos o australes (o cualquier persona que no fue afectada materialmente por el terremoto) recibirán menos pesos por persona de inversión estatal –redirigida a labores de reconstrucción-, a la vez que deberán pagar una mayor cantidad de impuestos.  Por lo tanto, si bien no se considerarán gastos directos (en reconstrucción de viviendas, por ejemplo), sí existirá un perjuicio basado en un “mejoramiento menor”, estancamiento o simplemente disminución de la inversión pública, y por tanto, un empeoramiento relativo (en comparación con el potencial) de la calidad y cobertura de los servicios prestados por el Estado.

Más allá de este argumento puramente monetario-utilitario (“cuánto gano” y “cuánto pierdo”), existen también motivos sentimentales que aconsejan prestar mayor atención al suceso del terremoto por el hecho de haber sido en una parte de Chile, a pesar de no haber sufrido sus consecuencias en carne propia. Estos motivos están ligados fundamentalmente a la diferencia entre los flujos migratorios internos (gente que se desplaza dentro de Chile) y externos (gente que se desplaza desde Chile hacia otro país). Según la investigación de Daniela González y Jorge Rodríguez[3], la cantidad de chilenos que se desplazaron hacia zonas afectadas gravemente por el terremoto (es decir, la porción geográfica de Chile entre la V región y la IX región, declaradas zona de catástrofe) fue de 546.535 personas entre los años 1997 y 2002, mientras que los que se desplazaron desde la zona de catástrofe (dejando familia en ellas), fue de 555.501 personas[4]. Dado que los flujos migratorios generalmente contemplan una escala que consiste en familias nucleares (padres e hijos), cabe suponer que las familias extendidas (abuelos, tíos, primos) se han separado geográficamente debido a la referida migración interna. Como consecuencia, parientes más o menos cercanos han quedado divididos dentro de Chile, y por lo tanto, lógicamente hay un número considerable de personas que habitan zonas no afectadas con familiares en zonas que sí fueron dañadas por el terremoto o viceversa, ya sea porque inicialmente eran de aquellas zonas y se trasladaron dejando a familiares en ellas, o porque provenían de otros lugares y se asentaron en las zonas afectadas.

Esto, sin embargo, no constituye por sí solo un motivo racional para explicar por qué alguien no afectado por la catástrofe debería preocuparse más por un terremoto en Chile que por uno, por ejemplo, en Haití, Indonesia, Japón o México, por citar algunos casos de terremotos recientes, ya que también es posible que familiares hayan migrado hacia aquellos lugares. Es necesario, en efecto, contrastar las cifras de la migración interna chilena con las de la emigración de chilenos hacia el extranjero (hacia lugares posiblemente afectados por catástrofes naturales). Este análisis[5] muestra que el número de chilenos que ha emigrado al exterior es significativamente menor al número de chilenos que se desplazó hacia zonas afectadas por el terremoto, y que, además, se han desplazado a zonas relativamente seguras, como Argentina, Estados Unidos o Europa. En ese sentido, cabe destacar la gran difusión mediática que han recibido los muertos chilenos en catástrofes en otros países, cuyo número no supera generalmente las dos cifras. Por lo tanto, se puede establecer que, por lo menos estadísticamente, aquellas personas que no se vieron afectadas por el radio de impacto del terremoto sí tienen mayores razones para preocuparse por un terremoto en Chile (especialmente en las zonas más densamente pobladas del país) que uno en otro país.

Los dos motivos expuestos que justifican privilegiar la preocupación por acontecimientos en una parte de Chile por sobre los de otros países, sin embargo, no son lo suficientemente potentes como para explicar la tremenda diferencia entre las reacciones ante unos y otros. Si, en primer lugar, enfocamos el argumento monetario-utilitario, es posible observar que éste no sólo se aplica al caso chileno, pues existen diversos fenómenos mundiales que determinan de mayor manera, incluso, pérdidas económicas para los chilenos, pero ante los cuales se reacciona de manera mucho más cauta o indiferente. En segundo lugar, el argumento “emotivo” sólo explica parcialmente la preocupación por las víctimas del terremoto, pues abarca sólo a la parte de la población con familiares en las zonas afectadas, situación que no toca a la totalidad de la población: ¿cómo explicar, entonces, la movilización de gente que, sin contar con familiares afectados, ayudaron de igual o mayor manera?

Existen, evidentemente, sentimientos mucho mayores involucrados cuando las catástrofes tienen lugar en Chile en comparación con los suscitados cuando ellas ocurren en otros lugares. Como se ha analizado, al parecer el motivo de ello no sería más que el sentimiento de pertenencia a esta “comunidad imaginada”, que es capaz de generar y dar curso a amplias movilizaciones sociales.


[1] Aunque también puede tener el sentido contrario, es decir, que una parte se refiera al todo, sentido que no será utilizado en la presente columna.

[2] No es que señale que no haya sido un impacto terrible, pero ciertamente lo hubiese sido más si el país entero hubiese sido afectado con un terremoto de tal magnitud.

[3] “Tendencias de la migración interna en Chile en los últimos 35 años: Recuperación regional selectiva, desconcentración metropolitana y rurubanización”, disponible en:  http://www.alapop.org/2009/images/PDF/ALAP2004_325.PDF

[4] Naturalmente, este número no equivale al número de personas que se desplazaron desde una zona no afectada a una afectada, ni viceversa, sin embargo, ya que no cuento con tal dato, el presentado permite ilustrar una referencia.

[5] Ver el “Registro de Chilenos en el Exterior” en: http://www.chilesomostodos.gov.cl/index.php?option=com_docman&task=doc_download&gid=28&Itemid=14

La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor”

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3 Comentarios »

  • Maria Jose dijo:

    Me parecio bastante superficial el analisis, creo que enunciaste la tesis de anderson pero no fuiste capaz de aplicarlo de forma profunda. Hay muchos cabos sueltos, y el tema de la migración me pareció de lo más obvio del mundo. En general las cifras migratorias internas superan las externas, pero ese flujo no se conecta para nada con la idea de acrecentar el terremoto como nación, puesto que esos migrantes se preocupan de sus familiares pero no necesariamente empatizan con lo que podríamos llamar ‘patria’.

  • Renato Hamel A. dijo:

    María José, comprenderás que la gracia de la columna no era desentrañar la causa ulterior de la adhesión al nacionalismo. Como sabrás las hipótesis al respecto son tremendamente disímiles y abarcan desde aspectos psicológicos hasta puramente funcionales, por lo que para elegir entre alguna o formular una propia, se requeriría, por lo menos, de un artículo de carácter científico.

    Más bien, su objetivo apunta a desnaturalizar la idea de nación a través de la ilustración de algunos mecanismos suyos activados ante la coyuntura del terremoto. En ese sentido, puede considerarse un ejercicio superficial, pero necesario, debido a la persistencia de ideas esencialistas o metafísicas sobre el fenómeno, o simplemente debido a la falta de reflexión en torno a él.

    El uso de ambos ejemplos (impuestos y migración) que evidencian la materialidad de la nación no es absoluto ni pretendía serlo, por algo los maticé luego de nombrarlos. Su objetivo era más bien tensionar dos tesis opuestas, que a mi juicio son excesivamente reduccionistas: aquella que le atribuye a la nación una condición meramente “reflexiva” de ciertas condiciones objetivas (materialismos marxistas y no marxistas) y aquella que considera a la nación como una “ficción de identidad” sin sustento material, como una invención antojadiza y puramente ideológica.

    El ejemplo de la migración no debe ser descartado tan ligeramente por dos factores: primero, la comunicación con las zonas más afectadas no fue reestablecida hasta varios días después del suceso, por lo que se podría afirmar que durante ese lapso de tiempo todas las personas eran potencialmente víctimas para los familiares; y segundo, ya reestablecida la comunicación, aquellos que no se vieron perjudicados encontraron en los “otros chilenos” un reflejo de lo que les podría haber pasado, ayudando de esta manera en el proceso de generación de una empatía que se proyectó mediáticamente en una escala nacional, asociando por lo tanto el fenómeno material con el simbólico. Estoy de acuerdo con que estos hechos no tienen una relación directa ni causal con la nación, sin embargo sí se confunden con ella, debido al estímulo mediático que las asoció. Mi intención, por lo tanto, era mostrar de qué manera la nación es constantemente alimentada por procesos materiales que, por ello, no le son ajenos por completo.

    Lógicamente, este ejercicio tampoco pretendía solucionar una controversia que ha ocupado cientos de páginas en publicaciones de figuras centrales en las ciencias sociales. Más bien buscaba situar la discusión y aportar elementos al respecto; personalmente, considero al formato de estas columnas como el punto de partida de la reflexión y discusión, no su punto de llegada.

    Saludos,
    Renato Hamel

  • FATIMA dijo:

    PIENSO QUE ESTA BASTANTE BUENO A DIFERENCIA AL OTRO COMENTARIO QUE YO CREO QUE QUIEN LO ESCRIBIO NO PUEDE ANALIZAR NI LEER

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