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Conciencia histórica de la Guerra Civil Española en dos poetas latinoamericanos

17 agosto 2011 2.912 visitas Sin Comentarios

Por Ana María Rodríguez Sierra[1]

En 1810 se extendió por toda América un grito de independencia, la élite criolla se había cansado de la dominación española, querían libertad, apropiarse de lo suyo, olvidarse de España. La Madre Patria se convirtió en madrastra y su herencia no era más que el despreciable despojo de una conquista despiadada. Había odio, resentimiento, negación y sobre ellos se creó la identidad americana mestizada, morena, de todos los colores. Se agruparon en naciones y comenzaron a ser países distintos unos de otros, hermanos a veces, enemigos ante cualquier intromisión. Cada uno se retrajo hacia sí mismo y fueron consolidándose en sus esencias, emanando expresiones propias redactadas en códigos civiles, en letras románticas o historias patrias, cantadas, pintadas,  declamadas. Ya nadie dudaba del éxito de las repúblicas, que América era un continente en vía del progreso, cada país con su nombre y su propia historia era parte del conglomerado del mundo que ya no era tan grande, todos devenían en sus propios acontecimientos y entonces llegó 1936. Comienza de nuevo una lucha por la libertad, pero ahora es España, la antigua dominadora, quien trata de mantener su república ante el golpe de Estado del general Franco, acuden a ella europeos solidarios y los americanos vuelven como hijos, sintiendo en su propia carne el dolor de la vieja madre que se reconcilia con ellos bajo el sentimiento de lucha, del sufrimiento de la guerra civil.

Gran cantidad de intelectuales se sienten movidos a escribirle a España, se expande por el globo un clamor, un pronunciamiento ante el horror de la guerra, que se convierte en una causa común, en una causa humana más que española. Desde América se pronuncian discursos, se escriben poemas, novelas, crónicas, relatos anecdóticos y un sinfín de textos de todo tipo. Se realiza el II encuentro de escritores antifascistas en el corazón de la España combatiente, y todos marcados por su experiencia española narran su historia con la conciencia lúcida de estar viviendo un momento histórico, algo que sería contado por generaciones, un acontecimiento que tiene que ser documentado para la gloria de quienes luchan y para el recuerdo de la humanidad.

 Entre los escritores más conscientes e insistentes con la importancia histórica del hecho están Vicente Huidobro, de Chile, y Octavio Paz, de México. En sus escritos es muy notoria una preocupación que quizá sea parte misma del momento y que en ellos se devela de manera clara y acuciosa.

España se levanta como heroico mar con sus estrellas
despertadas
Pueblos de hondos siglos con costumbres de sol y
peñascos cantores
Que no quiere cadenas ni retornar al yugo
Pueblo hecho de dolor como en ritmo de rayos
Y tan dispuesto a ser libre, tan dispuesto a una alta vida
Que no le asusta la muerte.
Hay un olor a sangre en las raíces
Y hay un himno de luz que estremece al planeta
Como un gran porvenir anunciado de golpe entre las
sombras.
He aquí la historia de la sangre[2]

Así ve Huidobro que “Está sangrando España”, levantada con sus pueblos listos para la lucha, adolorida, pero renuente a ser dominada por el fascismo que amenaza; su resistencia es como un canto luminoso para el planeta. Esa es la historia de la sangre, una historia gloriosa, como la de los héroes de la Independencia americana, cuyo rojo tiñe las banderas nacionales. Aquella sangre que se sacrifica, que no se derrama en vano sino para construir el futuro.

En sus poemas, Huidobro ve al pueblo, al español que lucha como a una estatua, una obra de arte que rememora momentos pasados que deben volver a las mentes de quien las observe. El escritor nos advierte que el pueblo sería recordado por su grandeza, semejante a una estatua en sentido físico y simbólico a la vez, para luego, con una alusión a la historia medieval y sus épicas mesnadas escalofriantes, insinuar que vuelven los soldados muertos en la contienda, coronados de laureles cual si fueran césares romanos, cuyos lamentos suenan eternamente para ser recordados por la memoria humana:

Y pasan los fantasmas atados por la sombra
Laureles y laureles y truenos y relámpagos
Y vienen los lamentos y los ramos de gloria
Ya no podréis jamás olvidar esos soldados
Sus esqueletos vivos debajo de la tierra
Serán los clavecines de una música eterna[3]

Definitivamente, Vicente Huidobro posee aquello que se denomina conciencia histórica, entendida como la autoconciencia de ser temporal y creador de historia. El sujeto, al vivir en un momento particular del tiempo, se da cuenta de que no se pertenece, sino que otros lo han precedido y han preparado todo lo que él está viviendo. Al mismo tiempo, descubre en sí ciertos ideales, ciertas aspiraciones personales, que comparten también los demás y que desean alcanzar. Esas aspiraciones confluyen en la lucha de la guerra civil y son más importantes que los mismos hombres; no importa la muerte si es “gloriosa”, es decir, si trasciende la vida de ese instante particular para dejar un legado universal, un mañana amanecido en luz:

España de fuego y de destino
Fuego al servicio del destino introducido en la montaña
Que mis ojos te miren
Como ese arroyo que allá lejos se convierte en héroe
He ahí el futuro saliendo de su herida
El pulso de los bosques entonados y proféticos
El barco de la gran aventura dominando sus olas
La bandera de pájaros que llegan de regiones increíbles
He ahí España entre abrazos y cánticos y sonido de
sangre
Ese dulce sonido del mito que se torna en espiga
He ahí la ruta que sube hacia el milagro
He ahí un planeta empujado por hombres hacia el
amanecer [4]

Mas Huidobro escribe en su presente pensando hacia el futuro, piensa que España compone con sangre una historia espléndida para el después. Octavio Paz, en cambio, habla de la guerra civil con una conciencia histórica retrospectiva, sabiendo que vivió un momento histórico cuando en su juventud visitó el Madrid combatiente, consciente de que aquel evento no podría olvidarlo él y que de hecho nadie podría olvidarse de la guerra porque “En lugar de que otros, en su nombre y con su sangre, hicieran la historia, el pueblo español se puso a hacerla, directamente, con sus manos y su instinto creador. Desapareció el coro: todos habían conquistado el rango de héroes”[5].

Paz recuerda el momento, lo revive con palabras, lo dota de un significado que va más allá de la idealización, recuerda con conciencia los efectos de la guerra, del humo, de viejas palabras que se revivieron tras las trincheras:

“El 19 de julio de 1936 el pueblo español apareció en la historia como una milagrosa explosión de salud. La imagen no podía ser más pura: el pueblo en armas y todavía sin uniforme. Algo tan increíble e inaudito y, al mismo tiempo, tan evidente como la súbita irrupción de la primavera en un desierto. Como la marcha triunfal del incendio. El pueblo –vulnerable y mortal, pero seguro de sí y de la vida. La muerte había sido vencida. Se podía morir porque morir era dar vida. Cuerpo mortal: cuerpo inmortal. Durante unos meses vertiginosos las palabras, gangrenadas desde hacía siglos, volvieron a brillar, intactas, duras, sin dobleces. Los viejos vocablos –bien y mal, justo e injusto, traición y lealtad– habían arrojado al fin sus disfraces históricos. Sabíamos cuál era el significado de cada uno. Tanta era nuestra certidumbre que casi podíamos palpar el contenido, hoy inasible, de palabras como libertad y pueblo, esperanza y revolución. El 19 de julio de 1936 los obreros y campesinos españoles devolvieron al mundo el sabor solar de la palabra fraternidad. Desde México veíamos arder la inmensa hoguera. Y las llamas nos parecían un signo: el hombre tomaba posesión de su herencia. El hombre empezaba a reconquistar al hombre”[6].

El hombre vuelve a sus más puros ideales y pelea por ellos hasta la muerte, el pueblo retoma su pasado histórico y lo convierte en pelea de sangre. Paz lo recuerda y, mientras lo dice, construye una historia mirada de lejos, pero con ojos de protagonista que escapa a las abstracciones impasibles de los historiadores; construye la historia desde su acontecer mismo y desde el recuerdo del estar ahí, con ganas de estarlo, sin intención de historiar. Pero esta historia no es la gloriosa de Huidobro, es una historia trágica que se tragó los ideales y que dejó en Paz una sensación de escepticismo, un síntoma de historia mal acaecida, de estatuas muertas que sepultan y acallan la sangre del pueblo. Así se puede ver en sus palabras: “No en vano Nietzsche llamó a Parménides ‘araña que chupa la sangre del devenir’. Y algo semejante ocurre en el mundo de la historia: los imperios chupan la sangre de los pueblos. La unidad que imponen oculta un horror vacío. No nos dejemos engañar por la grandeza de sus monumentos: la vida ha huido de esas inmensas piedras. Esos monumentos son tumbas”[7]. En efecto, para Parménides no hay devenir, no hay futuro porque solo existe lo que es. Así, para el imperio el pueblo no existe, y la historia del mundo es la que cuenta el imperio con letras y estatuas; por eso están muertas para Paz y por eso la historia a sus ojos se convirtió, quizá tras su experiencia de la guerra civil, en un presente simple con ansias de más allá:

“La historia no es otra cosa que nuestro diario vivir con, frente y entre nuestros semejantes. Vivir con nosotros mismos es convivir con los otros. Los poderes despóticos mutilan nuestro ser cada vez que suprimen nuestra dimensión política. No somos plenamente sino en los otros y con los otros: en la historia. Al mismo tiempo, vivir nada más en y para la historia no es vivir realmente. Aparte de nuestra vida íntima –que es intransferible y, me atrevo a decir, sagrada– para que la historia se cumpla debe desplegarse en un dominio más allá de ella misma. La historia es sed de totalidad, hambre de más allá”[8].

Esto dice solo que la historia es el acontecer constante de nuestras vidas íntimas y comunes, pero que tiene sed de más allá, un más allá que es la permanencia de la memoria. Sin embargo, ese más allá es algo inasible, inconsciente, impredecible, escapa a nuestras intenciones, escapa a todo. No depende del hombre la historia y tampoco puede contarla sino después de acontecida. Por eso Huidobro es la idealización de un momento histórico que en Paz se convirtió en una derrota injusta del destino (azar o historia), y la historia no fue el amanecer traído por un ejército glorioso laureado, galopante desde la muerte con lamentos que estremecen hasta el bosque, sino una paradoja irreparable que nos convierte en seres que devienen en una constante trágica, que contradice nuestros deseos y nos trastoca en aquello que nosotros mismos reprochamos. En fin, la experiencia de la guerra civil fue lo que en su momento acaeció y fue sentido en los cuerpos y letras de sus contemporáneos, que no pudieron ignorarla. Ahora nos quedan los relatos y recuerdos, las fotos, videos, afiches y canciones que sirven para la reconstrucción de instantes perdidos en el tiempo. Hay mucho qué decir respecto de la guerra en sí misma y también es muy interesante que Paz se preocupara de reflexionar partiendo de la guerra a una concepción particular de la historia como construcción intelectual. Es mucho lo que dice Paz, es mucho lo que dicen el tiempo y los hechos transcurridos tras la guerra. Aquí solo quedan ideas, como flotando en medio de inquietudes suscitadas a propósito de un pequeño acercamiento que parte de la reflexión histórica desde la poesía, la literatura, que mucho tiene para decir sobre la historia, aquella historia que no escribe el imperio.


[1] Historiadora de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín 2008, Candidata a Magíster de la Universidad de Concepción 2011, pertenece al grupo de investigación Historia, Trabajo, Sociedad y Cultura de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín.

[2] HUIDOBRO, Vicente. Escritores y artistas a la España popular. Santiago: Imprenta y Encuadernación Marión, 1936.

[3] Ibídem.

[4] HUIDOBRO, Vicente. “Gloria y sangre”. En: Madre España. Homenaje de los poetas chilenos. Santiago: Panorama, 1937.

[5]PAZ, Octavio, (s.d), Aniversario español. 1951.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem.

[8] PAZ, Octavio, “El lugar de la prueba”. Discurso inaugural del Congreso Internacional de Escritores, Valencia, 1987.

 

*La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor/a y no representa necesariamente la posición de la Corporación Chilena de Estudios Históricos.

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