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Conflicto estudiantil: crisis de representatividad y neoliberalismo

11 agosto 2011 1.032 visitas Un Comentario

Por Renato Hamel Alonso.

AP/Foto. Aliosha Marquez. Santiago de Chile, 7 de agosto 2011.

Mientras regresaba de un “cacerolazo” cercano a mi hogar, me convencí de la pertinencia de redactar una columna sobre un tema del cual no soy especialista, el de la actual efervescencia social con respecto a la educación, en mi calidad de ciudadano. Al fin y al cabo, que este fenómeno se repita en una comuna tradicional y actualmente conservadora –como lo es Providencia, donde vivo- dice mucho sobre el nivel de masificación que ha alcanzado la protesta, una transversalidad no sólo generacional –como ni siquiera se había visto en protestas educacional anteriores-, sino que también de clase.

La actual no sólo es una crisis de la educación chilena, también se puede interpretar como una crisis de representación del sistema político.  No hay otra forma de entender la reacción ciudadana a las propuestas del presidente Piñera; en efecto, el anuncio de tales medidas puede considerarse como uno de los mayores anuncios en materia educacional desde hace un buen tiempo. Propuestas como la desmunicipalización de la educación escolar (si bien de manera gradual y matizada) han sido estandartes de sectores como el Colegio de Profesores. Sin embargo, al contrario de lo que esperaban el gobierno y los más pesimistas, la oposición ciudadana no aflojó, ni siquiera ante una represión que alcanzó niveles escandalosos. Si la crisis educacional no es un fenómeno nuevo, ¿cómo se explica que esta reacción haya alcanzado una intensidad y cobertura superior a la acostumbrada? En esta columna, pretendo aportar un punto de vista más amplio que atribuir esta efervescencia meramente a un revanchismo contra la derecha, o un hastío educacional comprensible, pero que no explica por qué ahora y no antes o después, considerando que la calidad educacional no ha sido una variable que haya cambiado. ¿Dónde se encuentran las causas de esta crisis?

En el ámbito político, se puede apuntar a un sistema desideologizado, que la Concertación reprodujo, presionada por la permanencia de elementos ajenos a la representatividad democrática (desde la amenaza de Pinochet en el Ejército hasta senadores designados). Tal modelo, sin embargo, excedió sus condiciones de necesidad iniciales, siendo reproducido activamente por una Concertación que, como analizaré más adelante, se situó dentro de sus bases. Este sistema político fue complementado, e incluso incitado, por un modelo de reproducción capitalista que no fue cuestionado en sus fundamentos, y que requería de una despolitización general de la conducción del país, con el fin de asegurar que no fuese perturbado por eventuales reivindicaciones populares. Esta despolitización, no obstante, operó más en un ámbito simbólico que efectivo: ella se instauró como valor, mas no necesariamente como práctica, puesto que detrás de sí operaba una concepción ideológica particular de cómo debía funcionar la sociedad y la economía. La despolitización -que incluso hoy deja ver sus dispositivos en la crítica a la “politización” del movimiento estudiantil, como si fuese posible un caso contrario-, operó, por lo tanto, como instrumento de la invisibilización del modelo neoliberal chileno, como la aceptación de su carácter “racional” y “técnico”, en fin, su naturalización. Con ello, las desigualdades generadas sólo podían ser aplacadas no mediante reformas estructurales, sino a través de medidas paliativas, en conformidad con el fundamento subsidiario del Estado neoliberal; entre ellas, las desigualdades educacionales.

De esta manera, se configuró una forma aparentemente despolitizada de ejercer la política, donde los votantes elegían –con un grado comparativamente bajo de entusiasmo- entre  dos coaliciones principales que diferían en el grado de subsidiariedad ofrecida. Los defensores de las gestiones de la Concertación suelen argumentar –con razón- que tales gobiernos debieron levantar un Estado en ruinas, legado de las políticas económicas y sociales dictatoriales, lo cual se logró en un grado importante, a través del significativo aumento del gasto público social. Sin embargo, volviendo al plano educacional, existieron políticas que no modificaron los problemas acarreados del modelo neoliberal, llegando incluso a profundizarlo. Políticas como el financiamiento compartido, el crédito con aval del Estado, la permisividad para la creación de universidades privadas y el notorio abandono de las públicas, significaron la reproducción de lógicas de mercado, que redundaron en la actual desigualdad en términos de calidad que aqueja al sistema actual. En la práctica, la condición aparente –pero real en términos de coaliciones- de la despolitización chilena implicó un desplazamiento generalizado hacia una derecha neoliberal, mas conservando un sistema de partidos divididos nominalmente entre de centro-izquierda y centro-derecha, matiz que se remite principalmente al grado de subsidiariedad permitido y otros temas denominados “valóricos”, pero no a materias socioeconómicas estructurales. De esta manera, la competencia política se derechizó, a grandes rasgos.

En este escenario, en lo que pareciera ser una constante histórica, la izquierda -léase, los sectores más a la izquierda de la Concertación- ha debido hacerse cargo de un ideario más liberal que socialista[1]. Esto también se aplica en el tema de la educación actualmente: mientras la Concertación y la derecha construyeron un sistema educacional que obedece más a lógicas oligárquicas, ha sido la izquierda que ha liderado la pugna por la igualdad de oportunidades (sea con la fórmula del arancel diferenciado o de la educación gratuita), ideal más cercano al liberalismo que al socialismo, que tendería más bien a proponer la estatización total del sistema. Permítaseme un paréntesis para justificar esta aparente paradoja. He caracterizado al sistema actual de educación como “oligárquico” porque reproduce lógicas que no se remiten necesariamente a pautas meritocráticas. Si consideramos que existe una correlación directa entre nivel de ingreso y capital social[2]  y cultural[3], es notoria la desventaja con que alumnos pobres enfrentan la educación superior, con respecto a sus pares más ricos. Por supuesto, tal brecha se incrementa al momento de pagar una educación que de por sí es de las más caras del mundo. Así, el estudiante pobre no sólo tiene desventajas educacionales (dada la inmensa brecha entre escuelas pobres y ricas en términos de calidad) y de capital social y cultural, sino que también debe adquirir una deuda para pagar sus estudios, por la que terminará pagando por su educación más que el estudiante rico (!), debiendo a veces, también, desconcentrarse de sus estudios para trabajar y solventar algunos gastos.  Incluso, si se considera al alumno como una unidad familiar a futuro –en lugar de agruparlo en una con sus padres-, se puede ver que el estudiante pobre debe pagar la totalidad de sus estudios (más intereses), mientras que el rico generalmente nada (cuando el coste es cubierto por sus padres), impacto económico que puede repercutir en elecciones laborales (la urgencia por pagar la deuda) e incluso en la educación brindada a sus respectivos hijos. Se puede observar, por lo tanto, que el sistema de educación superior en lugar de revertir las asimetrías provenientes de la educación escolar, las incrementa y reproduce, en función del nivel de ingresos de la familia del estudiante. Es, por ende, más una lógica oligárquica que una meritocrática. Se ve, retomando la idea anterior, que las demandas de la izquierda (en un sentido general, no partidista, considerando que las demandas estudiantiles se ubican a la izquierda de la situación actual) se hacen cargo precisamente de la falta de liberalismo del neoliberalismo chileno, por contradictorio que parezca. Se tiende a confirmar, pues, la noción de David Harvey del neoliberalismo como una “revancha de clase”, en tanto que privilegia el posicionamiento de una élite económica aunque contradiga alguno de los principios liberales que lo sustentan.

En este contexto, para retomar el argumento inicial, resulta difícil que el actual gobierno satisfaga las demandas por una mayor igualdad en el acceso y calidad de la educación. Por una parte, debido a la carencia de ideas del gobierno de Piñera, destacada por columnistas como Carlos Peña, e incluso adherentes como Hernán Büchi o Luis Larraín, pero también debido a la situación estructural económica y política que he descrito en estas breves líneas. ¿Hasta qué punto representa la actual coalición gobernante la voluntad popular, y no el hastío ante la otra coalición? ¿Hasta qué punto representan estas dos alianzas políticas el sentir de la población?

Cacerolazo en apoyo a los estudiantes chilenos. Santiago de Chile, 04 de agosto 2011

Que la negativa a deponer las movilizaciones se haya dado ante la propuesta de modificaciones más profundas que las que fueron necesarias hace algunos años atrás no responde necesariamente a una “radicalización” de las posturas de la ciudadanía, sino que pareciera deberse más bien a una toma de conciencia con respecto a la insuficiencia de promesas parciales, provenientes de una clase política que se ha desenmascarado como esencialmente homogénea. Asimismo, la comparación con realidades de otros países más pobres y más ricos, favorecida por la masificación de redes sociales cibernéticas, palidece la recurrente imagen de Chile como “una isla de desarrollo en un mal vecindario”. En efecto, parecemos estar ante el límite de la hegemonía neoliberal vestida en ropas de despolitización, una situación donde elegir entre “menos neoliberal” y “más neoliberal” ya no es satisfactorio.

Sin embargo, me parece que la disconformidad vista hasta este momento no responde exclusivamente a un sentir negativo con respecto a la situación de la educación en Chile, sino que se debe a un malestar más profundo con su clase política como un todo, que durante esta “larga transición” se ha dedicado más a autosegregarse en la Torre de la Desmovilización que a representar a la población chilena. De esta manera, las insuficiencias propias de la democracia representativa –por ejemplo, la asincronía entre diversas esferas políticas, como ha quedado claro en la polémica por el matrimonio homosexual– han sido magnificadas hasta un punto que parecieran, por el momento, incontrolables. Pero es necesario cuestionar incluso esa misma lógica, ¿es que la población debe ser controlada? Esta contención ha sido una de las premisas básicas del actual sistema político chileno; por el momento, ella ha sido desbordada como consecuencia de la incapacidad (¿inevitable?) de los bloques políticos por continuar reproduciendo el esquema de la alternativa “menos mala”. Hemos de ver si el sistema –es decir, los actuales políticos- será capaz de desprenderse de este salvavidas repentinamente llenado de plomo, o si, por el contrario, será necesaria la creación de un nuevo régimen, desprovisto de estas limitaciones. Lo que queda claro con estas manifestaciones es que el sistema bipartidista basado solamente en coaliciones neoliberales ha entrado en crisis debido a la marginación de otras alternativas, y con ellas, de aspiraciones que parecieran haber alcanzado amplia notoriedad y masividad, y por lo tanto, que la reforma educacional no debe separarse automáticamente de la reforma política. La exigencia de una asamblea constitucional que permita, por primera vez en la historia de Chile, que el pueblo elija cómo quiere organizarse no es un capricho partidista, sino la expresión de esta insuficiencia.


[1] Recordemos, por ejemplo, que durante el siglo XX las voces que proponían una política de industrialización, modernización y reforma agraria se identificaban principalmente con la izquierda.

[2] Por ejemplo, redes de amistades y de contacto en el mercado laboral.

[3] Entre los que se encuentran el ambiente de estudio, la escolaridad de los padres, los estímulos para proseguir los estudios, la calidad de la educación anterior, entre otros.

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Un Comentario »

  • José Miguel Fuentes dijo:

    Efectivamente es interesante pensar -y me hiciste recordar- que la democracia moderna nació como una conquista de libertades, esencialmente, de índole económica. ¿Cuál es la implicación de una educación gratuita? “Nivelar la cancha”, como se ha dicho, en el ámbito educacional en un contexto de Estado neoliberal (mínimo) apuntaría de alguna manera a volver a los orígenes prácticos de las ideas de los primeros teóricos liberales de la modernidad. La tan hablada meritocracia sólo se da efectivamente en condiciones de igualdad. Sin embargo, esa palabra, digo meritocracia, nuevamente me lleva a repensar que en un contexto de Estado neoliberal la conquista de la igualdad (en este caso “la gratuidad de la educación” o la nivelación de cancha) lleva forzosamente a la competencia. La pugna egoísta (el “selfishness” de Smith) en el ámbito laboral, social y económico, entre individuos nivelados educacionalmente, me parece igualmente peligroso, y perversamente nocivo para la sociedad solidaria, que si dejásemos las cosas tal cual están.

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