De Acontecimientos, Sujetos e Historia
Por Nicolás Penna[1]
El día martes 20 de Julio, se emitió en el canal de televisión privado Chilevisión, la final de “Fiebre de Baile”, un programa/concurso en el cual ganaba el mejor bailarín. En aquél programa, se repetía constantemente una frase que rondaba por mi cabeza: “esto es un acontecimiento histórico en la televisión chilena”, aludiendo a los niveles de rating alcanzados en la transmisión. Días antes de esta “gran final”, una de sus participantes hacía declaraciones de “querer cambiar la historia”. Larry Moe, avezado columnista del diario “Las Últimas Noticias”, indicaba también la importancia histórica del programa en cuanto a una “nueva forma de entretener”. Incluso Twitter no estuvo ausente de dicho acontecimiento, teniendo como Trend Topic[2] al mismísimo Pablo Vargas, bailarín de dicho certamen. Así, la final de dicho programa se transformaba en un hito tan significativo en la TV, como el discurso “Justicia Divina” de Julio Martínez, los reportes post Golpe de Estado de Claudio Sánchez, algunas bizarras franjas electorales, el gol de Marcelo Salas en Wembley, el doble oro olímpico en Atenas 2004, entre muchos otros.
Sin embargo, ¿qué es lo que podemos considerar como un acontecimiento realmente “histórico”? Jacques Revel indica que —bajo la perspectiva de la Microhistoria—, un acontecimiento es histórico, cuando está directamente relacionado con las dinámicas sociales en general, e integran elementos racionales que le permitan explicar las dinámicas que implican su formación[3]. Para J. Grunewald, se estaría en presencia de un verdadero acontecimiento histórico, si se reúnen cuatro caracteres: “una ruptura suficientemente neta en la evolución social; relaciones estrechas de inmediatez con los problemas políticos y sociales contemporáneos; información suficiente para permitir una cierta generalización y un esbozo de tipología; sin olvidar un mínimum de interés de los contemporáneos por estas investigaciones.”[4]
Bajo las anteriores definiciones teóricas del acontecimiento histórico, no quedaría muy clara la historicidad del acontecimiento televisivo. Para ellos, y para gran parte de la tradición historiográfica que impera (léase la Escuela de Annales, la Historiografía Marxista, entre otros), un hecho así, no sería historia o digno de un análisis historiográfico. Acá entraría directamente la sobredeterminación tradicional de la historiografía en general, de la utilización de términos “conflacionistas descendentes”, o dicho de otro modo, la preeminencia de la estructura por sobre el agente social, en donde la acción del sujeto en su medio social es sólo resultado de las coacciones estructurales existentes. Su contraparte, el “conflacionismo ascendente” (o la determinación de la estructura por el agente), estaría presente fundamentalmente en la historiografía tradicional, basada en los actos de los grandes personajes, las grandes hazañas y otros eventos fundacionales de la memoria histórica de la nación, que permiten una legitimación de la historia como dominación de unos pocos por sobre muchos. Una solución de esta dicotomía, sería el “elisionismo histórico”[5], en donde sujeto y estructura estarían considerados en el mismo nivel, donde la estructura determinaría el comportamiento histórico de los sujetos sin que estos últimos se dieran cuenta de aquello. En otras palabras, sería la utilización del hábitus de Bourdieu[6], donde el agente es libre de todo constreñimiento estructural, puesto que la estructura para el agente no es visible por ninguna parte. Algo así podríamos observar en la muy de moda “Historia Cultural”, donde utilizando el sobreutilizado (y nunca bien y precisamente definido) concepto de “Representaciones Culturales”, se genera esa conexión entre sujeto y estructura.[7]
Todavía podríamos seguir haciéndonos la misma pregunta: ¿le cabría algún grado de historicidad a un programa de televisión? Incluso, ¿le cabría algún grado de historicidad a la acción humana, de sujetos cotidianos en su actuar cotidiano? Políticamente correcta ha sido la respuesta de la Historiografía, ya que, responde que sí, pero con reparos, que hacen que la acción cotidiana, sea casi un reflejo de muchos otros elementos que están presentes en los sujetos. Coacciones estructurales o estructuras de pensamiento inconscientemente incorporadas a la acción, terminan minimizándonos hasta llegar a un punto insoportable. Como bien diría mi compañero Julián Suzarte en su columna “De Sujetos y Borrachos”, los sujetos que han sido considerados como tales en la historiografía, son siempre individuos/motores del cambio social y además, una proyección ideológica e idealizada del historiador, basadas en un ethos del “deber ser”. Me gustaría agregar que, además de la idealización del “deber ser” del sujeto, del agente, el historiador ha aprovechado de idealizar lo que es loable de contar en la historiografía. No cualquier elemento es válido para ser transformado en un objeto digno de reverencia académica. Un programa de televisión, seguido por millones de personas (independientemente de sus capacidades de transformarse en un Aparato Ideológico del Estado[8]), no es digno de aparecer en un libro de historia, en una revista ISI, o en un artículo en un medio online. Tampoco serían dignos, las millones y millones de acciones cotidianas de los sujetos que, tal y como ven televisión, sufren, lloran, ríen, aman, pero por sobre todo, actúan para cambiar la historia, su propia historia. Esas historias propias que, en el fondo terminan conformando las mismas estructuras y los mismos sujetos revolucionarios dignos de estudio (conflacionista).
Que los historiadores, cual jueces, sean quienes le suban o bajen el pulgar a las acciones pertinentemente historizable, me parece una actitud de soberbia intelectual muy típica de estos grupos que se sienten por sobre la sociedad. Una soberbia intelectual, que pone en evidencia la clara desconexión del mundo académico, y el mundo de la vida, en la medida de que la academia y la historiografía en general, termina perpetuando lo que se critica: la negación de la difusión de conocimiento hacia el sujeto cotidiano, sea por el fondo o la forma.
[1] Este trabajo, es un esbozo de una investigación de largo aliento que pretendo realizar en base al estatus teórico del acontecimiento historiográfico, y cómo esto define qué es lo académicamente aceptable para ser historizable. Dicho de otro modo, hay acontecimientos dignos e indignos para la historiografía academicista, los cuales dejan fuera de cualquier estudio, la vida real de los sujetos vivos.
[2] Trend Topic son los temas que más se han comentado mundialmente en aquél momento. Ver el “Twitter Glossary” http://support.twitter.com/entries/166337-the-twitter-glossary. Muy pocos temas de nuestro país han llegado a pertenecer a esta lista, en la corta existencia de esta red social.
[3] Revel, Jacques. Microanalysis and the Construction of the Social. En http://www.fl.ulaval.ca/celat/histoire.memoire/histoire/cape2/revel.htm
[4] Cuesta, J., Historia del Presente. Madrid, Eudema, 1993, 4. Citado en Ángel Soto, Historia del Presente: Estado de la Cuestión y Conceptualización. Historia Actual Online, 15 de Febrero de 2004. P. 105.
[5] Margaret Archer. Teoría Social Realista: El enfoque morfogenético. Ediciones Universidad Alberto Hurtado. Santiago, 2009.
[6] Una de las clásicas acusaciones que se le hacen a la teoría social planteada por Pierre Bourdieu, es que la teoría del habitus es plenamente funcional para explicar la reproducción del orden social, pero no explica los modos con los que se produce el cambio social.
[7] Esta tríada conceptual es una extrapolación del diagnóstico que Margaret Archer realiza en la Sociología, siendo Aldo Mascareño quien aplica este esquema analítico a los autores tradicionales. Aldo Mascareño, Acción, Estructura y Emergencia en la Teoría Sociológica. http://sociologia.uahurtado.cl/publicaciones/11_Articulo_Mascareno.pdf
[8] Louis Althusser, Aparatos Ideológicos del Estado. En Zizek, Slavoj. Ideología, un mapa de la cuestión. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2004.



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Muy buen artículo Nicolás. La relación entre lo que significa el campo de “lo histórico” para la sociedad y para los benditos por el conocimiento académico.
A propósito de lo mismo, rescato el valor de tu opinión en la crítica certera a dos cuestiones fundamentales: Primero, el lugar de poder que ocupa “El Historiador” basado en la concepción de ser “superior” al común de las personas. Como se comentó en otras columnas, se utiliza uno y otro recurso para encerrar la fuente de ese “poder” dentro de los mismos círculos. En segundo lugar, respecto a la supuesta autoridad judicial que ocupan los “Historiadores” sobre los acontecimientos sociales.
En cuanto a lo primero, agrego que ya sea por pereza o falta de interés, no se han abierto los canales de conexión entre las academias y la comunidad. En aquel ejercicio de auto aislamiento activo y/o pasivo, se esconde un profundo sentido anti democrático, una falta de conciencia y responsabilidad cívica, y una incapacidad de proyectar los conocimientos adquiridos y desarrollados, con aplicaciones sociales concretas que contribuyan a desarrollar una sociedad mejor.
Los “intelectuales” suelen/solemos olvidar que es la sociedad la que financia aquella eterna reflexión (con muy pocas salidas prácticas) a través de los fondos públicos y concursables, becas de postgrado, y otros. Solemos reclamar que falta más de eso, pero ¿Qué estamos haciendo efectivamente para merecerlo? ¿De qué manera estamos demostrando que nuestra actividad aporta tanto como la minería o la ingeniería al desarrollo de nuestro país y región?
Un Abrazo!
Juan.
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