Dios y Piñera. La nueva forma de gobernar dentro de un Estado laico.
El 11 de Marzo del 2010, Sebastián Piñera se transforma en el nuevo presidente de Chile, dejando atrás cuatro gobiernos de la Concertación. La derecha llega nuevamente al ejecutivo, para el cual “se estuvieron preparando 20 años”, pero este gobierno no viene solo, sino con un acompañante especial: Dios.
Desde su primer discurso como presidente, el nuevo mandatario no escondió a este invitado, no en vano lo recordó 5 veces. De esta forma, no son sorprendentes y dignos de extrañeza los últimos sucesos en que ha ocurrido en distintas instituciones estatales, donde la presencia de éste no ha pasado inadvertida.
Hace algunas semanas Ximena Ossandón, vice-directora de la Junta Nacional de Jardines Infantiles, junto con declarar que algunas madres se aprovechaban del servicio de jardines para salir de juerga, “adornó” las instalaciones de un recinto público con una estatua de la Virgen (María, madre del invitado), argumentando que la Virgen “es el símbolo de la protección”, “siempre suma, nunca resta” y “a nadie le produce arcadas la Virgen”.[1]
Por otro lado se informa, a través de la prensa, la decisión del Consejo Nacional de Televisión de “analizar” los reclamos de particulares en contra de un programa de televisión: “El Club de la Comedia”, principalmente por la realización de un sketch donde hace una parodia de situaciones, donde Jesús (cristiano) es el protagonista.[2]
Sin que pase mucho tiempo, comienza a circular un Boletín de Minutas del Departamento de Estudios y Capacitación del SERNAM, donde la minuta Nº 3 se denomina “Los desafíos de tener un(a) hijo(a) adolescente” presenta un particular llamado para una institución laica: “De esto deriva la importancia de que los y las adolescentes comprendan que su vida sexual debe postergarse hasta el matrimonio, pues asumir esta responsabilidad cuando no se está preparado para ello, acarrea consecuencias poco placenteras para los involucrados. Los embarazos no deseados, las enfermedades de transmisión sexual, el SIDA, los abortos y sus secuelas se encuentran a la orden del día.” Dando como referencia a una página de corte conservador religioso www.enfoquealafamilia.com.[3]
A esto se le suma, primero, la decisión del Ministerio de Educación de suspender un material educativo denominado “La Enciclopedia del Sexo”[4], tras una denuncia de la municipalidad de Puente Alto, encabezada por su alcalde Manuel José Ossandón, por considerarse de “alto contenido erótico” y “porque no contiene un material educativo apto para los niños”. Y segundo, un instructivo enviado desde el Gobierno Regional de Coquimbo, donde se enfatiza en la prohibición de sus funcionarios públicos de utilizar “poleras strapless, sin espalda, con pabilos, faldas extremadamente cortas, short, calzas”.[5]
Sin embargo, esta cadena de sucesos e intervenciones de este invitado especial de La Moneda sólo podría ser consolidada de mejor manera si el presidente lo invitara derechamente. Ya no sólo se insiste en invocar su presencia en cada discurso y conferencia de prensa, sino que ahora es necesario un llamado explícito por parte de la máxima autoridad estatal a “buscar su ayuda”. Esto sucedió el 8 de agosto, a raíz del accidente de 33 mineros en Copiapó, donde el presidente no sólo recalcó su compromiso con su rescate e investigaciones para aclarar responsables, sino que hace es siguiente llamado: “yo quiero pedirle a todos los chilenos, que recemos para que Dios nos ayude, y poder rescatar con vida a estos 33 mineros”.[6]
De esta forma es válido preguntarse, ¿un gobierno de turno puede promover una concepción de vida social ligada a una religiosidad particular? Dentro de un Estado laico, por supuesto que no, sin embargo ¿Chile es un Estado laico? El argumento rápido es recordar que nuestro Estado se separó de la Iglesia Católica en 1925, pero ¿realmente fue así?
Esta separación, que parece ser bastante obvia, podría no serlo tanto. La conformación de esta separación no tiene características reformistas radicales, a esto me refiero, que no pasa de un Estado confesional a uno estrictamente laico. La separación chilena se centra principalmente en una desligación económica, y no en una social.
Laicismo no fue la idea fuerza de esta separación, y así se ha dejado entender desde sus inicios. Casos representativos son: que la educación jamás se intentó regular bajo los conceptos laicos (a excepción del gobierno de la Unidad Popular); se siguen manteniendo y creando nuevos feriados religiosos; ceremonias como el Te Deum en vez de decaer, se comienzan a pluralizar; desde el 2004 se le ha dado efectos civiles al matrimonio religioso y desde el 2007 nuestro país consta de una Oficina Nacional de Asuntos Religiosos. Estos ejemplos son, entre muchos otros, muestras que las políticas públicas estatales mantienen cierta distancia a conceptos laicistas, promoviendo una convivencia y estableciendo ciertos “acuerdos” entre el poder “secular” y “espiritual”.
De esta forma, se puede ver, en primera instancia, cómo el Estado chileno se aleja del concepto laicismo, adoptando una laicidad. Esto quiere decir que el Estado secularizado reconoce derechos a estas instituciones religiosas, defendiendo el concepto de libertad religiosa y alejándose de un Estado confesional, posicionándose como ente administrador y neutral. En desmedro de una alternativa laicista que promovería al Estado como un ente secularizador de la sociedad, que tendría como objetivo suprimir la religiosidad de la sociedad o, por lo menos, marginarla a una privacidad. Ergo, Chile no se transforma en un Estado antirreligioso, sino sólo regularizador del libre mercado religioso.
Así, la separación queda reducida a una ley (19.638) y no a la constitución. Chile no es definido como laico, sino que se entiende esta laicidad como regulación y neutralidad; donde el Estado se levanta como ente jurisdiccional de control de estas manifestaciones y protector del “bien común”, de sus consecuencias y estableciendo un posicionamiento secular neutral, donde éste no podría establecer preferencia por algún dogma o institución religiosa en particular.
Entonces ¿existe una consolidación de una laicidad? Pese a lo anteriormente planteado, la respuesta es no. El Estado chileno, en primer lugar, no garantiza una igualdad y libertad religiosa plena. Y segundo, tampoco se posiciona como una Estado secular neutral.
La libertad de culto no sólo puede medirse por la cantidad de personalidades jurídicas dadas a entidades religiosas en los últimos años. El número de instituciones religiosas reconocidas por el Estado ha aumentado de dos a más de mil quinientas post Ley de Culto en 1999, pero este aumento principalmente se debe a la búsqueda de reconocimiento institucional por parte de las iglesias evangélicas y pentecostales, mientras que otros movimientos religiosos no buscan este reconocimiento estatal y beneficios tributarios, ya que sus dinámicas se alejan de los prototipos institucionales, y se acercan más a una intimidad espiritual “informal”.
Estas últimas organizaciones se sitúan en un juego discursivo deslegitimador, promovido no sólo por parte de las Ciencias Sociales, sino que por organismos estatales, principalmente la Oficina Nacional de Asuntos Religiosos, donde cualquier manifestación que escape de los mecanismos de control y regulación estatal en materia religiosa se transforma automáticamente en una organización de particulares características, insertándola en tipologías sectarias y destructivas.
Este actuar provoca un quiebre en el concepto de libertad religiosa, limitándolo sólo a ciertas definiciones y patrones que el poder del Estado encuentra válidas. Así, lo religioso sólo es en tanto reconocimiento y control. Por otra parte, lo que está fuera de estos dos puntos se transforma en sospechoso, peligroso y propio de vigilancia y represión, status que se ha mantenido incluso en los gobiernos concertacionistas.
Por otro lado, la secularización y neutralidad del Estado no queda en absoluto clara. Este último gobierno de Sebastián Piñera, donde se daba por sentado, desde algunos sectores, que la particularidad de su gobierno sería la tecnocracia sobre las ideologías y se mostraba como un gobierno sin “mística” o “metarrelato”, a menos de medio año del comienzo de su mandato empiezan a sobrar los ejemplos donde los principios morales religiosos particulares se confunden constantemente con la conformación de políticas públicas bajo estas concepciones.
Por más que se comience a manifestar, a través de la coyuntura “indulto bicentenario”, un distanciamiento y debilitamiento de la relación entre Iglesia y Estado, ésta ha sido sólo institucional, ya que este último no ha mostrado tanto interés en un distanciamiento teórico, manteniendo intacta una religiosidad en su discurso y praxis.
De esta forma, ¿qué tipo de laicidad existe en Chile? No es un Estado confesional; sin embargo la laicidad existente es bastante básica, reduciéndose a dispositivos de control y regulación, con el objetivo de facilitar una libertad religiosa sin descuidar el orden público y el bien común. Por lo tanto, una libertad en entre dicho, una libertad sólo para algunas manifestaciones religiosas.
Si bien no se apoya o guía a una institución religiosa específica, los principios morales de la institución católica, y especialmente de algunas sus congregaciones, son parte de una identidad, más allá de la tecnócrata, que impregna el metarrelato de esta “nueva forma de gobernar.
Así, cuando se habla de un Estado laico nacional como contraargumento a esta seguidilla de situaciones conservadoras originadas del nuevo gobierno, debemos considerar todo este corpus de excepciones que hacen una laicidad chilena bien particular. Y es justo plantear que sólo es una consecuencia de una constante pacata postura de gobiernos anteriores, de hacer claras diferencias entre Estado y dogma, dejando claro cuáles son los espacios y competencias de ambas instituciones. Manteniendo este limbo conceptual poco definido y con límites relativos, es tierra fértil de creación de zonas donde una nueva administración pueda creer legítimo proponer una alternativa ideológica, inclusive religiosa, como opción de cambio.
[1] Ver Entrevista a Ximena Ossandón. The Clinic N° 353, 22 de Julio de 2010, pp. 5-7.
[2] Ver http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2010/07/27/demo/
[3] Ver Boletín de Minutas en http://www.elmostrador.cl/media/2010/08/minuta-sernam.pdf
[4] Ver “Enciclopedia del Sexo” en http://www.elmostrador.cl/media/2010/08/Enciclopedia-del-Sexo.pdf
[5] Ver Instructivo en http://www.scribd.com/doc/36015581/Instructivo-del-Gore-de-Coquimbo-prohibe-uso-de-Jeans-y-Faldas
[6] Ver declaraciones en http://www.24horas.cl/videos.aspx?id=83719



Muy bueno el artículo, hace rato que estoy atento a estas “excepciones”, sobre todo cuando estas salen a relucir en los medios masivos: discursos presidenciales, las intervenciones de la iglesia en la problemátiva mapuche, peticiones de rezos para los mineros, etc. Cabe decir que además hay periodistas de las grandes cadenas televisivas chilesnas que también hacen cometanrios de claro carácter religiosos, del tipo “gracias a dios que esten bien”, por dar un ejemplo.
Lo que me inquieta es ¿qué sucede con el cuidadano no creyente?. Yo no soy creyente y realmente a veces siento cierta molestia con los discursos presidenciales, o demás excepciones como las que tú enumeraste. Lamentablemente la poca definición de los limites y espacios entre el Estado (¿laico?) y las creencias personales, tal como estableces, no es clara.
El hecho de que la cabeza de un Estado (entre otros personajes públicos relevantes en la construcción de significados, debido a la masividad de su mensajes)de por sentado la existencia de un ser incognosible (dios), y no cualquier dios, si no el judeo-cristiano, es un peligro para el librepensamiento, sobre todo si consideramos que niños tambíen escuchan sus mensajes.
Un Estado del siglo XXI con dos dedos de frente, deberia por lo menos poner un par de ¿? sobre “dios”.
[...] Hace algunas semanas Ximena Ossandón, vice-directora de la Junta Nacional de Jardines Infantiles, junto con declarar que algunas madres se aprovechaban del servicio de jardines para salir de juerga, “adornó” las instalaciones de un recinto público con una estatua de la Virgen (María, madre del invitado), argumentando que la Virgen “es el símbolo de la protección”, “siempre suma, nunca resta” y “a nadie le produce arcadas la Virgen”.[1] [...]
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