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El camino de la historiografía chilena en el mundo actual de la posguerra: ¿más historia u otra historia??

14 diciembre 2010 757 visitas Sin Comentarios

Por Mauricio Casanova. Red Nacional de Contactos.

Muchas son las voces que proclaman la posmodernidad, entendiendo ésta como la evaporación de las utopías modernas y el advenimiento de un mundo de múltiples e inconmensurables identidades. Pero la posmodernidad no es nada parecido a eso. Lo que muchos llaman posmodernidad no es más que el mundo de la posguerra, un mundo de cadáveres y batallas perdidas, en donde no ha muerto ni una ideología, sino que existe una clara vencedora, oculta en la totalidad de lo cotidiano y no ideológico. No es la posguerra de 1945, sino la de 1991. ¿Cuál es el camino de la historiografía chilena en el mundo actual de la posguerra?

Nuestra disciplina, a lo largo del siglo XX, ha tenido tres líneas de desarrollo, pero que forman parte de una más profunda, una que permanece oculta en la trivialidad de lo cotidiano del conocer, subrepticia en lo que se tiene permitido hacer dentro de las ciencias y los saberes. Estas líneas, indicadoras de un mismo camino, se pueden identificar en tres escuelas, tendencias o corrientes historiográficas.

La primera, en donde destacan historiadores como Francisco Encina, Alberto Edwards, Jaime Eyzaguirre y Mario Góngora, la denominaremos “escuela hispanista”. Esto, por el carácter aristocrático, conservador y fervientemente cristiano de sus exponentes. La tradición hispanista “posee una constelación de valores que son congruentes con los de la aristocracia chilena, que buscó con ahínco sus raíces ancestrales en España y que se identificó a  sí misma como conservadora, tradicionalista y ultramontana”[1]. Su institución más emblemática fue la Academia Chilena de Historia, fundada en 1933. Los valores defendidos por ésta fueron, en sus comienzos, contrarios a la profesionalización de la disciplina, por encontrar en la sangre, la herencia y el apellido de sus miembros el sustento de lo que es “un buen historiador”.

Autores como Francisco Encina y Alberto Edwards veían en la intuición y la virtud las bases epistemológicas del conocimiento histórico, de la misma manera que la raíz de la política debía estar en hombres capaces, nobles y de familia respetada[2]. En los homenajes, obituarios y conmemoraciones de la Academia abundan referencias a la moral ascética y cristiana de sus más representativos historiadores, llegando incluso al nivel de atribuir los logros y ventajas de la obra de personajes como Jaime Eyzaguirre a su sangre o antecedentes familiares[3].

La segunda corriente, en donde destacan historiadores como Sergio Villalobos, Álvaro Jara, Feliu Cruz y Rolando Mellafe, la denominaremos “escuela gremial”. Esto, debido al marcado interés de sus exponentes de enmarcar a la historiografía como una disciplina autónoma del conocimiento científico, con sus métodos, reglas y prohibiciones. La corriente “gremial” defiende la imperiosa necesidad de alejar los intereses personales, la herencia de clase y la perversión ideológica en la disciplina, haciendo de ésta un saber neutro y profesional, destinado a dar cuenta del pasado como un valor en sí mismo, solo por el hecho de ser pasado. La historiografía es un área de la ciencia y, por tanto, debe comportarse como tal. La única labor, o la más importante, de la historiografía es ella misma, como afirma Villalobos en La historia por la historia[4]. En las conmemoraciones, obituarios y homenajes es posible encontrar una abundante cantidad de referencias al ascetismo científico, al desinteresado deseo de conocimiento y al fervoroso trabajo documental de sus más destacados historiadores.

El discurso de la “escuela gremial” es marcadamente patriota y liberal. El propósito de las obras de sus figuras más respetadas es, para algunos, el “engrandecimiento de la patria”, como se puede apreciar en las siguientes palabras dedicadas a uno de sus fundadores decimonónicos: “Benjamín Vicuña Mackenna, a cien años de tu desaparición física, los chilenos sentimos tu espíritu flotar entre nosotros y tu imagen, proyectándose más allá de las fronteras patrias se refleja en los pliegues de tus banderas que guía y que señala el camino hacia el futuro, sin rencores, como tú lo señalaste desde los bancos del congreso nacional, los escaños de las plazas públicas, las páginas de los diarios y tus libros, con sólo un propósito: el engrandecimiento nacional”[5].

La tercera tendencia, en donde destacan historiadores como Gabriel Salazar, Sergio Grez, Julio Pinto y María Angélica Illanes, la denominaremos “nueva historia”. Esto, por el interés de sus miembros de “renovar” la disciplina a través del uso de nuevos métodos y la búsqueda de  actores y procesos olvidados por la historiografía nacional. “En cierta manera, la [nueva] historiografía marxista se situaba en un nivel de avanzada del conocimiento científico, al pretender llenar el vacío dejado por la historiografía nacional”[6]. Como afirma Salazar, “era preciso revisar las percepciones y conductas del pasado y construir sobre esa revisión un modelo renovado de acción histórica”[7].

La principal característica de la “nueva historia” es el no distanciamiento del conocimiento historiográfico con respecto al activismo político de los historiadores. Para todos sus exponentes, la “nueva historia” social y económica respondió a la necesidad de “repasar y repensar [el quehacer de los sectores populares], no sólo para seguir existiendo como sujetos históricos, sino también para construir (producir) el futuro de la sociedad”[8]. La historiografía, para esta escuela, no es un conocer como fin en sí mismo, es un instrumento, una vía, un camino con el cual abrir espacios de lucha política.

Las tres modalidades historiográficas del siglo XX, pero en particular las últimas dos, se mantienen dentro de una misma línea de desarrollo. ¿Cómo pueden estar Alberto Edwards, Sergio Villalobos o Sergio Grez en una misma categoría de análisis? Los tres forman parte de un discurso moderno del saber, que concibe a la historiografía como una actividad científica del conocer. Necesario es aclarar aquí que al enunciar moderno no lo pretendemos oponer  a lo posmoderno, ni menos afirmar la necesidad de la superación de lo primero por medio de lo segundo. Pretendemos evitar, siguiendo a Carlos Pérez Soto o Manuel Antonio Baeza, las consecuencias peligrosas y disimuladas de la defensa ciega de la posmodernidad, entendiendo que ésta es afín a la lógica trasnacional y neoconservadora de la muerte de los paradigmas o metarrelatos. Lo que se denomina como “mundo actual”  o “tiempo presente” no es una “época posmoderna” ni una “modernidad radicalizada”, sino que es un mundo de posguerra; un mundo de cadáveres y batallas perdidas, en donde no ha muerto ni una ideología, sino que existe una clara vencedora, oculta en la totalidad de lo cotidiano y no ideológico.

¿A qué nos referimos entonces cuando hablamos de discurso moderno del saber? Esencialmente, al convencimiento de que un tipo o forma de historiografía es mejor que otra en la medida en que es más representativa de la realidad. Para Sergio Villalobos, desde el punto de vista de la “escuela gremial”, el conocimiento histórico debe ser siempre fiel a la verdad que, aunque nunca palpable ni alcanzable, es un valor noble y necesario de seguir. “Demos por descontado que la objetividad perfecta nunca se logra, igual que la justicia, la bondad y la belleza; pero es un objetivo ideal que no puede ser abandonado, porque en caso contrario caeríamos en el capricho personal o de los grupos”[9]. Ese mismo peligro del “capricho personal o de los grupos” es el que el autor de Historia del pueblo chileno le reprocha a Gabriel Salazar y Julio Pinto en la polémica sostenida en El Mercurio, tras la publicación del primer tomo de la Historia contemporánea de Chile de estos últimos[10]. “Comenzar negando la existencia de verdades absolutas que nos guíen es abrir el camino a todas las arbitrariedades imaginables, y, en definitiva, sustentar que no hay más razón que la de cada uno y llegar de ese modo a la dureza más extrema”[11].Por su parte, Gabriel Salazar, Julio Pinto y María Angélica Illanes, en el mismo debate,  aclarando las bases epistemológicas de su entendimiento de la historiografía, postulan que el conocimiento histórico proviene desde un lugar y que ellos se ubican en el lugar de la mayoría ciudadana. “Todo conocimiento histórico, como cualquiera otra forma de conocimiento, se construye desde la posición en que se sitúa […]. Nos hemos sentido inclinados a situarnos en la perspectiva de la mayoría ciudadana”[12].  Para la “nueva historia”, la relevancia está en la aceptación de la subjetividad del conocimiento, pero una subjetividad que pierde su supuesta arbitrariedad en la medida en que los deseos y pasiones individuales se hacen representativos de la mayoría, que es la voluntad más objetiva posible. El camino es desvanecer el monopolio del conocimiento por parte de la elite a través de la búsqueda del pasado como realmente fue, un pasado de lucha, aparentes victorias y continuas derrotas.

Ambas posiciones, totalmente antagonistas en su posición política, mantienen la común defensa del conocimiento como actividad apropiativa de la realidad. La primera, desde una postura ingenua y cegadora; la segunda, desde una posición consciente y que forma parte de un proyecto humanizador de la disciplina. La primera cae en la paradoja del fundamento sin fundamento: la objetividad, la verdad y el desinterés son el fundamento de la historiografía -y de toda ciencia-, pero, ¿cuál es el fundamento de la objetividad, la verdad y el desinterés? El que estos valores sean metas no alcanzables pero nobles de seguir nos parece una afirmación escandalosamente ambigua. La segunda, por su parte, cae en la paradoja del fundamento antes del fundamento: el conocimiento científico nos muestra la realidad de lucha, victorias y derrotas del pasado, el que a su vez es fundamento de un proyecto político de continuación de esa lucha, pero, ¿qué es primero, el conocimiento científico o el proyecto político? ¿Cuál es fundamento de cuál? A nuestro parecer, la posición de los historiadores de la “nueva historia” es no ingenua, válida y consciente, pero debe ser re-pensada.

El debate entre estas dos escuelas, que se proponen iluminar un proyecto político (entendemos aquí que el sostener la necesidad del alejamiento entre ciencia y política es también un  enunciado político -y es el más sombrío, oscuro y perverso de todos), se basa en la búsqueda incesante de más historia, más realidad, más objetos; en el sentido de la creencia en que una historiografía es mejor que otra en la medida en que es más representativa de la realidad. Lo que se ha hecho hasta ahora es el seguimiento de más (real) historia. Lo que nosotros proponemos es el establecer (nunca buscar) otra historia. Una historia que nunca se desligue del proyecto humanizador de la “nueva historia”, pero que se aleje de todas las modalidades del conocimiento científico moderno, entendiendo que la ciencia es la ideología más efectiva y silenciosa de todas.

El hacer (crear) otra historia no se trata de una revisión renovada de fuentes, de una reflexión novedosa de procesos o de un estudio alternativo de casos. El hacer (crear) otra historia es el conocimiento no teleológico del pasado. No debemos buscar en los españoles en América el antecedente evolutivo de los chilenos. El español y el chileno no existen más que en la mente de los que los pronunciaron o escribieron; no existen más que en la tinta del papel. Solo existen, como afirma Paul Veyne siguiendo a Michel Foucault, los cuerpos y sus prácticas[13]. Quizás alguien se autodenomine chileno, pero él es alguien que se denomina algo, no es jamás ese algo, porque ese algo es metafísica, y la metafísica -desde Heidegger, Sartre, Foucault, Deleuze o Guattari- es nada. El pasado debe ser estudiado, pero no debemos encontrar nunca en él el fundamento del futuro. Aun así, el pasado no es un valor en sí mismo, no debemos estudiar la historia por la historia. El valor del pasado es el iluminar lo fluctuante de lo que asumimos por realidad.

Lo que debe atacar la historiografía es el olvido, en la modernidad, de nuestra temporalidad; de nuestra cambiante realidad; de nuestra siempre nómada identidad. No se debe conocer mejor la realidad, porque en la realidad se esconde la razón última de la opresión de hombres y mujeres. El hacer (crear) otra historia es la destrucción de la naturaleza y la realidad en la historia; es el hacer de nuestra condición histórica nuestro único fundamento; es el encontrar en la inherente sin forma ni contenido de nuestra existencia nuestra única forma. Si hay algo que constituye nuestro ser es nuestro nunca-ser. Porque lo único que somos es historia, y la historia es la condición de la eterna finitud de lo eterno. Desde la aceptación de la inexistencia de lo presente, lo dado, lo objetivo, es que debe partir, a nuestro juicio, el conocimiento histórico. Cuando se acepte que lo que llamamos “ser humano” no es nada más que la posibilidad de la posibilidad de ser algo, es cuando encontraremos el fundamento y la legitimidad de nuestro proyecto político humanizador.

Si no hay esencia, ¿debemos aceptar un inminente anarquismo de identidades y proyectos políticos en donde el que quiera sea lo que sea? NUNCA. Mientras haya bocas sin alimento, mujeres violadas y gente sin techo, en nuestra posibilidad de la posibilidad de elegir un camino, siempre habrá un camino mejor que otro.


[1] SALINAS, A., «La historia como dedicación», MAPOCHO, 35 (1994), pp. 212.

[2] ZAMORA GONZALES, M., «Teoría e ideas de la historia en Alberto Edwards Vives». DIMENSION HISTORICA DE CHILE, 5 (1987), pp. 97-135.; SILVA CASTRO, R., Don Alberto Edwards, Biografía y Bibliografía, Santiago de Chile, Imprenta Universitaria, 1933. 64 pp.

[3] PEREIRA SALAS, E., «Jaime Eyzaguirre, perfil de un historiador», BOLETIN DE LA ACADEMIA CHILENA DE HISTORIA, 80 (1968), pp. 39-48.

[4] VILLALOBOS, S., La historia por la historia, Osorno, Universidad de los Lagos, 2007.

[5] REYNO GUTIERREZ, M., «Vicuña Mackenna, historiador militar» (Conmemoración), RChHG, 154 (1986), p. 210.

[6] YAÑEZ ANDRADE, J., «Historiografía y cuestión social. ¿La historia de los excluidos o de los excluyentes?», BHG, 15 (2000-2001), p. 48.

[7] SALAZAR VERGARA, G., «Historiografía y dictadura en Chile (1973-1990). Búsqueda, identidad, dispersión», CH, 482-483 (1990), p. 82.

[8] IBIDEM, p. 52

[9] VILLALOBOS, S., La historia…, op. cit., p. 8.

[10] Debate publicado en VARIOS, «Dos ángulos de la historia», CDH, 19 (1999).

[11] Villalobos, S., en «Dos ángulos de la historia», CDH, 19 (1999), p. 277.

[12] SALAZAR, G. y PINTO, J., en «Dos ángulos de la historia», CDH, 19 (1999), p. 273 – p. 274.

[13] VEYNE, P., Cómo se escribe la historia, Madrid, Alianza, 1984.

*La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor/a y no representa necesariamente la posición de la Corporación Chilena de Estudios Históricos.

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