En nombre del padre, del hijo y del Bicentenario.
Por Veremundo Carrillo-Reveles, Historiador Mexicano.
Red de Contactos Latinoamericanos CCEHS.
Y las mitras se movieron, el agua bendita apeló a la historia y los héroes de la Patria fueron sacados de sus tumbas. La última intentona de las altas cúpulas de la Iglesia Católica en Chile -cuyos ecos llegaron a todo el continente y seguramente al mundo entero- para que por la “gracia” de la conmemoración del Bicentenario de la Independencia fueran indultados los militares condenados por crímenes cometidos durante la dictadura de Augusto Pinochet, no hace sino avivar un prolífico debate que ocupa y enfrenta a los estudiosos, gobernantes y simples ciudadanos de América Latina: el uso y abuso de la celebración independentista.
Al menos nueve países (Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, México, Venezuela y la propia España) festejan oficialmente este 2010 el segundo centenario del inicio del proceso independentista, y para ello no sólo han aventado -como decimos en México- “la casa por la ventana” destinando una fuerte cantidad de recursos públicos para el festejo; sino que incluso se han unido a través del llamado Grupo Bicentenario (http://www.grupobicentenario.org) para glorificar una “fiesta” continental que parte justamente de un pasado común y, me atrevería a decirlo, de realidades presentes, sino idénticas, por lo menos similares.
Y es que en esto de las celebraciones las supuestas “excepcionalidades” no son más que un recurso anecdótico. En todos los países señalados la conmemoración bicentenaria se ha convertido en una herramienta muy útil para los gobiernos en turno: ya sea como un agente legitimador de políticas controversiales, un instrumento de reivindicación de ciertos sectores sociales o como una mera cortina de humo que ha sacado del atolladero a más de un político en apuros. Más allá de la posibilidad de un ejercicio profundo y crítico de la manera en que se han construido los discursos históricos en torno al resquebrajamiento de la Monarquía Española y el proceso de construcción de los estados americanos, así como todas sus consecuencias, lo cierto es que la “fiesta bicentenaria” se volvió, al estilo de un chipote chillón, un mediático, y muy efectivo, mecanismo de “adormilamiento” social.
Si en el caso chileno el oportunismo eclesiástico alcanza niveles de escándalo a costillas de la conmemoración independentista, son varios los países que han recurrido al cobijo de la celebración para legitimar sus políticas. Es el caso, por ejemplo, de México, donde el gobierno del derechista Felipe Calderón ha buscado en reiteradas ocasiones justificar su controvertida estrategia de guerra contra el narcotráfico apelando a un tipo de nacionalismo en exceso burdo -que en su momento fue sostenido también en el patriotismo futbolero gracias al Mundial de Sudáfrica-; gastando una cantidad enorme de recursos en obras y espectáculos referentes al bicentenario que mantienen ocupada a la opinión pública y buscan mostrar al gobierno mexicano como el garante de la supuesta libertad por la que hace 200 años pelearon los insurgentes, pese a las violaciones sistemáticas a los derechos humanos que comente actualmente el Estado y de las que han hecho eco infinidad de organismos internacionales.
Para Colombia, el festejo bicentenario se ha enmarcado dentro de dos contextos muy particulares:.por una parte la sucesión presidencial y, por el otro, el enfrentamiento con Venezuela. En ambos casos, y auxiliado por la liberación espectacular de rehenes secuestrados por la guerrilla, el hasta hace unos días presidente Álvaro Uribe encontró una forma de legitimar su régimen y, sobre todo, su polémica política exterior a través de la celebración independentista; presentando su gobierno prácticamente como el producto histórico glorioso que finalmente, a doscientos años de que comenzara su gesta, ha logrado cohesionar y consolidar al estado colombiano, dejando atrás, supuestamente, el pasado de caos e incertidumbre que marcó la historia del país. El contundente triunfo del oficialista Santos en las votaciones presidenciales y el respaldo irrestricto de Estados Unidos, confirma el éxito del nuevo discurso, tanto al interior de Colombia como hacia Occidente, pese a las controversia que sigue enfrentando en la región.
Por su parte, el gobierno venezolano de Hugo Chávez ha encontrado en el Bicentenario el instrumento óptimo para validar su aparato ideológico, cimentado en la excesivamente idealizada imagen de Simón Bolívar. Chávez no sólo cambió el nombre al país, sino que cada una de sus acciones de gobierno las justifica apelando a la memoria del libertador y a una versión muy particular del supuesto proyecto bolivariano. El utilitarismo histórico de Chávez ha llegado al extremo de que cada vez que enfrenta una situación compleja –lo mismo cortes forzados de energía, una dramática escalada de precios o un roce con Colombia- recurre a la misma artimaña: algún pronunciamiento sobre la exhumación de los restos de Bolívar para confirmar si verdaderamente murió de tuberculosis o se trató, como lo supone Chávez, de un asesinato.
Para países como Ecuador y Bolivia la conmemoración bicentenaria ha servido como marco para legitimar históricamente la promulgación de sus nuevas constituciones, aprobadas ambas el año pasado. En los dos casos, la celebración independentista ha sido interpretada como la posibilidad de reivindicar a aquellos grupos que desde el periodo colonial han padecido un estado de abandono, dando un nuevo “giro” a la política pública y consolidando verdaderos proyectos nacionales. Lo preocupante para ambos casos es la confección de un discurso histórico nacionalista que se pasa por encima la realidad histórica en nombre de un ente tan complejo como lo es la nación, pues lo cierto es que, hace 200 años, tanto la posibilidad de un estado ecuatoriano, como la de uno boliviano era prácticamente imposible; y ni pensar en la posibilidad de la pre-existencia de entes nacionales, por el contrario, se trata de construcciones históricas concretas. Entenderlo de otra manera es un error histórico que a la larga puede resultar caro.
Quizás, el mayor reto que tenemos los latinoamericanos (incluyendo a los propios españoles) sea el quitarnos finalmente los vendajes nacionalistas y entender la complejidad de los procesos que derivaron en la construcción de los estados americanos. Sólo entonces -y soy un convencido de ello- podremos darnos cuenta que es más lo que nos une, que lo que nos separa. Ya no necesitaremos más recurrir a la invención de un pasado glorioso, sino que, finalmente, podremos construir sobre cimientos sólidos el futuro que merecemos.
“La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor”


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No es tán simple la situación de Chile como pretendes presentarla. Y no puedes meter a todos en un mismo saco, así como no todos están involucrados en casos de derechos humanos, tampoco todos los detenidos desaparecidos están realmente desaparecidos.
En lo personal considero que es una muy lúcida reflexión en torno al uso y abuso del Bicentenario. Y no se trata solamente de posibles indultos a violadores de Derechos Humanos -en esencia grave debido a la explícita injerencia política de la iglesia, a que devela la imperial atribución presidencial del indulto individual injustificado y , por sobre todo, a que se trata de un muy mal precedente para casos de Derechos Humanos- sino que también de oportunismo económico y populismo político.
Es cosa de mirar el novedoso reality show ‘1810’ de Canal 13 o la famosa “Caja del tiempo” del Alcalde de Santiago. Todo es válido. Con el Bicentenario –casi- todos ganan; el poder económico y el político ven en esta fecha una oportunidad para administrar la historia a su antojo, para transformarla a las lógicas del Estado-Nación y fundamentalmente para conservar el mito de que la historia no es más que datos, fechas y héroes… Eso es lo que vende.
Ps. Respecto al comentario de Claudio, me parece que el autor en ningún momento generaliza sobre lo que planteas, ni siquiera estoy tan seguro si lo plantea…
Pienso que es muy acertado el análisis que realiza el autor de este artículo, sobre el uso y abuso de las celebraciones del Bicentenario del proceso independentista en Latinoamerica, especialmente en los países mencionados. Reescribir la Historia en función de determinados intereses sectoriales, es muy lamentable, y perjudicial, ya que dejan de lado la verdad de los acontecimientos sociales, políticos y económicos del pasado, que surje a la luz de las investigaciones realizadas por prestigiosos académicos de las diferentes disciplinas involucradas. Y todo este uso y abuso es muy claro, que se realiza en beneficio de determinados gobiernos de turno, de los partidos políticos que los conforman y de los poderes económicos que representan, y a los que se suman el de la Iglesia, que siempre está presente, en todas las épocas de nuestra historia al servicio de su dominio. También creo, que Latinoamerica, se encuentra en un proceso de consolidación, al que todos podemos contribuir, desde nuestras más encumbradas personalidades hasta nuestro más humilde lugar de ciudadanos comunes.
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