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Iglesia y Poder. Reflexiones en torno al caso Karadima

24 mayo 2011 647 visitas Sin Comentarios

Por Enrique Riobó

Ciertamente, el caso Karadima[1] ha causado un gran revuelo en nuestro país, y con justa razón.

Sin embargo, muchas veces las reflexiones en torno al mismo apuntan más a un tema de forma que de fondo; más al caso específico que a explicar el porqué del caso -dejando dicha explicación, muchas veces, únicamente a la culpa individual, ya sea por maldad o por una acción del demonio[2]. En esta columna buscaré, a partir del caso específico y de las distintas reacciones que éste generó en Chile, plantear ciertas reflexiones en torno a la manera en que la Iglesia está institucionalizada y cómo, desde esa perspectiva, la comprensión de casos tan terribles como estos se puede complejizar un poco más, entendiéndolo con mayor extensión y de manera no tan simplificada.

En primera instancia es necesario plantear quién es el “padre” Karadima. Éste fue el párroco titular de la iglesia El Bosque durante largos años (23 para ser más exactos, hasta el 2006), ubicada en uno de los barrios más exclusivos del país y habituada por personas acordes a dicha localidad, gente de situación muy acomodada[3]. Asimismo, la formación del padre es de corte muy conservador, y buscó mantener su parroquia acorde a ello: “Con el pasar de los años El Bosque se fue transformando en refugio de una parte de la Iglesia que se sentía agredida por los cambios sociales que vivía el mundo. Y su respuesta era afincarse en la prédica moral, desde una postura de superioridad, haciendo de esos aspectos un asunto central de la fe y de la expresión de religiosidad. Por esas características que determinaron la identidad del círculo de El Bosque, la parroquia se convirtió en la favorita de una feligresía conservadora, que recelaba del discurso social adoptado tras el renovador Concilio Vaticano II por una iglesia a la que tildaban de ‘roja’”[4]. Dentro de este contexto es que también se encuentra la forma en que Karadima se aproximaba tanto a sus feligreses[5] como a los curas que él formó[6]; autoritaria y verticalmente, acorde a su formación y a la manera en que su parroquia fue llevada.

A partir de aquí nos abocaremos al análisis de algunas de las reacciones que suscitó el caso. En primera instancia revisaremos las más conservadoras, como la de Gonzalo Rojas[7]. Aquí se ven tres planteamientos claves, dentro de los cuales aparece primero la noción de Iglesia: “El párroco sólo le dio un argumento -y piénselo bien, don Rubén, agregó-: usted es la Iglesia, porque está bautizado; no la mire desde fuera, como un extraño; póngase mis pantalones, que son los mismos suyos, y después me llama y hablamos; y, por cierto, tan amigos como siempre…[8]. Segundo, que los errores de algunos no los condenan a todos: “A las buenas señoras -una preguntó con audacia: “Padre, ¿y qué contestamos si nos dicen que todos ustedes son pedófilos?”[9]- les dijo: contesten que son muy pocas las mujeres que son prostitutas; son las menos y también tienen redención” y, finalmente, la relevancia de la Iglesia en la sociedad chilena[10], pero ésta representada por los sacerdotes que la componen. Por otro lado, Hermógenes Pérez de Arce plantea, por ejemplo, que “no hay que olvidar que, siendo la Iglesia una sola, hay dentro de ella, perfectamente diferenciados, distintos estamentos, como congregaciones, prelaturas y movimientos, en la gran mayoría de los cuales no se han presentado las graves situaciones que han afectado a poquísimos de los mismos. Esos sectores intocados posiblemente resultarán fortalecidos, porque se habrá demostrado que el deterioro de algunos no los alcanzó en lo más mínimo.”[11] Se sigue con la misma idea, los errores de unos no condenan a todos. Finalmente, el problema se reduce a culpas o errores individuales. Sigamos revisando.

En un primer momento, cuando recién salieron a la luz las acusaciones contra Karadima[12], éste tuvo varios defensores, entre ellos, personajes de la esfera pública de nuestro país, parte de la derecha y muy cercanos a la Iglesia Católica; me refiero a los hermanos Ossandón, Ximena        -miembro del Opus Dei- y Manuel José. Con respecto a este último, en el periódico El Mostrador se plantea que “añadió que por haber mantenido un contacto de 20 años con la parroquia de El Bosque, ‘siempre en un entorno de cosas buenas’, no le cabía imaginar que no todo podría haber sido bueno. ‘Era la parroquia en que me puse las argollas y me casé; y el hecho de que de la noche a la mañana se le condenara al sacerdote como pedófilo, sin juicio llevado a cabo, me pareció una injusticia. Había quedado como pedófilo y condenado al tiro’”.[13] El mismo dice que Karadima “ha sido el formador de miles de feligreses que hoy profesan los valores cristianos de manera sobresaliente y no tengo dudas, o al menos quiero pensarlo así, que acá habrán investigaciones (sic) y juicios justos, que no estarán ligados a un lavado de imagen que deben asumir los verdaderos culpables.[14] Ximena, por otro lado, plantea lo siguiente: “Es terrible. Todavía sigo rezando para que no sea cierto. Para mí ha sido muy doloroso, no sólo este caso, sino todos. Como un dolor físico. Por eso comprendo la misión de este Papa. Él está haciendo una labor de limpieza, porque cuando uno tiene una herida con pus, hay que limpiarla, para que no contagie al resto del cuerpo. Lo bonito y lo misterioso de todo esto es que Dios es tan poderoso que, a pesar de que a veces el instrumento está lleno de miseria, es capaz de actuar a través de él. Todavía me acuerdo de lo que el padre Karadima dijo en su prédica el día de mi matrimonio: que si dejaba de rezar no me olvidara de dejar de comer, porque el alimento del cuerpo es igual de importante que el del alma. Ésas fueron palabras en las que Dios lo iluminó.[15] En otras palabras, aun con todas las acusaciones sobre Karadima, Ximena Ossandón lo ve aún como una persona que -al menos por momentos- estuvo iluminada por Dios (sin mencionar que antes de que asumiera la veracidad de las acusaciones lo llamó “prócer de la Iglesia”).

Por otro lado, y para finalizar esta primera revisión -muy sucinta- de una visión conservadora de este caso[16], revisaremos los dichos del obispo Juan Barros[17], quien aseguró que tuvo “mucha pena al ver a una persona con ese dolor y con esos sentimientos (refiriéndose a James Hamilton). Sin embargo, tengo que negar categóricamente las afirmaciones que hizo respecto de mis actuaciones. Dios y las personas que nos conocen de cerca saben que eso no es verdad”. Lo que llama la atención aquí es, desde mi punto de vista, la primera frase. Al obispo le da pena que una persona tenga dolor y sentimientos -de odio o ira, uno podría suponer-; lo que me lleva a pensar que el apaciguamiento de ese sentir sería lo correcto para solucionar la situación, lo que sólo se puede realizar desde la individualidad. Las culpas y también las soluciones serían estrictamente personales.

Para continuar, vamos a revisar reacciones desde otras trincheras valóricas y políticas. En una primera instancia, hay que plantear que la crítica deja de ser exclusivamente individual para ser más institucional. Si bien el culpable es Karadima, la Iglesia como institución tiene también una cierta responsabilidad, especialmente por la falta de agilidad y diligencia en la investigación de las denuncias o, incluso, por esconderlas[18]. Algunos autores van más allá y dentro de sus críticas ponen en duda la posición que la Iglesia se arroga en la sociedad chilena[19], la coherencia de Juan Pablo II en temas de abusos de menores y fustigan a parte de la jerarquía eclesiástica chilena por su actitud en el caso. Otro planteamiento importante en este ámbito es la relevancia que se le dio a que Karadima haya sido párroco de uno de los sectores más conservadores, elitistas y “económica y políticamente tradicionales” del país. En ese sentido, se saca a relucir cómo todo un discurso moralista les explota en su misma cara. Todo esto, a su vez, en un contexto de paso hacia un conservadurismo de la Iglesia en general, a partir de la llegada de Juan Pablo II al papado[20]. Sin duda es interesante lo que argumenta Fernando Montes, quien, en torno a las críticas que se han realizado a la Iglesia, “dijo que este caso es simplemente la ‘vuelta de la tortilla’ de una Iglesia que es percibida como muy dura en el tema sexual y en casos de moral familiar (como el divorcio) y, como ahora la ven en contradicción, le aplican su propia medicina.”[21]

Por otro lado, la crítica no va solo a la institucionalidad eclesial, sino también a la político-jurídica chilena, especialmente dado que el Vaticano dio su veredicto antes que la justicia chilena    – esta incluso había sobreseído el caso-, y por el hecho de que actores ajenos a los tribunales se inmiscuyeran en el proceso judicial[22].

Finalmente, a partir de la revisión de estas posturas y del caso en sí mismo, voy a realizar algunas reflexiones que, tal vez, puedan ayudar a una mejor comprensión de este affaire.

Primero, plantear la problemática de las relaciones de poder dentro de la Iglesia, la cual podemos dividir en dos: por un lado, la jerárquica -a la que no me referiré- y la de los curas para con la feligresía en general -la central en este caso-. Ésta última es tremendamente asimétrica entre párroco y fiel, donde el primero detenta casi toda la posibilidad del ejercicio de poder sobre el segundo -al menos en la relación cara a cara-, lo que puede generar que la tensión inherente a las relaciones se rompa, convirtiéndose en una unilateral -posiblemente lo ocurrido con el caso Karadima-. Primero, por el sacramento de la confesión[23] y, luego, gracias una noción de verdad y legitimidad a partir de los dogmas de la Iglesia y las sagradas escrituras[24], manejados, generalmente, por el sacerdote -donde él sería, por ende, una fuente de verdad para los feligreses[25]-, podemos ver que se puede construir esta extremadamente desigual relación de poder. Esto, que debería ser la norma en parte de la Iglesia Católica[26], se agrava aún más con el caso Karadima. Veamos, por ejemplo, el secreto de confesión que hacía este “padre” según Juan Pablo Zañartu[27]: “Me obligaba a realizar (la confesión) entre sus piernas con su transpiración y aliento repugnante. Además, me sentía muy mal porque siempre tenía que confesarle lo mismo. Todas las confesiones eran sexuales, todas, todas: ‘¿Cómo te masturbas, cuánto te masturbas, en quién piensas, qué te imaginas?’. Voyerista, pegado a ti y rojo el huevón.”[28] Aparte de eso, Zañartu plantea que “a él todos le cuentan desde la separación de sus padres hasta el adulterio, la homosexualidad, etc. O sea, todos los temas que son tabús en las familias tradicionales, se los cuentan a él, que es el sicólogo, el siquiatra, el guía espiritual. Entonces él sabe todo lo que pasa en las familias[29]. Asimismo, el párroco en cuestión, era visto -o se hacía ver- como alguien que, según Hamilton, “tenía el don de ver la vocación en alguien cuando aún era un germen”[30], como un guía espiritual, un consejero, como el maestro; incluso se autodenominaba “fiel discípulo del padre Hurtado”[31]. Karadima se convirtió en un “dictador micropolítico”[32], obedecido ciegamente[33] por quienes lo rodeaban, entrampados en una relación de dominación y unilateralidad extrema[34], que le permitió abusar impunemente durante largos años. Para ejemplificar mejor, podemos considerar las declaraciones ya citadas de los hermanos Ossandón, de los más férreos defensores -hasta que fue posible- de Karadima. Allí podemos ver, claramente, que la figura del “padre” es bastante más importante que la de un simple sacerdote; su estatus es muy superior, ya sea porque fue iluminado por Dios, o por ser el maestro y formador de miles de “buenos católicos”. Ciertamente que dichos ejemplos no explicitan lo por mí sostenido, pero dan pie para, al menos, verlo como posibilidad. De esta manera habría que decir que, en efecto, la culpa individual no puede ser sacada del panorama, pues hay que revisar con más cuidado las estructuras e instituciones -al menos bajo la que se entiende como la Iglesia más conservadora[35]- que, si no ayudan, al menos posibilitan parte de estos abusos.

Tomando lo anterior como contexto, habría que plantear que las posturas más conservadoras ven a la Iglesia como “todos”, para poder postular que la culpa, el error o la maldad individual son sólo eso, que no involucran al resto de la Iglesia; la comunidad no se corroe por una persona, lo que genera que se entienda al abusador como una “oveja descarriada”, que no mancha al rebaño. Sin embargo, Karadima comete los abusos como parte de la Iglesia, bajo el amparo y las posibilidades de poder que ésta le entrega; no es una persona cualquiera y la institución, por ende, no puede desentenderse.

Una reflexión se puede realizar con otro eje de análisis, partiendo de los contextos no teológico-eclesiales en los que acontece este caso. En ese ámbito habría que decir, primero, que es muy probable que la presión social haya jugado un rol relevante en la impunidad que Karadima tuvo durante largos años. Su posición no era importante sólo dentro de la parroquia El Bosque y entre quienes la frecuentaban, sino que en relevantes grupos de élite y personas con gran poder económico, político y/o parte de familias de alta alcurnia en nuestro país. Esto, aparte de lo ya mencionado, debe haber hecho las denuncias aún más complicadas de lo que se podría, de por sí, pensar. Por otro lado, también hay que tomar en cuenta que los abusados eran de los sectores de élite, seguramente muy tradicionales y conservadores -como vimos anteriormente-, de nuestra sociedad, donde los tabús son mayores -como la homosexualidad-, la vergüenza, por ende, más compleja y la moralidad conservadora es vista como un gran atributo. Así, se entiende que dichos factores puedan haber jugado un papel a favor de Karadima a lo largo de muchos años.

En ese mismo sentido cabe señalar que la posición de la Iglesia dentro del país -en todo ámbito- es extremadamente privilegiada; especialmente la parte más conservadora, que tiene fuertes relaciones con los grupos de élites económicas y políticas -generalmente de la misma ideología[36]. Lo más grave del asunto es que son las estructuras más defendidas por esta ala conservadora de la Iglesia las que posibilitan, finalmente, las relaciones de poder antes dichas y, con ello, muchos abusos[37], formándose un círculo vicioso existente por años -y quizás décadas o siglos- y que recién ahora se está destapando, no sólo en Chile, sino en el mundo entero. En este mismo sentido, hay que decir que, en general, la opinión pública más lejana a lo conservador critica a la persona (Karadima) y a la institución, pero casi siempre por elementos coyunturales. Sin embargo, las complejidades en las estructuras de ésta, o no se detectan, o no se quieren detectar, o no se quieren plantear públicamente, lo que, al menos, da para pensar que el miedo o las presiones externas pueden jugar una parte importante en que no se realice ese análisis[38].


[2] La ex vicepresidenta de la Junji plantea lo siguiente: “No es Dios el que creó el pecado. El pecado entra por el hombre, es la carencia de bien. Todos tenemos la tentación del demonio. ¿Qué le interesa al demonio: hacer caer a una persona común o al padre Karadima, que es uno de los próceres de la Iglesia Católica chilena? Es obvio: al padre Karadima, porque el daño que va a hacer es potentísimo. Es una carnada mucho más interesante.” (http://www.paula.cl/blog/entrevista/2010/12/13/ximena-ossandon-dios-la-familia-y-la-junji/)

[3] Karadima fue formado por Alejandro Hunneus, quien “por su origen familiar tenía fuerte influencia en el clero y en las familias importantes de la época (mediados del S. XX). Fue así que convenció a la millonaria Loreto Cousiño de Lyon de construir una parroquia única, icónica, señera, con amplias dependencias, como para recibir a una veintena de postulantes al sacerdocio en un barrio exclusivo y residencial”. (http://ciperchile.cl/2011/04/01/la-historia-oculta-de-karadima-su-mentor-y-otros-sacerdotes-acusados-de-abusos/)

[5] Se puede dar cuenta de diversos ejemplos en ese ámbito: “Porque ya nadie discute tampoco que lo que al interior de la parroquia El Bosque se incrustó y engrosó fue una secta. Una que tuvo por décadas un solo líder y dueño: Fernando Karadima” (http://ciperchile.cl/2011/04/18/las-operaciones-secretas-que-ordenaba-karadima-para-aniquilar-a-su-competencia/) , Juan Pablo Zañartu cuenta, respecto a Karadima: “A mí me parecía un privilegio que tenía que ver con mi amistad con Raúl. Por eso tenía la posibilidad de confesarme con el maestro” (http://ciperchile.cl/2011/04/01/yo-era-un-nino-muy-destruido-y-ese-cura-se-apodero-de-mi/)

[7] Me baso en esta columna, la última publicada por el autor, relativa a este tema: Rojas, Gonzalo, “El otro párroco”. Publicada en El Mercurio el 23/02/2011. Disponible en: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2011/02/23/el-otro-parroco.asp

[8] Ibíd.

[9] Ibíd.

[10] Lo que se condice con el planteamiento que hace Osvaldo Torres en su columna “Caso Karadima, Iglesia y Nación”: Si se asumiera la tesis conservadora sobre la identidad nacional, hoy estaríamos viviendo una crisis de proporciones insospechadas. La tesis afirma que nuestra identidad es previa a la independencia, cuyo punto de partida habría sido el encuentro de lo indio y lo hispánico en el rito, conformando así  la religiosidad popular cristiana. Esta, a su vez,  gestó  ‘el sustrato católico sobre el que logró constituirse el sentimiento de pueblo-nación que hubo de animar a los nuevos Estados, otorgándoles un sentido nacional’ (Cousiño)”. (http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/04/26/caso-karadima-iglesia-y-nacion/)

[11] Pérez de Arce, Hermógenes. “La jerarquía católica chilena sufre”, 28/03/2011. Disponible en: http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/03/28/la-jerarquia-catolica-chilena-sufre/

[12] Hay que señalar que una vez que las acusaciones se hicieron más incontestables, ambos reconocen el delito de Karadima, y lo condenan.

[16] Lamentablemente, el espacio no alcanza para revisar la actitud de Eliodoro Matte, una de las personas más ricas del país, presionando al fiscal nacional, Sabas Chauán, ya que “querían que la investigación fuera lo más rápida posible, porque tenían vínculos de amistad con Karadima, él y su señora.” http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2011/03/28/fiscal-nacional-eliodoro-matte-me-dijo-que-estaba-preocupado-por-el-caso-karadima-y-queria-una-investigacion-rapida/

[17] Obispo castrense y uno de los nombrados por James Hamilton, querellante en el caso por abusos en su contra, como conocedor y testigo de los abusos.

[18] Ver, por ejemplo: http://blog.latercera.com/blog/hsoto/entry/caso_karadima_suma_y_siguehttp://blogs.elmercurio.com/reportajes/2011/04/10/los-obispos-y-el-abuso-sexual.asp, http://blogs.elmercurio.com/reportajes/2011/03/27/el-caso-karadimaerrazuriz.asp , http://blogs.elmercurio.com/reportajes/2011/02/20/lo-que-karadima-revelo.asp o, por ejemplo: “También ayudó en este caso el contexto de debilitamiento de la legitimidad de la autoridad de la Iglesia Católica sobre sus fieles a nivel mundial. Múltiples acusaciones de pedofilia contra obispos de EE.UU., Irlanda, Bélgica, etc., y en la Congregación de los Legionarios de Cristo, arrastraban a una crisis de credibilidad que venía del giro conservador con que Juan Pablo II arrinconó a los teólogos progresistas, impidió la sana crítica, disolvió la relación de la Iglesia con las comunidades organizadas y alentó congregaciones ultraconservadoras, como el Opus Dei y los mencionados Legionarios. Esto se expresó en nuestro país en la designación de autoridades conciliatorias con el poder y los privilegiados, como lo fueron los arzobispos  Fresno y  Errázuriz y la promoción de una camada de obispos  fieles a la nueva orientación, que desplazaba a personas como el destacado ex Vicario de la Solidaridad Cristián Precht, por ejemplo.” (http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/04/26/caso-karadima-iglesia-y-nacion/). Tomás Jocelyn-Holt plantea una inquietud similar: “Basta escuchar a tres de los posibles nuevos arzobispos de Santiago                 -monseñores Goic, Ezzati y González- para sentir que hablan como si estuvieran arriba de un trapecio, respecto de un caso bajo un procedimiento canónico que es muy cuestionable. Goic justificando la demora para resolver el caso de un cura condenado y en la cárcel con que ‘no hay demora, si es inocente, saldrá de la cárcel santo y si no lo es, habrá cumplido su condena’. Olímpico, Ezzati sentado en un sillón afirmando con extrema amabilidad que a los obispos les llega ‘de todo’ para justificar que se tengan por acusaciones bajo una suerte de sobreseimiento temporal. Y, el más conservador de todos, González diciendo que le parecían ‘verosímiles’ las acusaciones en Informe Especial. O sea, ni si hubieran sido candidatos a parlamentarios.”(Jocelyn-Holt, Tomás. Caso Karadima ¿Secta o Fe? Publicado en El Mostrador, 10/05/2010. Disponible en: http://www.elmostrador.cl/opinion/2010/05/10/caso-karadima-¿secta-o-fe/)

[19] Osvaldo Torres plantea esto en tanto Iglesia que se siente parte integral de la identidad nacional, cuestionando dicha noción: CITAR mientras que Carlos Peña lo plantea a partir de varios puntos que se pueden revisar en la siguiente columna: http://blogs.elmercurio.com/reportajes/2011/03/27/el-caso-karadimaerrazuriz.asp

[20] Aunque en Chile este giro se hace más patente a partir de 1990, una vez terminada la dictadura de Pinochet, donde parte de la Iglesia jugó un rol en la resistencia a la misma.

[21] http://www.elmostrador.cl/opinion/2010/05/10/caso-karadima-¿secta-o-fe/

[22] El caso más notable corresponde al de Eliodoro Matte.

[23] No sólo por la información que el sacerdote adquiere, sino también porque en éste recae la posibilidad de absolución del confesado. Cabe señalar también que esta forma de confesión no es cristiana, sino católica. En parte del protestantismo, por ejemplo, existe la confesión, pero no individual, sino colectiva, testimonial a la Iglesia a la que la persona pertenece.

[24] El sacerdote Fernando Montes plantea que “en la Iglesia está el peligro de la sacralización, que la autoridad no sólo sea autoridad, sino que se transforma en un ser sagrado, que no se toca, no se critica y en ese sentido esto puede ser una enorme oportunidad de redefinir el modo de ejercer la autoridad.” (http://suburbia-today.blogspot.com/2011/04/fernando-montes-karadima-fue-un.html).

[25] Ni hablar cuando estos son, además, profesores o los encargados de su educación.

[26] Especialmente en aquellos sectores más conservadores. Ciertamente que no es posible hablar de toda la Iglesia en este sentido, ya que existen muchos contrarios a esta forma de llevar la religiosidad, que son más cercanos a una relación de mayor horizontalidad, incluso cuestionando la necesidad de la institución jerárquica como tal: “La Iglesia se encuentra en la era del Espíritu que constituye la era de la vuelta del Hijo hacia el Padre. Por eso, es el sacramento de la unidad cósmica, el shalom con Dios y el lugar de todas las cosas en su fuente y forma, como el Espíritu, un espacio de libertad. Porque el Espíritu está en la Iglesia, ésta no puede reducir su realidad a la dimensión de sus instituciones y credos, sino que se realiza y se instaura allí donde el propio Espíritu actúa, donde el amor se muestra fuerte, la justicia triunfa y la reconciliación con Dios y con los hombres se inaugura.” (Boff, Leonardo. La era del espíritu Teología y Vida, Facultad de Teología, Universidad Católica. Vol. XIV, 1973. Pág. 263). Cabe señalar, en todo caso, la infinidad de posturas intermedias existentes entre ambos extremos.

[27] Otro acusador de Karadima y de otro párroco de El Bosque. Ver: http://ciperchile.cl/2011/04/01/yo-era-un-nino-muy-destruido-y-ese-cura-se-apodero-de-mi/

[28] Ibíd.

[29] Ibíd.

[30] Lo cual se torna mucho más complejo si tomamos en cuenta que, si se ve la vocación desde el germen, entonces el maestro -el mismo Karadima- “educa” para que dicha vocación florezca. Basta con decir que, según algunos acusadores, Karadima agarraba los genitales de los aspirantes a sacerdotes con la excusa de ver si ello les daba una erección. (Así lo plantea James Hamilton en su entrevista en el programa Tolerancia Cero, disponible aquí: http://www.chilevision.cl/home/index.php?option=com_content&task=view&id=348105&Itemid=2147)

[31] http://www.elmostrador.cl/opinion/2010/05/10/caso-karadima-¿secta-o-fe/

[32] Al menos eso podemos concluir luego de escuchar las declaraciones de James Hamilton, disponibles aquí: (http://www.chilevision.cl/home/index.php?option=com_content&task=view&id=348105&Itemid=2147).

[33] Lo que deslegitimaría la idea del cardenal Medina, relativa a que “éste es ‘un acto de homosexualidad’, justificando que, a diferencia de un niño, ‘un muchacho de 17 años sabe lo que hace’”

(http://www.cooperativa.cl/cardenal-medina-apunto-a-victimas-de-karadima-a-los-17-anos-sabes-lo-que-haces/prontus_nots/2011-04-01/130143.html).

[34]Hamilton afirma que a partir de ahí quedó preso de Karadima. Se sentía lleno de miedo y a la vez culpable de haber provocado algo así. Pensaba que Karadima era un hombre santo. Como lo creían la mayoría de los jóvenes que lo rodeaban. Y lo siguió pensando durante la larga y tortuosa relación que mantuvo con Karadima y que duró 22 años, los que incluyen los 18 años que estuvo casado.” (http://ciperchile.cl/2010/08/13/los-secretos-del-imperio-financiero-que-controla-karadima/)

[35] Que, en ningún caso, son iguales para toda la Iglesia Católica. Dentro de ella existen vastos sectores que entienden como una necesidad el reformular, al menos en parte, la institución.

[36] El último de los ejemplos es la donación de una casa de 240 millones de pesos para que viviera el cardenal Errázuriz.

[37] Los que, obviamente, están en flagrante contradicción con la doctrina eclesiástica.

[38] Dentro de los medios de comunicación que yo revisé, el análisis más crítico fue el de Carlos Peña: “No se requiere ser Foucault para darse cuenta de que una institución que entrega a personas célibes la tarea de administrar el secreto de la vida adolescente y familiar (mediante la confesión) no puede sino producir, tarde o temprano, conductas perversas como la de Karadima y autoridades indolentes como Errázuriz.

 

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