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La crisis de la Iglesia Católica actual y la vuelta a la ortodoxia católica del pontificado Benedicto XVI

18 enero 2011 1.590 visitas 3 Comentarios

Por Fabián Gaspar Bustamante Olguín

En este breve ensayo intento llevar a cabo un análisis de la crisis actual de la Iglesia Católica, focalizándome en el reposicionamiento conservador que ha emprendido el pontificado de Benedicto XVI (antes Joseph Ratzinger) actualmente. Con tal propósito es que examino comparativamente el modelo eclesial del Concilio Vaticano II (1962-1965) y el Post-conciliar, iniciado por Juan Pablo II (1978-2005) y continuado por el actual Papa. Lo dicho va precedido por la interrogante sobre qué entendemos por crisis y de qué manera ésta se relaciona con el modelo eclesial ortodoxo que impone Benedicto XVI. La respuesta no resulta, desde luego, nada sencilla; más bien tremendamente problemática.

En medio de problemas estructurales en los ámbitos de participación laical, en el gobierno de la Iglesia, disminución y crisis de la vocación sacerdotal y los casos de pedofilia, actualmente la Iglesia Católica sufre una crisis que no se produjo de forma súbita, sino que es la culminación de todo un proceso histórico que ha tenido como principal punto de inflexión el Concilio Vaticano II, un verdadero giro copernicano en la relación de la Iglesia con la modernidad. ¿Qué se entiende por crisis en el actual pontificado? Una “crisis”, en su sentido etimológico, no es sino una opción, una elección o cambio.  La reflexión sobre la crisis de la Iglesia Católica, por tanto, no hace referencia a la idea de “decadencia” o “declive”[i] sino, más bien, al cambio en el modelo eclesial de la Iglesia Católica.

Durante la segunda mitad del siglo XX, Juan XXIII, cuyo pontificado duró de 1958 a 1963, marcó el nuevo rumbo de la institución, al convocar a 2.500 obispos al Concilio Vaticano II, con el propósito de “abrir las ventanas” de la Iglesia al mundo, para que los nuevos vientos situaran al catolicismo junto al signo de los nuevos tiempos. En su encíclica Pacem in terris (Paz en la tierra), declaró que la Iglesia ya no debe condenar, como en el pasado, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, sino que, por el contrario, debe apoyar los principios de igualdad, justicia y libertad.[ii] En ese contexto, la situación de ese momento de pobreza social representaba un serio desafío para la Iglesia mundial, sobre todo en los llamados países del Tercer Mundo, donde habita el mayor porcentaje de fieles católicos en el mundo.

La situación por la que atravesaba Latinoamérica, cuya ciudadanía enfrentaba regímenes militares que masacraban a los que defendían la democracia, hizo que los obispos, clérigos y laicos latinoamericanos se comprometieran en la lucha contra la pobreza, por la dignidad y justicia de los pueblos. En el marco de los acuerdos del concilio, y al calor de la insurgencia latinoamericana, casi en su totalidad católica creyente y practicante, se gesta la “opción preferencial por los pobres” en la Iglesia latinoamericana, proyecto que cristaliza en la conocida y difundida Teología de la Liberación.

El mencionado concilio trajo consigo un giro copernicano en la autopercepción de la Iglesia definida en Gaudium et Spes como “Pueblo de Dios”. Luego, los cambios que se estipularon en ese concilio fueron: 1) la proclamación del derecho de la persona humana a la libertad religiosa; 2) reconocimiento y valoración de los contenidos en las demás religiones, llamando a dialogar con ellas (especialmente el judaísmo y el islamismo); 3) definición de la Iglesia no como una estructura jerárquica, sino como un pueblo de creyentes, iguales entre sí: la primacía del Papa sigue intacta, pero los obispos, los clérigos y laicos son invitados a comprometerse con el mundo moderno; 4) internacionalización de la colegiatura de la curia romana; 5) relegación del latín en la liturgia en beneficio de las lenguas locales.[iii]

Pero el concilio provocó también en el interior de la Iglesia una crisis de identidad, que se manifestó especialmente en los primeros años del postconcilio y que se prolonga hasta nuestros días como debate interno sobre la correcta interpretación de la doctrina conciliar, sobre todo con la aparición –gracias al concilio y la Segunda Conferencia Episcopal de Medellín, en 1968- de la “Iglesia popular” o “las comunidades eclesiales de base” en América Latina. Durante el pontificado de Juan Pablo II, este modelo de Iglesia fue deslegitimado, cuestionado y atacado por los sectores más conservadores de la cúpula vaticana y las jerarquías nacionales no lo aprobaron. Es este modelo el que el entonces cardenal Joseph Ratzinger[iv], presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1981-2005), cuestionó como “reduccionista e inspirado en esquemas marxistas”, en el documento Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, dado a conocer en 1984.[v] La estrategia vaticana continuó con la imposición del silencio a los teólogos y promotores de esta pastoral, como Leonardo Boff, religioso franciscano del Brasil y autor de una importante obra teológica, y la desarticulación de las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) en América Latina.[vi]

El pontificado de Juan Pablo II y su “mano derecha”, Joseph Ratzinger, promovieron una restauración conservadora caracterizada, a mi juicio, por un monolitismo eclesial frente al pluralismo en el interior de la Iglesia, entendido como un fenómeno disgregador ante el mundo secularizado. Estas orientaciones de Juan Pablo II le llevaron a entrar en polémica con los teólogos J. Pohier, Edward Schillebeeckx y Hans Küng.[vii] No es extraño que a partir de esa concepción, Juan Pablo II privilegiara a movimientos espiritualistas y la opción preferencial por los ricos, fieles a la jerarquía, plenamente religiosos y trascendentes, sin pretensiones liberadoras sociales. Tal es el caso de movimientos como el Opus Dei, Comunión y Liberación, Legionarios de Cristo, Focolari, comunidades neocatecumentales, entre otros.

El 19 de abril de 2005, con el nuevo Pontífice hay un cierre de las ventanas y puertas total de los planteamientos del concilio para curar a la Iglesia de lo que considera un grave resfrío que la ha dejado enferma. En su visión eurocentrista y pesimista, Benedicto XVI considera a la sociedad en decadencia, enferma de “relativismo”, amenazada por “fundamentalismos religiosos” (cristianos protestantes e islamismo) y mercados desembocados. El nuevo Papa hace una cerrada defensa de la razón e insiste en que vivimos en un momento histórico de incertidumbre, de angustia, de soledad individual que afecta a la verdad y, en particular, a la familia, unidad única e indisoluble.[viii]

Dentro de esta lógica, el actual papado rechaza tajantemente la idea de que la Iglesia y lo religioso desaparezcan del ámbito de lo público y queden relegados a lo privado. Benedicto XVI insiste en restituir la función de fundamento de la cultura europea a la fe cristiana católica, en desmedro de otras tradiciones religiosas como el judaísmo y el islam. Tradiciones que, según Benedicto XVI, representan una variante pre-moderna, donde prima el “fanatismo”, como es el caso de las sociedades donde rige el islam. La única tradición racional, según su punto de vista, es la Iglesia Católica, cuestión que deja entrever que el gobierno de Benedicto XVI es -desde el punto de vista eclesiológico-, sin lugar a dudas, de neocristiandad.

Es notable, por otro lado, constatar, en medio de este proceso, el interés del Papa por volver a la misa en latín, de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano, y de dejar de lado el ecumenismo que se ejerció con fuerza durante el papado de Juan Pablo II.[ix] Estos planteamientos, claro está, pretenden hacer una Iglesia para unos pocos grupos de católicos -tal como se señaló arriba-, como el Opus Dei.[x]

De lo dicho se puede deducir que a este Papa parece importarle poco perder fieles; más bien, le interesa ganar poder institucional, apostando a una recatolización neointegrista que en nada se parece al modelo “Iglesia, Pueblo de Dios” de la década de los sesenta.

En resumen, desde sus tiempos de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger visualiza al Concilio Vaticano II y su proceso de aggiorgamiento como una pérdida de identidad de la Iglesia Católica, en el sentido de que se aleja de la ortodoxia doctrinal católica como la Teología de la Liberación y sus más reconocidos teólogos. En efecto, la crisis de la Iglesia Católica no es otra cosa que el reposicionamiento católico sobre el mundo globalizado reafirmando ciertas certezas que –según Benedicto XVI- se habían perdido precisamente con el Concilio Vaticano II. De manera que para el Papa, como garante de la “verdadera” doctrina católica, no cabría debate interno que cuestione la ortodoxia, ya que estaría impidiendo el reposicionamiento que requiere la Iglesia para los nuevos tiempos. ¿Será este modelo el que quieren los millones de católicos que pretenden un mundo más justo, fraterno y solidario? Quizás una respuesta a esa interrogante sería que los católicos buscaran no sólo fortalecer a la Iglesia como institución, sino que estimular los lazos ecuménicos; las alianzas con los no creyentes y estimular el protagonismo de las clases populares en otros sectores como el político, social, económico y cultural. No hay que olvidar que, durante mucho tiempo, el cristianismo primitivo fue la religión de los esclavos, de los desheredados, de los explotados y de los pobres.


[i] Javier Faci, “Crisis espiritual y reforma eclesiástica (ss.XI-XII)”, en Chris Wickham, Las crisis en la Historia: Sextas jornadas de Estudios Históricos, Editorial Universidad de Salamanca, 1995, p. 21.

[ii] Michel Cool, “El Concilio Vaticano II”, en Le Monde Diplomatique, El catolicismo del siglo XXI: Involución de la Iglesia Católica chilena: de la teología de la liberación al papa Benedicto XVI, Santiago, 2007, pp.39-40.

[iii] Ídem.

[iv] Antes de ser Cardenal Prefecto, Ratzinger fue teólogo profesor de Teología dogmática en la Universidad de Tubinga (1966-1969) y Ratisbona (1969-1977), Obispo de Múnich y Frisinga (1977-1982). Para un estudio detallado del pensamiento de Joseph Ratzinger, véase Fernando Mires, El pensamiento de Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), Editorial LOM, Santiago, 2006.

[v] Ver Abelardo Soneira, “Memoria y religión. La lucha por el control de la tradición religiosa en el catolicismo latinoamericano”, en Fortunato Mallimacci (ed.), Modernidad, religión y memoria, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2008, p. 231. En 1984, el cardenal Ratzinger, a través de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, hizo conocer la instrucción sobre Algunos Aspectos de la Teología de la Liberación, la cual marca una línea divisoria entre la “sana doctrina” y algunos puntos de esa teología, entre los que se encuentran: 1) la fe queda reducida a un humanismo sociológico; 2) El empleo acrítico de la metodología marxista, que no distingue la continuidad entre metodología y filosofía marxista; 3) Identificación del “pobre” con el “proletariado” y; 4) La concepción de “Iglesia popular” como “Iglesia de clase”.

[vi] Lourdes Vásquez; Wolfang Vogt, De Juan Pablo II a Benedicto XVI: el rumbo de la Iglesia Católica en el tercer milenio, Editorial Universidad De Guadalajara, 2006, p.13.

[vii] La polémica con Küng se generó cuando el Vaticano le retiró la licencia para enseñar teología católica, debido a sus críticas a Juan Pablo II y su libro ¿Infalible? Una pregunta, donde cuestiona la infalibilidad papal. Casiano Floristán, El Vaticano II, veinte años después, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1985, p.96.

[viii] Fortunato Mallimacci, “La modernidad católica de Benedicto XVI”, en Le Monde Diplomatique, El Catolicismo del siglo XXI: involución de la Iglesia Católica chilena: de la teología de la liberación al Papa Benedicto XVI, pp.20-21.

[ix] Ibíd., 24.

[x] Para un estudio detallado sobre la relación entre Opus Dei y elite empresarial en Chile, véase Fabián Bustamante, “La formación de una nueva mentalidad religiosa en la elite empresarial durante la dictadura militar, 1974-1990. El catolicismo empresarial del Opus Dei”, en Revista Cultura y Religión, Vol. 4, Núm.1, Universidad Arturo Prat, Iquique, 2010, pp. 105-123. Obtenido desde el sitio web: http://www.revistaculturayreligion.cl/articulos/vol_4_n1/vol_4_n1_2010_7_Fabian_Bustamante.pdf

*La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor/a y no representa necesariamente la posición de la Corporación Chilena de Estudios Históricos.

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3 Comentarios »

  • Sebastián Neut dijo:

    Felicitaciones por el artículo. Muy bien estructurado, con una síntesis interesante y bien redactado. Me pregunto si, a sabiendas del ataque restaurador (léase ideología de cristiandad), y en el contexto actual -esto es a nivel estratégico, no teológico ¿ni ético?, después de todo ni en CV ni DCE se reifica el “sistema social de mercado” (aunque sí el mercado, pero eso es otro cuento), como sí lo hace JPII- las encíclicas sociales de Benedicto XVI abren una brecha para la acción político-social. Lo digo, por ejemplo, en sus denuncias de un “desarrollo tecnológico” y en la idea de “gobernar la globalización”.
    Felicitaciones!

  • Tweets that mention Estudios Históricos » Archivo » La crisis de la Iglesia Católica actual y la vuelta a la ortodoxia católica del pontificado Benedicto XVI -- Topsy.com dijo:

    [...] This post was mentioned on Twitter by Gabriel Cerda. Gabriel Cerda said: La crisis de la Iglesia Católica actual y la vuelta a la ortodoxia católica del pontificado Benedicto XVI: http://t.co/g24DrAx [...]

  • Fabián Bustamante Olguín dijo:

    Sebastián:

    A mi juicio, el mayor problema que ha tenido que enfrentar la Iglesia Católica en la nueva era democrática “globalizadora” es el pluralismo religioso, social y político que ha llevado a un aumento de la liberación política. En ese sentido, las encíclicas de Benedicto XVI no tienen otro objetivo que reposicionar a la Iglesia frente al mundo actual, para que no quedar fuera de los problemas del mundo. Esas encíclicas, en efecto, corresponden a la “estrategia” del Vaticano en su afan de posicionar a la Iglesia en la sociedad. No te olvides que Benedicto XVI continúa rechazando la idea de que la Iglesia y lo religioso ocupen sólo el espacio privado; de hecho, en Ratisbona explicitó la idea de forjar una modernidad católica desde Europa que se oponga a otras racionalidades postmodernas o “relativistas”. Lo anterior nos permite desprenden que las tesis de Benedicto XVI reflejan un marcado eurocentrismo que -por cierto, para los católicos latinoamericanos- se ve reflejado en su desafortunado discurso en su vista a Brasil, en mayo del 2007, en la que negaba la complicidad de la Iglesia Católica con la conquista española y el exterminio de millones de indígenas.
    En suma, considero que las denuncias del Papa no tienen pretensiones de abrir una brecha para la acción político-social. ¡Imagínate que cuando presidió la Congregación de la Doctrina de la Fe condenó a 140 sacerdotes católicos, entre los cuales estaba Leonardo Boff!

    Muchas gracias por tus comentarios.
    Un abrazo grande.

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