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La falsa disputa por la Historia Oficial en Chile

26 marzo 2010 1.578 visitas 7 Comentarios
Por Nicolás Sazo Arratia.

foto: http://www.atinachile.cl/

Érase una vez un momento, un momento en la historia de la Historia Social en Chile. Se cursaba el primer semestre del año 2006, el salón de honor de la Casa Central de la Universidad de Chile era la arena donde un grupo de autoridades, académicos y alumnos se preparaban para asistir a una actividad en homenaje al flamante ganador del Premio Nacional de Historia: Gabriel Salazar Vergara. Noticia impactante y sorpresiva, ya que nunca se esperó, por lo menos en el corto plazo, tal reconocimiento. Desde las tribunas, podía apreciar todo muy bien; las autoridades y profesionales de la Historia en el primer piso y un excitado público estudiantil en el segundo. Antes de comenzar la actividad, se podía sentir en el ambiente cierto aire de triunfalismo y satisfacción en los rostros de los presentes, también de alivio, cada uno se sentía, de alguna forma, “parte de esto”, parte del “triunfo y reconocimiento de la historia del pueblo” contra su gran enemigo, la oficialidad.

La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor”


Comienzan los discursos, cada uno era superado al anterior, en el “lanzamiento de flores” y todo tipo de piropos populistas al galardonado, gente, que se suponía que era importante, trasmitía un gran respeto y admiración  por el trabajo realizado, hasta la emoción; un incomodo homenajeado las recibía con algún tipo de desconfianza, pero con gran cortesía y el público en las graderías inflaba su pecho con efervescencia  por estar siendo testigo de este momento histórico. Hasta aquí, todo perfecto y no se diferenciaba mucho de otros homenajes. Llegó el momento de realizar un debate donde cuatro académicos expondrían sus puntos de vista, en relación a algunos temas relacionados con los estudios de Gabriel Salazar, y comenzó. Todo el mundo esperaba que poco más, se arrodillaran con pleitesía a sus argumentos, pero sucedió todo lo contrario, dichos académicos fueron fieles a sus tesis y realizaron una crítica a los estudios del premiado, con la intención de exponer una nueva alternativa de cómo deberían ser trabajados desde otra óptica, sin ánimos de opacar, sino de complementar, cosa que claramente no se entendió. Dado a esto el público comienza a reaccionar de manera contraria a los exponentes, asustados de que este grupo de “desubicados” empañara tal digna celebración, en esos instantes donde la tribuna se sentía impotente al no poder detener esto, la aristeia política de la Historiografía ocurre ante mis ojos; un profesor, también ofuscado, se levanta de su asiento y pide la palabra y dice algo así: “en vez de estar contentos con este triunfo y felicitar al galardonado, porqué estar criticando su trabajo, este es el momento de poder hacer conocer nuestra Historia, la historia del pueblo, en vez de estar haciendo esto, deberíamos abrir las puertas de esta sala e invitar a toda persona que pase por fuera, que entre y escuche, desde la señora hasta los lustra botas, esta es nuestra oportunidad, aprovechémosla”, después de dejar de emitir alguna otra palabra, el público en la gradería explosionó, ovacionando a este individuo que representaba la misma ofuscación y malestar que sentían en ese momento, este era el momento en el cual, la Historia podría y debería ser cambiada.

Este suceso ocurrió ya hace un tiempo y probablemente nunca pueda olvidar ese momento, no porque me entusiasmara la idea de que la Historia Social fuera reconocida, sino por la sensación que me dejó el ambiente en el cual se desarrolló dicho homenaje. Un sentimiento de triunfo y de revancha contra un sistema que había tratado de deslegitimar, abandonar e ignorar esta “nueva historia”, rupturista de la imagen tradicional de la memoria chilena, contraponiendo la mirada de una parte de la población que jamás fue estudiada, con una decorada y ya establecida oficialidad, llena de símbolos, fechas, virgencitas y feriados.

Pero también existía una angustia paralela, una respuesta que nunca se pudo responder ¿qué hacemos ahora?, ya se había ganado el respeto y el reconocimiento por parte de la oficialidad, pero no se sabía cuál era el paso a seguir; cosa que se respondió y dio alivio a los afligidos participantes con los gritos de este visceral profesor.

Este sentimiento de lucha, es lo que siempre me llamó la atención, esta construcción de un enemigo, en este caso la oficialidad, esa imagen de “nueva alternativa” que traía – o trae – sobre sus hombros y por sobretodo la ambigüedad de su intencionalidad. La Historia Social ¿marca diferencias con la oficialidad? o simplemente ¿es su gemela no reconocida?

Démosle algunas vueltas a las problemáticas surgidas de las intencionalidades. Todo orden y pensamiento nace cobijado principalmente por dos fines: legitimación y secularización; por una parte, cada nacimiento es producto de la intencionalidad de apoyar una idea o de la búsqueda de redes de apoyo para sí. Por otro lado, difícil cuesta creer que toda idea no se pueda ejemplificar y llevar a cabo de manera evidente, quedando en un “limbo intelectual” que no pueda salir del él, sólo autoalimentándose de la petulancia de definiciones inalcanzables a través de una corrupción lingüística  de una élite que escribe desde ella para ella. Ideas que nos rondan como espectros, las cuales creen saber (por lo menos esa es su intención) todo sobre el hombre, de hecho lo escriben para el hombre, pero sin la participación de éste, ni siquiera es consciente de lo que se supone que es, un “despotismo ilustrado del conocimiento”. Pecado original de toda “ciencia” social, manzana de la tentación de la creación de “realidad, es crear para cambiar, apoyar o legitimar algo, para transformarlo en absoluto, el poder del escritor de relatar su verdad, el poder de dar a conocer una verdad, tienta a llevar a un nivel superior, a través de la realización secular de ésta, y así una conformación de ley, una verdad incuestionable reguladora de todo ámbito que logre alcanzar los brazos abiertos y acogedores del dogma. Así, con la tentación de la oficialidad irrefutable que te da la posibilidad de crear, esa creación busca ser realidad, en tanto intersubjetividad; la meta es normar según los parámetros propios establecidos, sin importar lo masivo de la aceptación, aunque lo común sea una evangelización intelectual masiva.

De esta forma el relato sea cual sea éste, es utilizado y realizado con el fin de modificar o conformarse una base de apoyo de una “verdad” utilizada y secularizada para el orden de un sistema creado por el relator para el relator, catapultándolo a un posicionamiento de dueño, creador y ejecutante del nuevo orden, su orden.

Una definición clásica de lo que puede llegar a ser la Historia y su cotidiana utilización, con un panorama similar al plateado, es la de Michel Foucault, quien expone sus argumentos en lucha directa contra estos principios, dando como solución la utilización de una genealogía, la cual busca percibir las singularidades de los sucesos captando las diferentes escenas en los que se jugaron diferentes papeles. A priori bastante similar a lo realizado por la Historia Social, pero con la clara diferencia, de que esta genealogía por definición no busca un fin, un desenlace. Esta no muestra un orden o una continuidad, sino que busca errores, silencios y desviaciones, con la intención de hacer conocer lo no conocido, buscando un principio no para generar una cadena de reacciones, sino para ver que es “lo que se perdió”, ergo, mostrar cómo se construyó, generando destrucción.

Paralelamente, se produce una instancia en la historia, donde se secularizan los intereses y se establecen los sistemas de dominación, provocando una óptica de dominados y dominantes, donde se estructura una relación de obligaciones en todo acto que pareciese ser autónomo – conciencia- . De esta forma, el dominante ejerce control sobre la oficialidad de los sucesos, integrándolos a la “estructura” cooptando su esencia y haciéndola para sí, en sí.

foto: http://desdesarrollodesoftware.blogspot.com

Función de esta cooptación y expropiación de identidad, es la de los historiadores, quienes son los ingenieros de una tradicional sistematización histórica, atrapados por la inamovilidad del pasado y  limitaciones del presente. Una continuidad reactiva ligada a la oficialidad, cientificidad y por ende a la verdad. Pero, para Foucault, también existe otra historia, la historia efectiva, donde muestra al suceso como particular, único y accidental, desligado del tejido entre el presente y el pasado, ajeno a los límites del tradicionalismo, ya que no busca un pasado, por ende no llega a un fin, sino a una serie de procesos entrelazados y posibles, solo condicionado por el punto de referencia del actor.

Considerando lo anterior, se pone en duda las repercusiones del pasado en el presente, en tanto, totalidad; así la Historia se libera de la memoria, y sus inclinaciones, trasladando a ésta, a un terreno más próximo, donde en el presente cada uno busca lo suyo, donde todo se convierte en individual, accidental y particular.

La genealogía y su rescate de lo particular, no sólo muestra lo nunca antes visto, sino también las tácticas utilizadas para silenciar la constitución del saber y los dominios del objeto a encontrar. Todo esto apunta a crear una nueva arista en las relaciones de poder dentro de la Historia, donde el objeto a observar se despoja de su incustionabilidad, pasando a ser objetivo de crítica, tanto en su planteamiento, como en su denominación como “opción”, debido al resurgimiento de los saberes sometidos. Su intencionalidad no es rechazar, oprimir o exterminar al saber en disputa, sino de fomentar la emancipación de estos saberes oprimidos contra los saberes centrales impuestos, hijos de las instituciones y legitimados por un discurso “científico verdadero”. Revelarse contra la única creación positiva –la otra es la negativa: represión- que no solo impone un discurso, sino condena, determina y ejerce poder sobre otro. La genealogía se trasforma en una propuesta de no participación en una jerarquía científica y opresora, dando a saber que la cooptación de un nuevo elemento, sea como complemento, y su utilización por lo establecido, no es la única vía de legitimación del nuevo saber.

Saberes sometidos, dominantes y dominados, oficialidad, legitimación; cada una de estas definiciones se entrelazan y toman coherencia al aterrizarlas dentro de relaciones de poder. Éste según Foucault, ha estado reducido y ligado a la economía y política; no existen diferencias entre las concepciones de poder entre derecha capitalista e izquierda marxista; para ambas el poder es controlado por el dominador, denominándolo, totalitarismo o represión de clase. La institucionalización del poder y su relación guerra/represión marca su conceptualización y por ende sus límites de estudio.

En contraposición afirma, que los mecanismos del poder no son solo regulados por el aparato estatal, sino que también existen estos resultados por sus alrededores. Por ende, toda construcción social e individual tiene que ser analizado como estrategias de poder, sea un discurso o una genealogía. Esto se debe a la incapacidad del individuo de ejercer control sobre éste, sino es producto de las relaciones de poder ejercido sobre su entorno social. A su vez,  el poder no se puede ejerce sin un producto legitimador como un cuerpo, discurso o ciencia, por ello, ve como prioridad estudiar e identificar los medios por los cuales se ejerce ese poder; dentro de los cuales se encuentra la educación. Ésta se cataloga como medio constructor, donde el saber transmitido es conformista, se enseña sólo lo que “sirve”. En esta lógica la Historia toma un papel de tipo de represión, de condenador de la moralidad del saber, moderador del “bien” y el “mal”.

Entendiendo esto, Foucault, plantea su lucha contra el poder. Se identifica que existe un sistema que no deja saber un discurso, o por lo menos lo filtra; un sistema por el cual se hace funcionar el poder, tenemos que entenderlo no como dominio, sino como ejercido por distintos sistemas reguladores que dirigen a cierta dirección. Esta dirección conlleva una lucha, y no el poder en sí, ya que este no es objeto de cambios sino de intercambios, la creación de un frente de batalla hacia la estructura (poder en sí) sólo se basaría en la enajenación de la dominación de éste, y no es su trasformación; el poder se invierte, pero la estructura se mantiene intacta.

El poder no se legitima y sostiene por sí solo, sino que crea cuerpos o dispositivos que pueda controlar y secularizar, pero a su vez esta producción es condicionada por el poder, ya que no se puede poner en marcha sin él. Por una parte crea (discurso, verdad, ciencia) y por otra descansa en ellas.

Esta división es fundamental, ya que esto lleva al estudio/lucha del poder no dentro de su almohada, sino desde los materiales de ella. El principio de la particularidad, el estudio de la fibra.

Como conclusión, la Historia Social vaga de un lugar a otro dentro de las definiciones de Foucault, en una primera instancia se podría dar a conocer a ésta como fiel a los principios de un resurgimiento de los saberes sometidos, la búsqueda de la particularidad, el suceso sobre la estructura, destacando la particularidad e individualidad de este. La oposición  a una oficialidad excluyente, científica, totalitarista y verdadera. La Historia Social era la panacea de la genealogía. Pero sólo profundizar un poco más en los conceptos, hace a esta rama historiográfica como una más dentro de la oficialización. El discurso inicial y el grito del académico, muestra la nula intencionalidad de crear una nueva alternativa, solo resalta y proclama respeto al día donde “se ganó legitimidad”, desde ese día la Historia Social chilena se convirtió en un complemento de la jerarquización científica o con mucho más imaginación podemos decir, que comenzó la lucha por el poder (en tanto jerarquía) y no contra el poder (acción). La búsqueda nunca fue y nunca ha sido la creación de una alternativa o medio de lucha contra los sistemas funcionales del poder, la reconstrucción es para los idealistas; las incorporación y aceptación del oficialismo, abre las puertas de recambio, de la inversión de la Historia, del cambio de mando del poder y su ideología, pero manteniendo y consolidando la estructura intacta que tan bien funcionó en su anterior represión y exclusión.

Una buena maquinaría no se puede desperdiciar, sobretodo si le puedes sacar algún beneficio, el beneficio del triunfalismo y la dominación, el beneficio del oficialismo.


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7 Comentarios »

  • Marcelo Mardones dijo:

    Creo que la idea base del artículo (la disputa entre Historia Social e Historia Oficial) es interesante, pero recomendaría al autor una autocrítica hacia su lenguaje. Como ex alumno de Historia, y justamente del premio nacional aludido en el ensayo, recuerdo uno de los comentarios más comunes respecto a sus clases: ¿Cómo se podía hablar o escribir sobre Historia Social o del Bajo Pueblo, si el lenguaje que se ocupaba era incomprensible para los mismos? Personalmente, consideraba esa opinión algo liviana, puesto que el contexto donde se expresaban tales ideas no era precisamente “popular” (más allá de las pretensiones abajistas de unos cuantos). Sin embargo, la tentación de la palabra barroca no sólo ahuyenta a los sectores menos ligados a la academia, si no también a muchos de los que pasan o han pasado por ella (en mi caso, no pude terminar de leer el artículo por lo mismo: a la mitad ya estaba un poco aburrido). Una vez escuche una crítica mordaz y precisa a la “tentación barroca”: corres el riesgo de adornar mucho para no decir nada.
    Obviamente, esto no excluye meritos para el ensayo: mis felicitaciones al autor por la obstinación de escribir sobre un tema poco discutido en los circulos no ligados a la Historiografía.

  • nicolas gajardo dijo:

    bueno gracias por tu aporte…estos temas de a poco se han ido instalando con más fuerza dentro de las discusiones, primero por reconocernos dentro de un sector, como también el reconocer el tipo de historiografía a la que nos sentimos más conforme o bien la q

  • Ignacio Sarmiento dijo:

    Estimado Nicolás:

    Me quedan varias sensaciones al leer lo que planteas. Para no ser tan latero, me quedo con un puro aspecto, y es la rivalidad que planteas entre la historia social y la “oficialidad”.
    Creo, en lo personal, que tal relación de rivalidad no es tal hoy en dia, sino muy por el contrario. Me atrevería incluso a decir que en el campo historiográfico la oficialidad se encuentra marcada por la historia social como paradigma hegemónico, lo que creo, queda demostrado en la fuerte presencia de esta corriente en algunas de las principales escuelas de historia del país. Junto con esto, actualmente la gran mayoría de publicaciones, editadas claramente por LOM, giran en torno a la historia social salvo algunas contadas excepciones.

    Desde este punto de vista, creo que son los otros paradigmas existentes los que pelean la “oficialidad” a la historia social, valga como ejemplo la historia cultural, intelectual, poscolonial, etc.

    Debemos tener presente además, que la historia social, como paradigma, no representa en la actualidad ninguna ruptura. Con una erupción en los 80, y traida a Chile en los 90 de la mano de diversos historiadores, entre ellos el mismo Salazar, sí lograron generar un quiebre, pero hace 20 años, no hoy.

    En vista de lo anteriormente planteado, considero que sin duda la entrega del premio nacional de historia a Salazar es la cúspide del oficialismo alcanzado. Pero antes que todo este oficialismo debe ser aceptado, y no continuar con el discurso de rebatir a historiadores de la primera mitad del siglo XX o incluso finales del XIX, esa pega ya está más que hecha.

    Para cerrar, creo que debemos aprovechar el contexto en el que nos encontramos para buscar e impregnarnos de múltiples enfoques, teorías, paradigmas, etc., que obitan el planeta. No propongo volver a un dogmatismo hacia las corrientes europeas, eso ya lo hemos hecho mucho tiempo, y lo que es peor, con un desfase temporal enorme (sin ir más lejos Foucault mismo escribió en las décadas de los 70 y 80 y muchos lo consideran como la novedad del milenio, lo que claramente no le quita ni un pelo de lucidez a su trabajo). No propondría ningún lugar en particular para poner el foco de atención, simplemente estar atentos a nivel general. Ahora bien, si en vez de limitarnos a la repetición y recepción de ideas, deporte que se ha vuelto oficial de la academia en general, y pasamos a la producción de ideas propias, mucho mejor.

    Saludos
    Ignacio Sarmiento

  • Leonardo Leòn Solis dijo:

    Estimado Señor Sazo,

    le escribo porque soy aquel profesor que levantó la voz para señalar que el momento de la crítica a Salazar no era el más adecuado, luego de escuchar a Grez, Artaza, Goicovic y Araya. El debate de ellos iba enmarcado por un título: ¿Historia Social, estancamiento o aislamiento? Esta aproximación (tan negativa) había sido hecha mucho antes que Salazar recibiera el Premio Nacional de Historia. Pero el premio cambiaba todo: finalmente Salazar podría ser citado en los textos de estudio sin que se multara a las editoriales. Sus estudiantes podrían citar al profesor cuando hicieran clases sin temor a que los fichara el jefe de la UTP. En esa oportunidad, los estudiantes de la Universidad de Chile me solicitaron que hiciera un discurso de reconocimiento a Gabriel. Lo hice, mostrando diapositivas de todos los historiadores que participaron, desde fines de la década de 1970 ( en Chile y desde el exilio) en la gestación de la así llamada Nueva Historia. Señalé que era un premio para todos ellos, el reconocimento de la sociedad (realizado a través del Estado que entonces era gobernador por la Concertación) del compromiso que ellos y ellas habían contraído con la disciplina y con las luchas por la justicia. Sentí que era la sociedad chilena la que levantaba su pesado muro de silencio para escuchar esas palabras que se fraguaron durante años de oscuridad, de exilio, de silencio y de clandestinidad. Creo que es necesario haber vivido ese proceso para entender la emoción que nos embargó el reconocimiento de la obra de Gabriel y de todos aquellos que habíamos caminado junto a él durante esos años. (Dos veces ya había sido postergado por el premio, pero no nos causaba sorpresa: en 1974 el Estado chileno intentó asesinarlo y nadie estaba allí para defenderlo (o criticarlo)) Gabriel fue mi profesor de Historia en la U. de Chile, luego en Tres Alamos y, después, en el exilio. Tres situaciones muy distintas y opacas por la falta de horizontes, pero muy fuertes al momento de gestar los lazos de amistad que nos unen. Nada se hizo por ser ‘oficiales’ ni por ganar más dinero ni por tener credibilidad, porque no necesitabamos nada de eso donde estabamos: eramos canallas y miserables, anti patriotas o meros vagos que vivían de la Seguridad Social, según nos recordaba cada día la sra. Tatcher (la misma que recibió con abrazos a nuestro carcelero). Cultivamos el saber solamente por vocación y amor a nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros vecinos, que siguen siendo pobres y cuya voz no se escucha. Nos esforzamos por ser historiadores para escribir la historia de mapuches, de mujeres, de niños, de pirquineros, de peones, de todos aquellos que no aparecían en los relatos oficiales. El compromiso se hizó aún más fuerte cuando en las cárceles nos tocó conocer a cientos de héroes anónimos que la historia omite y que eran sujetos extraordinarios y fascinantes. Digo cientos y quizás debiera escribir miles. En suma, todo es un asunto de biografía y de tiempos vividos. De otros tiempos, de sueños y de utopías.
    Cuando leo la biografía del padre de Gabriel, cuando cuento la historia de mi calle, siento que estoy cumpliendo un deber con quienes no tuvieron el privilegio de estudiar y ser, como yo soy ahora, profesores universitarios. No sé cuántos en el futuro podrán serlo sin olvidar sus raíces y sus compromisos. Han sido muchas las modas intelectuales que han pasado por nuestro suelo, pero la historia de los pobres sigue allí: apenas tocada por la pluma del historiador. Se requieren nuevos métodos, nuevos registros, nuevas formas de mirar y, por supuesto, la posibilidad de que dichos esfuerzos sean conocidos por el resto de la sociedad. Escribir por escribir o para que el silencio sepulte las palabras es un ejercicio intelectual apropiado para los ricos; la historia para muchos de nosotros es toda nuestra vida. No es un ejercicio intelectual sino un compromiso total. Por eso que somos porfiados y por eso que hablamos con pasión: porque la vida timorata, simplemente, no tiene lugar en mi mochila. Lo que sucedió con Gabriel fue un paso en ese sentido. Hoy Ud. encuentra la obra de Salazar en todas las vitrinas. Ojalá podamos encontrar sus ideas ( y las de la Nueva Historia) en los textos de estudio y se comience por fin a modificar ese gran relato escrito por la oligarquía del siglo XIX en el cual se describe a los pobres como la ‘canalla’. Cuando eso ocurra, estoy seguro que mis abuelos y bisabuelos y tatarabuelos, lograr´n dormir finalmente en paz. Se habrá acabado el tiempo de la grosería y del insulto gratuito contra mujeres y hombres que hicieron este país, con sus manos, con su sudor, con sus penas y alegrías. Hasta entonces, estimado Nicolas, seguirá siendo necesaria la historia partisana, combativa, ‘maniqueísta’, hasta que en ‘el ancho reino de la amnesia histórica vuelva a reinar la justicia’. No es ni ha sido una cuestión de modas, ni conceptos, ni de categorías, sino de simple sentido común. Es lo que sucede cuando un hijo de obrero aprende a leer y escribir y, en el proceso, no se le olvida que es un hijo de obrero y de una lavandera.

    Muy interesante lo que dice de Foucault. Dan verdadros deseos de leer y conocer a ese historiador inglés.

    Cordialmente,

    Leonardo León.

  • Felipe Lóez Huerta dijo:

    El aporte de Gabriel Salazar sin duda es muy grande para la Historiografía Nacional, puesto que pone de relieve la Historia desde los de abajo y nuevas técnicas y métodos de estudio en la Historia, se agradece que el discurso oficial sea puesto en tela de juicio por esta Historia mas inclusiva.
    Por otro lado, concuerdo mucho contigo, ya que la Historia Social se ha convertido en una especia de “moda” entre los Estudiantes Universitarios de Historia y Profesores Universitarios, cada vez se llena más de “Legion de Doctores” como diría Simon Shamah y esa misma lectura hace que también se esté alejando de la gente, incluso me atrevería a decir que aún sus resultados no son conocidos por el público general y se cae cada vez en una complacencia, que deja de lado temas como la “Historia Regional” de lado y sólo se han preocupado de escribir y golpearse los hombros desde sus puestos.

  • Jorge Iván Vergara dijo:

    Estimado Sr. Sazo,

    lo que dice respecto de la presunta institucionalización de la historia social (aunque, en el caso de Gabriel Salazar y sus compañeros de ruta cabría mejor hablar de “historia popular”) es un sinsentido. Si a una corriente que fue marginada de la corriente principal de la historiografía se le hace un reconocimiento, esto no significa que necesariamente se haya convertido en un nuevo dogma o en la historia oficial, sino, como en este caso, que se ha abierto un espacio dentro del establishment intelectual del país. Y esto es algo positivo. Pretender considerar cualquier reconocimiento a quienes han intentado escribir desde los sujetos habitualmente no considerados por nuestros historiadores: pobres, campesinos, indígenas, etc. como una suerte de traición significaría abdicar desde el comienzo de cualquier posibilidad de cambio o apertura en favor de corrientes alternativas. Todo lo que dice sobre la genealogía de Foucault se contradice con los análisis del mismo Foucault, donde se ven tremendas continuidades en el desarrollo de los mecanismos disciplinarios desde al menos el siglo XVII hasta nuestros días. En vez de repetir cada frase de él como si fuera un credo, y vaya que Foucault se ha convertido en un autor endiosado más que realmente leído críticamente, haría bien en leer los trabajos de Salazar, Pinto, Ortega, León Solís y otros para hacerse una idea de lo que dicen realmente y no criticarlos desde abstracciones vacías. No se trata de renunciar a la teoría, pero para discutir de teoría de la historia, hay que tener conocimiento de la historia, y usted, no cita en su favor ningún autor, hecho, circunstancia o nombre relacionado con la historia de Chile fuera de sus críticas al anónimo profesor que ya le ha respondido. Leonardo ha sido un investigador pionero en muchos temas de historia mapuche e historia social y un maestro para las generaciones más jóvenes que encontramos en él a un formador que nos abrió las puertas al conocimiento y estudio de la historia de Chile y de su pueblo. Ciertamente, usted no tiene la obligación de saber esto, pero se lo menciono porque creo que puede contribuir a cambiar su imagen de él y de quienes han sido sus compañeros de ruta. Lo que es imperdonable es no conocer sus trabajos antes de criticar una corriente histórica tan significativa.

  • Luis Menares dijo:

    La acotación es un poco simple, y quizas irrelevante, pero cuando León hace un comentario sobre Foucault al final de su nota, dice que “Muy interesante lo que dice de Foucault. Dan verdadros deseos de leer y conocer a ese historiador inglés”…Lo de HISTORIADOR INGLES es broma,cierto?…..

    Saludos.

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