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La historia y el historiador en el Medioevo: Geoffrey de Monmouth y su Historia de los Reyes de Britania ¿De una historia universal a una nacional?

17 julio 2011 1.800 visitas Sin Comentarios

Por Sebastián Rico Díaz[1]

           

            El pasado carece de una forma propia de transmitirse al presente. Son los sujetos insertos en las distintas épocas los que generan estas formas de comunicación del conocimiento. En efecto, la historia no es sólo vivida, sino también pensada. Los hombres al mismo tiempo que viven, recuerdan y piensan lo vivido, pasando muchas veces de la memoria a la escritura. En la sociedad moderna, el historiador es el encargado de estudiar la presencia del hombre en las diversas temporalidades de la historia, lo que encierra una proyección social evidente. En el Medioevo, esta figura es quizás menos diferenciable que hoy, al menos para nosotros. A esto se suman los múltiples prejuicios – que en muchos casos perduran hasta hoy- respecto a la época medieval, considerada como una etapa de la historia donde se estancó la producción del conocimiento humano, no siendo sino hasta el “Renacimiento” donde se retomaría este progreso interrumpido. Lo cierto es que la Edad Media nunca estuvo de espaldas al hombre. En esta etapa podemos ver tanto continuidades, cambios y reformulaciones del mundo de la ideas, y en particular en el campo de la historiografía.

            Nuestro objetivo en este trabajo es abordar y analizar la idea de la historia contenida en la Historia de los Reyes de Britania de Geoffrey de Monmouth. Consideramos que esta obra, escrita hacia 1136, habla tanto de un autoreconocimiento como historiador de una figura eminentemente medieval, como de la visión de la historia como disciplina de estudio en la época de la obra. Planteamos que en esta obra podemos ver la continuidad de la conformación y permanencia del ejercicio historiográfico desde los griegos, tradición que nos llega hasta hoy: la necesidad de conocer, comprender y explicar lo sucedido en las diversas temporalidades del tiempo histórico. Es por medio de esta tradición  – la cual nosotros replicamos mediante este trabajo – que podemos ver los cambios y tensiones de las visiones de mundo a través de la historia. En este sentido, nos interesa comprender qué factores explican que la obra de Geoffrey sea considerada entre las historias nacionales de los pueblos medievales del siglo XII, en contraposición a un ideal universal de historia cristiana. Afirmamos que el ejercicio historiográfico realizado por nuestro autor es causa y reflejo de la tendencia de pensamiento que va hacia las comunidades particulares en esta época, fenómeno que podemos evidenciar en el análisis de su idea de la historia.

             En este sentido, será fundamental comprender cuál es el método de Geoffrey al escribir su historia, el diálogo con los autores que lo precedieron, el carácter de sus fuentes intelectuales y las posibles conexiones de su obra con su contexto inmediato. En este último punto, no hay consenso respecto a los posibles propósitos del autor con su obra, en cuanto no está claro si contiene fines políticos o estrictamente moralistas.[2] Al respecto creemos que la evaluación de la obra per se en relación a su contexto de producción, nos puede dar luces respecto a esta interrogante. Consideramos que la obra histórica, al mismo tiempo de hablar de la temporalidad que estudia, también proyecta una visión de su propia época, que es la expresión de la subjetividad del historiador. Por lo mismo, como hemos señalado, será vital centrarnos en el análisis de la historia escrita por Geoffrey mediante el estudio de casos contenidos en su obra.

Geoffrey de Monmouth: ¿un historiador medieval?

            “Cada historia es hija de su tiempo”[3]. Lucien Febvre pronunció esta frase hace casi setenta años y ha sido repetida hasta el cansancio. Sin embargo, no en todas las ocasiones se le ha otorgado la suficiente relevancia a su significado. La historia siempre tendrá impresos rasgos del presente en que fue escrita, puesto que es escrita por individuos. Ante este escenario, la Historia de los reyes de Britania nos puede hablar de una realidad social y cultural más amplia, la misma realidad en que se inscribe y hace que tenga sentido para sus contemporáneos, la realidad medieval del siglo XII. En este sentido, es esta característica de la disciplina histórica, la que nos permite adentrarnos en el pensamiento histórico de una época determinada, en pocas palabras, hacer historia de la historiografía.

            Señalamos que en la época medieval era un poco más difícil diferenciar a la figura del historiador, en relación a nuestros días. Lo anterior también lo podemos apreciar respecto al periodo de Grecia y Roma. Pareciera que nos es más fácil identificar como historiadores a figuras como la de Heródoto “el padre de la historia”, Tucídices o Tácito y para la época medieval escasos nombre se nos vienen a la mente.[4] Un primer paso para averiguar si Geoffrey fue un historiador o no, es saber bajo que cánones lo evaluamos. La mirada a su trabajo debe sustentarse no sólo en que nosotros consideremos que Geoffrey hace historia, sino que debemos tener en cuenta la misma autodefinición del autor respecto a su trabajo, como la posible concepción de la figura del historiador en su época.

            ¿Qué señala Geoffrey al respecto? El autor en el prefacio de su obra nos da ideas interesantes, señalando: “A menudo he pensado en los temas que podrían ser objeto de un libro, y, al decidirme por la historia de los reyes de Britania, me tenía maravillado no encontrar nada – aparte de la mención que de ellos hacen Gildas y Beda en sus luminosos tratados – acerca de los reyes que habían habitado en Britania antes de la encarnación de Cristo…y ello a pesar de que sus hazañas se hicieran dignas de alabanza eterna y fuesen celebradas, de memoria y por escrito, por muchos pueblos diferentes.”[5] En primer lugar se nos habla de una elección temática, la que además es original[6]. En efecto, el propósito de Geoffrey en su Historia de los reyes de Britania es posicionar la historia de los britanos desde el personaje de Bruto en la caída de Troya, hasta el rey Cadvaladro, en siglo VII d.C. Para el autor la historia de los reyes britanos, incluida la figura del rey Arturo, conformaban parte importante de una memoria histórica, al punto de reconocer de que sus hazañas se mantenían vigentes tanto por la tradición oral como por la escrita. El hecho de querer hacer una “historia” y titular su obra con el mismo calificativo, ya habla de un autoreconocimiento de un oficio, el cual se emprende por la importancia atribuida primeramente por su autor.

            ¿Dentro de qué marco podemos entender la figura de Geoffrey como un historiador? En muchas ocasiones al analizar el pasado, sobre todo si este es antiguo o medieval, el uso de conceptos se hace complicado. Hablar de nuestro autor como “historiador” podría ser acusado de anacrónico, quizás por no corresponder cabalmente a la definición del oficio según el uso moderno. Sin embargo, es necesario ponderar el uso de los conceptos para una realidad diferente. Aquí lo necesario es evaluarlo respecto a nuestra figura en cuestión. Geoffrey de Monmouth nació c. 1100 en Monmouth, Gales. De ascendencia británica, no sabemos exactamente si galesa o bretona. Las noticias que tenemos de él, ciertamente pocas, lo sitúan en la ciudad Oxford, como enseñante y canónigo seglar en el colegio de Saint George. Luis Alberto de Cuenca señala que entre 1129 y 1152, se encontró la firma de Geoffrey en seis cedulas distintas relacionadas con fundaciones de instituciones en o cerca de Oxford, ciudad floreciente en el campo de lo cultural hacia el siglo XII.[7]

            Lo relevante para nosotros de esta información, es que en dos de esas cédulas, Geoffrey firma como magister, lo que da cuenta de su condición de docente. En este sentido, podemos ver a nuestro autor como conformante de un mundo intelectual. Es en este contexto que escribió las Profecías de Merlín, la Historia de los reyes de Britania y la Vida de Merlín, que son las tres obras que produjo o que el tiempo permitió que llegaran hasta nosotros. El entender a Geoffrey como un intelectual es importante. Nos acerca a su condición social y a en parte a la realidad desde donde produjo el texto histórico que es objeto de nuestro estudio. Tal como señala María Teresa Fumagalli, el adjetivo “intelectual” era utilizado en tiempos medievales en relación a la denominación de virtud y conocimiento. En este sentido, denotaba a personas que eran consideradas con mayor valor.[8] Dentro de los términos que los hombres medievales utilizaban para referirse a los intelectuales, destaca el de magister, el cual hace referencia a personas que enseñaban después de haber estudiado, poseedores de una cualidad moral elevada y una dignidad indiscutible.[9]

            La condición de estudioso, es una de las claves hermenéuticas que nos permiten conocer otro aspecto que nos acerca a la definición de nuestro autor como historiador medieval. Al hecho del autoreconocimiento de su dedicación a la historia por su elección temática original – la historia de los reyes britanos –, se suma el hecho del diálogo con sus predecesores y su sustento en fuentes. Así, ya podemos vislumbrar el Geoffrey un método que nos es familiar como historiadores, una investigación basada en fuentes interrogadas desde hipótesis, y en dialogo con quienes nos han antecedido en el estudio y la interpretación del tema elegido a investigar. Geoffrey en su Historia de los reyes de Britania hace manifiesto este diálogo con historiadores. Al respecto, el contexto de la fundación de la ciudad de Londres y su historia señala: “De esta disputa ha tratado ya con suficiente amplitud el historiador Gildas, y yo prefiero pasarla por alto, pues desmerecería mi rústica manera de expresarme ante la de un escritor tan grande, que ha narrado la historia en un estilo tan elocuente.”[10] Entonces, aquí vemos un doble ejercicio. El autor se reconoce como historiador en el mismo diálogo con sus compañeros de oficio. Si para nosotros no es tan fácil diferenciar a la figura del historiador, Geoffrey no tiene problema en hacerlo. El uso y la influencia que tiene Gildas con su obra De Excidio Britanniae en la Historia de los reyes de Britania es importante. Además de las declaraciones explícitas que hace Geoffrey respecto a este autor, se suman muchas alusiones a la obra de Gildas sin nombrar a su autor, como también la atribución de pasajes a éste bajo un argumento de autoridad que en realidad son falsos. Neil Wrigth explica que el uso de citas falsas que Geoffrey hizo de la obra de Gildas puede deberse a que este último autor, del siglo VI, no era muy conocido hacia el siglo XII, lo que Geoffrey habría aprovechado en su favor.[11] Lo anterior nos habla en primer lugar de la transmisión y circulación del conocimiento en la época medieval. El que nuestro autor conociera perfectamente una obra del siglo VI, reafirma su condición de magister, intelectual, un profesional de las letras, al mismo tiempo de reflejar la continuidad de las reflexiones con un pasado lejano.

            Para la utilización que hace Geoffrey de las fuentes, la última idea que enunciamos es vital. Ya señalamos en un inicio que en la obra que es objeto de nuestro análisis consideramos que es reflejo de una reflexión continuada del conocimiento humano, por cierto histórico. En este sentido Geoffrey no sólo vuelve con su reflexión hacia el siglo VI, sino que se entronca en la misma tradición grecorromana. Geoffrey fue un gran conocedor de la cultura clásica, lo que aporta sin duda al descredito de la concepción acerca del Medioevo como una época de estancamiento intelectual. De hecho, el perfilar la construcción de una identidad “nacional” o protonacional, requirió de una base solida, para insertar la cultura particular de cada pueblo en la tradición grecorromana y ciertamente también cristiana. El diálogo con fuentes de la tradición grecorromana se hace evidente en la Historia de los reyes de Britania. En efecto, en el contexto del relato de la invasión de Julio Cesar a Britania, Geoffrey destaca el valor de los britanos señalados por los mismos poetas romanos. Así cita la Farsalia de Lucano, sobrino de Séneca, señalando: “Huyo aterrorizado de los Britanos que había intentado someter”[12] Con el mismo objeto Geoffrey también refiere las Sátiras de Juvenal señalando: “Juvenal cuenta en su libro cómo un ciego, que hablaba con Nerón acerca de un rodaballo que había capturado, dijo al emperador: ‘Harás prisionero a algún rey, o Arvirago caerá se su carro britano”[13]. Ciertamente el pasaje destaca al rey britano Arvirago como un rey justo y con fama en la misma Roma, en contraposición a la figura de Nerón. La reflexión de Geoffrey no sólo fue hasta Roma, sino que llegó hasta la misma Troya, buscando el fundador de Britania en la figura de Bruto, nieto de Eneas. Esto resalta la continuidad del conocimiento de la cual venimos hablando.

            El uso de fuentes que hace Geoffrey es mucho más amplio de lo que hemos visto. Aquí entramos a una de las controversias respecto a la obra. Su autor, en el inicio señala lo siguiente: “Walter, archidiácono de Oxford, hombre versado en el arte de la elocuencia y en las historias de otras naciones, me ofreció cierto libro antiquísimo en lengua británica que exponía, sin interrupción y por orden, y en una prosa muy cuidada, los hechos de todos los reyes britanos, desde Bruto, el primero de ellos, hasta Cadvaladro, hijo de Cadvalón. Y de este modo, a petición suya, pese a que nunca había yo cortado antes de ahora floridas palabras en jardincillos ajenos, satisfecho como estoy de mi rústico estilo y de mi propia pluma, me ocupé en trasladar aquel volumen a la lengua latina.”[14] La opinión mayoritaria que los estudiosos tienen respecto a lo que señala Geoffrey, es que el libro de Walter nunca existió. Aunque hay autores que ponen en tela de juicio esta última afirmación.[15] Lo que notamos en la obra es que está constituida por una diversidad de fuentes. La declaración de que hace Geoffrey de que no “había cortado floridas palabras de jardinillos ajenos” no es cierta, tal como ya lo hemos hecho evidente. Pareciera que el adherirse a una fuente única le diera mayor legitimidad, y al mismo tiempo originalidad temática, que posiblemente se vería dañada al reconocer la multitud de influencias de la cual se compone su obra. Estas influencias son claras: A Gildas, Lucano y Juvenal, se suman Beda y Nenio en relación a la conformación de historias de pueblos particulares; respecto de la tradición clásica están presentes Cicerón, Apuleyo, Floro, Orosio, Estancio, y por cierto Virgilio. Además está la deuda con la tradición bíblica, las leyendas autóctonas y el folklore céltico, agregando por último las infinitas posibilidades de comunicaciones orales. Tal como señala Luis Alberto de Cuenca, la Historia de los reyes de Britania es un crisol heterogéneo de fuentes.[16] De esto podemos inferir que Geoffrey inscribe su obra en las grandes tradiciones de su época: la grecorromana y la judeocristiana. Este hecho es en suma importante para conocer qué idea de la historia subyace de su obra.

Hacia una historia nacional: el predominio de lo terrenal en la Historia de los Reyes de Britania

            Junto con ser magister, Geoffrey era clérigo, una condición que se fue transformando en sinónimo de los hombres de letras en cuanto ellos dominaban el mundo de las palabras, dirigiendo en buena medida la discusión cultural de la sociedad medieval hacia esta época. En este contexto, en muchas ocasiones se ha señalado que la historia medieval tiende hacia lo universal. Ciertamente la visión de mundo del Cristianismo contribuyo a esto. La pregunta sobre el origen primero y el destino final era aplicada a toda la humanidad, ejercicio que se transformó en uno de los sustentos de la forma de pensar la historia desde San Agustín. En efecto, la Ciudad de Dios y la Ciudad Terrena apuntaban a una identificación con comunidades universales y no con comunidades ni espacios geográficos determinados. Sin embargo, en la obra de Geoffrey de Monmouth podemos apreciar que ya existe una forma de pensar la historia de manera distinta, forma que por cierto es bastante anterior a nuestro autor.

            Geoffrey se inserta en el desarrollo de una forma de pensamiento que va desde lo universal hacia lo particular. Sin embargo, nada está completamente definido, sino que se encuentra inmerso en las dinámicas de continuidad y cambio. Tal como señala Emilio Mitre, el hombre medieval se fue abriendo de forma progresiva a no recurrir permanentemente a Dios “como hipótesis de trabajo”[17]. En efecto, para Geoffrey ya no es la Providencia quien dirige los sucesos de la historia, sino que son sus mismos personajes ilustres, para él, los reyes de Britania. A través de su historia podemos evidenciar que hay una  progresiva reducción del ámbito de interés del historiador hacia determinados espacios geográficos y políticos, o hacia figuras personalizadas – en este caso resalta de forma eminente en Rey Arturo- que marcarán el camino hacia una conciencia distinta en cuanto al pensamiento de la historia. Creemos que es por la identificación de esta dinámica que la Historia de Geoffrey ha sido considerada dentro del marco de la construcción de las nacionalidades como revisión al paradigma modernista. Sin embargo, como señalamos anteriormente, esta conciencia distinta está inmersa entre cambios y continuidades. Para comprenderlo mejor, veamos una comparación que es indicativa.

            En su Chronicon Eusebio de Cesarea incluye en la narración noticias de griegos, romanos y judíos, entremezclando de este modo la historia profana con la sagrada, y haciendo particular hincapié en los hechos de la historia del cristianismo asociados a una comunidad particular, en cuanto a persecuciones, herejías, concilios, etc.[18] Singularmente, Geoffrey se enmarca en esta misma tradición y ejercicio. Por ejemplo, en los tiempos de Locrino, hijo de Bruto, señala: “En aquel tiempo gobernaba en Judea el profeta Samuel. Silvio Eneas reinaba todavía en Italia, y florecía en Grecia el arte del famoso poeta Homero.”[19] Y más adelante dirá: “En aquel tiempo Isaías y Oseas profetizaban en Israel y Roma era fundada, el día undécimo de las calendas de mayo, por los gemelos Rómulo y Remo.”[20] De esta forma, se inserta a Britania en una tradición más amplia, sin embargo, ya no predomina el universalismo cristiano, sino que el captar cualidades de esta misma tradición llevándolas hacia un territorio y pueblos particulares. Sin embargo, también hay matices de esta idea a lo largo de las páginas de la Historia de los reyes Británicos. En efecto, a partir de la aparición del rey Aurelio Ambrosio, la historia cristiana comienza a hacerse cada vez más protagonista. Aquí ya los enemigos comienzan  a reconocer la preeminencia de Aurelio en los siguientes términos: “Mis dioses han sido derrotados. No dudo ya de que es tu Dios quien ostenta la primacía, pues que ha obligado a tantos nobles a presentarse de esta guisa ante ti”[21]. Sin duda el factor religioso comienza a hacerse más protagonista como forma de explicación de sentido a los hombres. Con respecto al Rey Arturo, esta idea llega a su clímax. Para esto, Geoffrey, en el contexto de la lucha de los bárbaros contra Arturo, pone en boca de Dubricio, arzobispo de la Ciudad de las Legiones, las siguientes palabras que merecen ser referidas in extenso:

“¡Soldados! Ya que habéis recibido de vuestros padres la fe cristiana, recordad en nombre de Dios la lealtad que le debéis a vuestra patria y a vuestros compatriotas que, conducidos al exterminio por la traición de los paganos, constituirán motivo eterno de oprobio para vosotros, si no acudís a defenderlos. Luchad por vuestra patria y aceptad la muerte por ella, si fuese necesario, que en la muerte está la victoria y la liberación del alma. El que muere por sus hermanos se ofrece a Dios como una hostia viva y no duda en seguir a Cristo, que consintió en dar la vida por sus hermanos. Si alguno de vosotros sucumbe en la batalla, su propia muerte le servirá de penitencia y absolución de todos sus pecados, siempre que muera con ese espíritu”[22]

            El llamado que hace Dubricio es conmovedor e impactante, y el primero que responde es Arturo, quien en su escudo tiene pintada una imagen de la madre de Dios, la Virgen María.[23] Lo que más nos llama la atención es el tono y el contenido del llamado del Arzobispo. Sus palabras se asemejan de una forma importante al llamado que hace Urbano II en el Concilio de Clermont a la primera cruzada. Este llamado, hecho en 1095, debe haber estado tremendamente presente en la época de Geoffrey, y sin duda repercutió notablemente en él. El tema es claro. Al punto que Dubricio otorga la promesa del martirio en el siglo VI, hecho que recién había sido expuesto hace pocos años según señalamos. Además, si aceptamos las similitudes entre ambos llamados, encontramos una diferencia que viene a corroborar la idea del cambio de paradigma. En efecto, si Urbano II hace el llamado para defender Jerusalén de infieles que se apropiaron de Tierra Santa, el centro del mundo, el llamado del cual nos habla Geoffrey es distinto. En él podemos ver que se encuentran los mismos motivos de la introducción de los paganos en tierras cristianas, pero estas ya no son las de la tierra prometida, sino las de la patria propia. En este sentido, vemos claramente como la idea de historia de asocia cada vez más hacia un territorio en particular, que puede tener características de esta idea universal, pero utilizadas para un fin distinto. El factor religioso de igual forma se hace patente al final de la obra. El proceder impío, caracterizado por las constantes guerras intestinas de los ingleses, llega a su punto máximo con Cadvaladro. En este punto, Geoffrey muestra la decadencia de los britanos comparándolos con unos nuevos judíos, que eran dispersados entre las naciones. En este punto un ángel deja oír su voz al rey y le señala que Dios quería que los britanos no reinasen más en la isla, hasta que llegase el momento que Merlín le había profetizado a Arturo, señalándole además que los Britanos, como recompensa a su fe, obtendrían la isla en el futuro.[24] La Providencia sigue presente, pero ya no como único factor del devenir humano, en este caso de la historia de los britanos.

            Las dimensiones de la identidad se encuentran en mutación. Y tal como dijimos, el ejercicio que realiza Geoffrey no es nuevo. Ya Beda recibe por un lado una tradición dualista y apocalíptica, y por la otra se puede incluir en la tradición de Eusebio de Cesarea, continuada más tarde por Gregorio de Tours: la búsqueda de una síntesis entre historia eclesiástica e historia nacional. El resultado sería su historia eclesiástica del pueblo inglés. Y en buena medida la obra de Beda sería la réplica frente a la bretona del monje Gildas De exidio Britanniae, la cual es un bosquejo de historia nacional británica a la par de una diatriba contra los invasores anglos, jutos y sajones, que tuvo gran influencia en Geoffrey tal como hemos visto.[25]

            La Historia de los Reyes de Britania tuvo una gran difusión e influencia. Cerca de doscientos manuscritos se han conservado de la obra, además de versiones galesas del original latino, sumado a la difusión por la misma tradición oral. ¿Por qué tuvo tanto éxito la historia de Geoffrey? ¿Este éxito tiene que ver con algún propósito explícito de su autor? La obra de Geoffrey, un britano, tuvo un gran éxito en una Inglaterra conquistada por los normandos. Una posible  explicación es porque a pesar de la conquista llevada a cabo por Guillermo el Conquistador, los conquistados absorbieron culturalmente a los conquistadores. En relación a esto Adrian Hastings plantea que ya con Enrique II, puede apreciarse una identidad inglesa unida al territorio, como la más noble de las islas, incorporando y reafirmando un sentimiento de pertenencia que va desde los romanos a los normandos, proceso del cual forma parte la obra de Geoffrey de Monmouth.            [26]

            En el camino escogido por nuestro autor, lo principal es engrandecer las hazañas de los Reyes de Britania. Y esto es claro, pues a pesar de haber entroncado su pasado con la tradición troyana por medio de la figura de Bruto, esta influencia está sólo en un principio, de ahí en adelante quienes destacan son los britanos por sí mismos. Geoffrey destaca el valor de los Britanos, y esto lo podemos apreciar en varios ámbitos. Una idea importante es la comparación constante que se hace con la historia y las figuras romanas. En este sentido, hay una dinámica de enfrentamiento e intercambio entre los dos pueblos. Britania se constituye a la par, e incluso de forma anterior a Roma, es esto lo que para Geoffrey explica la capacidad de los britanos de contener y derrotar dos veces a Julio Cesar, señalando lo siguiente: “¡Oh admirable linaje de los Britanos, que por dos veces puso en fuga el hombre que había sometido todo el orbe! Incluso ahora, obligados a huir, son capaces de resistir al general a quien el mundo entero no se atreve a oponerse, dispuestos a morir por su patria y su libertad.”[27] Tal como hemos visto, aparece como un tema recurrente en Geoffrey la alusión a la patria. Ciertamente la geografía para los ingleses ha sido muy importante, puesto que su condición de isla sin duda les ha ayudado a configurar un sentido de pertenencia más delimitado y ciertamente más resguardado, por lo complejo de las expediciones por mar

            La comparación va más allá, los britanos no sólo resisten, sino que emprenden la conquista sobre los mismos romanos. De hecho, en los tiempos de Majencio en Roma, son los mismos romanos los que le piden lo siguiente al rey Britano: “¿Hasta cuándo soportarás, oh Constantino, nuestra desgracia y nuestro destierro?…Tú eres el único de nuestra raza que eres capaz de expulsar a Majencio y de restituirnos lo que hemos perdido. ¿Qué príncipe, en efecto, puede compararse con el rey de Britania, ya sea en lo que atañe a la fuerza de sus vigorosos guerreros, ya en la abundancia de oro y plata?”[28] Así, Constantino marchó contra Roma y se convirtió en soberano romano. Los britanos aportan así al desarrollo de la misma Roma y los romanos, destacando su mayor virtud.

A manera de conclusión

            Bajo todo lo anterior creemos que sin duda podemos cuestionar las ideas que ven a la época medieval como una era oscura en cuanto al conocimiento historiográfico. En efecto, en la época medieval se popularizó el entendimiento del término teología como doctrina sagrada. Basándose en esto, se ha dicho que el pensamiento histórico medieval no fue más que una doctrina de la historia basada en la revelación y la fe, argumento por el cual se ha criticado la solidez científica de la producción histórica medieval.

            En la Historia de los reyes de Britania de Geoffrey de Monmouth hemos apreciado que esto es relativo. La idea de la historia que subyace de esta obra, habla de la continuidad de un ejercicio de diálogo con los productores de conocimiento del pasado, ya sea este grecorromano como cristiano. El rol de la Providencia como forma de explicar la historia se fue relativizando cada vez más. Ya no era un factor que daba una completa explicación a las actividades del hombre en la historia, sino que aunque se encontraba presente, fueron otros factores los que comenzaron a predominar. La visión de la historia se encontraba en mutación. Aunque la historia del Cristianismo está fuertemente presente en la obra de Geoffrey, ya no lo es en relación a una comunidad universal, sino a un pueblo específico, asociado a un territorio con límites determinados. Son las hazañas y peripecias de los reyes de Britania, y de sus habitantes que luchan junto a sus reyes por su patria, a la que ahora se enfoca la forma de hacer historia del siglo XII. Entre una historia profana y una sagrada, la forma en que produjo su historia Geoffrey se asemeja mucho más a la nuestra de lo que podría pensarse inicialmente. Su diálogo con historiadores y su utilización de las fuentes, nos hablan de la base que constituye un oficio, y de que mientras se encuentre presente, podremos acercarnos a la forma en que se conforma el pensamiento histórico independientemente a la época que este pertenezca.


[1] Miembro de la CCEHS, Cursa el Programa de Magíster en Historia UC. Becario Conicyt. Este trabajo es producto del curso “Historia de la historiografía I” impartido por el profesor Nicolás Cruz en el Programa de Magíster en Historia UC

[2] María Ossandón Widow, La figura del rey en la historia Regum Britanniae de Geoffrey de Monmouth, Santiago, Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia UC, 1995, pp. 17-18.

[3] Lucien Febvre, Le problème de l’incroyance au XVI siècle, Paris, 1942, p. 2.

[4] Creemos que la preeminencia, al menos en la memoria, de los historiadores grecorromanos  se puede explicar en parte por la preeminencia de estas figuras en los sistemas educacionales escolares y universitarios. De igual forma la predilección temática habla del peso de los orígenes en la constitución de una disciplina, en este caso la histórica.

[5] Geoffrey de Monmouth, Historia de los reyes de Britania, Luis Alberto de Cuenca (editor), Madrid, Siruela, 1985, p. 1.

[6] Respecto a esta idea de originalidad temática Geoffrey más adelante en su obra señala: “Al dar cuenta de aquello de lo que otros han tratado ya, me alejaría de mi propósito”. Ibíd., p. 44.

[7] Ibíd., p. XI.

[8] M. Fumagalli Beonio Brocchieri, “El Intelectual”, en Jacques Le Goff, El hombre medieval, Madrid, Alianza Editorial, 1991, p. 194.

[9] Ibídem

[10] G. de Monmouth, Op. Cit., p. 23.

[11] Neil Wright, “Geoffrey of Monmouth and Gildas”, citado en M. Ossandón Widow, Op. Cit., p. 102.

[12] G. de Monmouth, Op. Cit., p. 62.

[13] Ibíd., p.  67.

[14] Ibíd, p. 1.

[15] Geoffrey Ashe, “A Certain very ancient book”: Traces of an Arthurian Source in Geoffrey of Monmouth’s History, Speculum, vol 56, n° 2 (Apr. 1981) pp. 302-305.

[16] G. de Monmouth, Op. Cit., p. XIII.

[17] Emilio Mitre, Historiografía y mentalidades históricas en la Europa Medieval, Madrid, Editorial de la Universidad de Complutense, 1982, p. 16.

[18] Ibíd., p. 59.

[19] G. de Monmouth, Op. Cit., p. 25.

[20] Ibíd., p. 35.

[21] Ibíd., p. 129.

[22] Ibíd., pp. 149-150.

[23] Ibíd., p. 150.

[24] Ibíd., p. 208.

[25] Emilio Mitre, Op. Cit., pp. 62-63.

[26] Adrian Hastings, La construcción de las nacionalidades. Etnicidad, religión y nacionalismo, Madrid, Cambrigde University Press, 2000, p. 63.

[27] G. de Monmouth, Op. Cit., p. 62.

[28] Ibíd., p. 76.

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