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La Primavera de Chile: el retorno de Perséfone

10 noviembre 2011 972 visitas Sin Comentarios

Por Francisco Díaz González, estudiante de Licenciatura en Historia, Universidad de Chile

Como cada año, el otoño tenía tomado el paisaje de Chile para cuando comenzaron las primeras movilizaciones en apoyo a las demandas estudiantiles. El llamado a rebato en defensa de la educación pública, alertó a la ciudadanía entera, y grandes marchas recorrieron y se apropiaron de los espacios que hace mucho debieron haberse entregado no tanto al transeúnte como al vecino habitante de la ciudad. La convocatoria alcanzada en la marcha del 30 de junio —de más de cuatrocientas mil personas en todo el país— recordó la masiva participación política a finales de la década de los 80’, época en la que el voto ciudadano decidió a través de un plebiscito el fin de la dictadura de Pinochet.

La realidad educacional de Chile está expresada en la crudeza de contar con uno de los sistemas educacionales más privatizados y segmentados del mundo. La educación primaria y secundaria, sometiendo su provisión educacional a la capacidad de pago del estudiante y su familia, se divide en tres tipos de establecimientos: particular pagado, particular subvencionado por el Estado y público gratuito (liceo). De ese modo, el hecho de que la calidad de la educación recibida por el estudiante sea directamente proporcional a la cantidad de sus recursos, produce como obvia consecuencia una abismante segregación socioeducativa que no hace sino reproducir las clases sociales sobre la que está estructurada: ricos estudian con ricos, clase media con clase media, y pobres con pobres. La educación de nivel superior, por su parte, se divide en dos. Por un lado, la técnico-profesional, que solo la proveen institutos privados, de alto costo, y con posibilidad de lucrar por servicios en su mayoría de calidad no acreditada. Y por el otro, la profesional que es provista por universidades privadas, de altísimo costo, prohibidas de lucrar pero en los hechos permitido; y por universidades públicas, algo menos costosas que las anteriores, pero financiadas casi por completo por el estudiante y su familia, y en un porcentaje mínimo (12,5%)[1] por el Estado. En tal inaudito panorama, una de las más graves situaciones denunciadas por estudiantes es el endeudamiento en que han caído por el altísimo costo de sus estudios, en pos de optar por una educación (un poco) mejor. Con el fin de evitarlo se ha hecho común en las familias la improvisación en malabarismos económicos para lograr no declarar a fin de mes la rendición absoluta en la batalla contra el costo doméstico de vivir.

 Hoy la principal demanda radica en la posibilidad de que los estudiantes de Chile puedan recibir una educación gratuita y de calidad en todos sus niveles. Pero el Gobierno, que declara regresiva la gratuidad de la educación, ha justificado incluso el fin de lucro en aquellos establecimientos educacionales privados que reciben fondos fiscales  aún cuando no entreguen una educación de calidad. Consagrar la libertad de enseñanza en base a la competencia de la ‘oferta’ educacional y mejorar la calidad de sus ‘servicios’, es lo único relevante, pues el lucro, la selección y la segregación no creen constituya un problema real, y si así lo creyeran, lo han vuelto irrelevante. Y desde esta visión economicista ha entregado una y otra vez sus propuestas a los estudiantes, quienes con habilidad han demostrado saber desocultar un discurso ideológico disfrazado de técnico y ‘experto’. Ante la mirada taciturna del Congreso, entonces se ha comenzado a poner en duda el modelo político entero, en tanto fundamento de un modelo educacional que ha demostrado con el tiempo ser un ejemplar fracaso de políticas neoliberales, y que no está en la voluntad de las autoridades cambiar.

La decadencia imputada a la educación chilena, es la misma que afecta a los fundamentos democráticos del sistema político que por años la ha legitimado. La pregunta sobre cómo debemos educar a nuestros hijos, ha mutado a una que reclama respuestas sobre cómo debemos gobernarnos. El Gobierno y los estudiantes se imputan mutua intransigencia por no ceder ante la postura contraria. Sin embargo, la derecha gobernante sigue llamando a que los estudiantes acepten las tantas veces remozadas propuestas como respuesta a sus demandas, pero sin caer en cuenta que lo que su discurso no les permite entender es que los tiempos están cambiando. Por eso sólo han ofrecido ‘mejoras’, inyección compulsiva y no detallada de recursos fiscales, más becas, disminución de la tasa de interés de usureros créditos para estudiar, entre otras minucias. Por el contrario, las demandas de los estudiantes, sustentadas sobre la real posibilidad económica de ser materializadas en base a una reforma tributaria y la nacionalización de recursos naturales, han apuntado a una restructuración completa, apelando a un proyecto de educación de país sustentable en el tiempo y basado en valores fundamentalmente ciudadanos. A pesar de ser acusados de ‘sobreideologizados’ y ‘politizados’, demandas como la gratuidad de la educación cuentan con el respaldo no sólo de la mayoría del país (67%), según rezan las encuestas, sino también con el de la opinión experta de los países desarrollados agrupados en la OCDE[2]. De ahí que la implacable postura del Gobierno, que hoy sufre los resultados de encuestas que expresan porcentajes de una aprobación ciudadana mínima (28%) y una alta desaprobación de su gestión (64%) [3], ha abierto la posibilidad de llamar a un plebiscito como instrumento para resolver el actual conflicto político, y evitar así el riesgo de perder el año académico después de tantos meses de educación paralizada.

Con el poder del Estado, las empresas y los medios de comunicación de su lado, el Gobierno de derecha mediante un discurso que subestima la inteligencia de cualquiera, hace evidente su posición defensora de un modelo educacional chileno que se sabe tiende a la segregación social, a la desigualdad económica y cultural, y, en definitiva, a la conservación del privilegio de una minoría en contra del bienestar general del país. Pero como el cinismo aún no está de moda, sus discursos siguen ocultando la reproducción de graves contradicciones sociales que están en la base de los conflictos actuales, desde la pésima educación recibida por los niños hasta la supuesta fiesta de delincuentes en las calles. Esfuércese señor poblador, luche señor trabajador, endéudese señor estudiante, ya le va a tocar, si así lo amerita. El pueblo chileno no está tan cansado de trabajar como de seguir soportando la resignación de una derrota que les han dicho es connatural a su condición y que se ha manifestado en el hecho de que existan dos países completamente distintos: uno para pobres, de liceos, hospitales y poblaciones; y otro para ricos, de colegios, clínicas y barrios. Y la historia sobre el origen en Chile de esta realidad, de su discurso y del aparataje institucional que legitima la educación ya no como un bien público sino como un bien de consumo entregado a una lógica de mercado, es más o menos conocida. Corrían años de polarización mundial, y en la víspera de los primaverales días de septiembre del año 1973, el General Augusto Pinochet asestó, en nombre del pueblo, un golpe de Estado contra el gobierno del ex Presidente Salvador Allende, democráticamente electo. Los meses que todos suponían serían de volantines y brote floral, fue un invierno que duró casi dos décadas. Durante este largo tiempo, bajo el silencio de la tortura, la muerte y el olvido, se sentaron las bases para hacer de Chile el país que hoy conocemos, uno profundamente neoliberalizado y, por tanto, desigual. Su manifestación institucional fundamental entonces fue la dictación de la Constitución Política de Chile el año 80’ (DL 3464), hoy casi completa en vigencia, y para el caso en particular de la educación, la dictación en 1990 de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE).

Debió pasar el tiempo que tardaron en crecer los estudiantes que hoy nos enseñan de esperanza, para que el año 2006 se desatara a nivel nacional la llamada ‘revolución pingüina’, en la que estudiantes secundarios, principalmente, se tomaron sus establecimientos educacionales y marcharon para derogar la LOCE. Se denunciaban los resultados de un panorama institucional que estableciendo un carácter mixto de educación entre establecimientos públicos y privados, debilitó a los primeros, y dio una excesiva preferencia a estos últimos. Naturalmente, con el tiempo Chile pasó a estar constituido por tantas sociedades como tipos de educación existían. El entonces gobierno de Bachelet ante la intensidad de las protestas, resolvió el conflicto conformando una ‘mesa de trabajo’ que tuvo por resultado la aprobación en el parlamento, consenso mediante, de la Ley General de Educación (LGE), que suponiendo la ‘superación’ de la institucionalidad anterior, terminó por mantenerla. Siguen entonces avergonzando los artículos de una ley que permite que establecimientos educacionales particulares puedan perseguir (todavía) fin de lucro en sus actividades, y que garantizan a los mismos la selección (a nivel secundario) de sus estudiantes según criterios económicos, cognitivos e ideológicos. Es decir que la supuesta libertad de elección de los estudiantes y sus familias de elegir dónde estudiar, es en realidad la libertad de elección de los establecimientos privados de elegir qué niños pueden ahí estudiar.

Hoy, cinco años después de esta última gran movilización, estudiantes de todos los niveles siguen concientes de la presencia maquillada de la institucionalidad pinochetista, y han salido a la calle nuevamente para gritar que la educación chilena sigue vendiéndose, y que exige ser defendida como un derecho, como un bien público que no puede estar supeditado a la capacidad de pago del ‘usuario’. Esta absurda realidad confirma que las leyes cuando no son escritas para la ciudadanía, se vuelven con el tiempo en contra del pueblo. Por eso hoy se escuchan en las calles gritos que consignan que por fin caiga la educación de Pinochet, porque el poder de la historia estremece la memoria herida que no hace sino exigir explicaciones. ¿Cuánto tiempo más tendrá que pasar antes que nos riamos del trágico sonido que pronuncia el nombre de quien muriera más rico y perseguido por la justicia que acompañado por el pueblo? El que rapta lo que por amor se conquista, está condenado a vivir sólo con los que le compadecen.

Por eso el cautivante mito griego del rapto de Perséfone, que explicó a los antiguos la sucesión de las estaciones del año y el arribo de la primavera, parece tan atingente para ilustrar el momento en el que nos encontramos. El mito cuenta que Perséfone, una joven doncella, recogía flores junto a sus pares en los campos de Enna. Alejándose hacia el bosque, y sin que pudiera preverlo, la tierra de pronto se abrió, y desde una hendidura emergió en su carro sombrío, Hades, el dios de los muertos. Con el vivo deseo de tomar por consorte a una mujer de la tierra, raptó a Perséfone y la hizo descender al tenebroso mundo subterráneo donde la convirtió en la reina del Inframundo. En tierra, su madre, Deméter, diosa de la vida y la fertilidad, cubierta bajo un negro manto de luto, la buscó incansablemente día y noche, por tierra y mar, sin lograr nunca dar con ella. Una vez enterada del rapto, colérica e impotente por no haber estado a su lado para ayudarle, volvió infértil los campos, y durante largo tiempo no hubo semilla que pudiera germinar: era el invierno. La rabiosa tristeza de Deméter no pudo producir sino la infertilidad en la vida del hombre. Los bueyes labradores nada podían con los surcos de una tierra muerta, y el hombre sintió lo que Deméter lloraba. Entonces condenados los hombres al invierno, a la hambruna, y privados el resto de los dioses de sus sacrificios, Zeus pidió a Hades devolver a Perséfone a su madre Deméter. Pero antes que Hades aceptara la liberación, y para evitar no volverla a ver, convenció a Perséfone a que comiera los granos de una granada, condenándola así a que una vez en tierra estuviera obligada a retornar a los abismos del Inframundo durante la tercera parte de cada año, provocando en la tierra durante esos meses el invierno. Pese a todo, la alegría de su madre al tenerla de vuelta entre sus brazos produjo la primavera, haciendo que los campos germinaran y los anchos valles volvieran a estar coloridos en frutos y flores. Pero cuando Perséfone se veía obligada a descender por un tiempo al Inframundo, Deméter desconsolada volvía de nuevo los campos infértiles, y daba fin al periodo primaveral.

La ciudadanía animada por la fuerza primaveral de los jóvenes, la misma que tanto cautivó a Hades de Perséfone, entonces parece ya no confiar en la llamada ‘clase política’, ni en la labor parlamentaria de sus representantes, que se han convencido de la perpetuidad del invierno en la tierra. Pues lo que hoy abiertamente no está dispuesta a aceptar la derecha gobernante, tampoco lo pudo modificar la Concertación durante 20 años de gobierno. Con o sin culpa, y traicionando su tradición de izquierda, se dedicaron, por un lado, a administrar el modelo económico neoliberal que le legaran Pinochet, Milton Friedman y compañía, y por el otro, a modificar tangencialmente el modelo político pseudo democrático heredado por Jaime Guzmán y la derecha. Las expresiones ciudadanas en contra de los actuales partidos políticos también son claras. Se les ve como simples negociadores de sus intereses particulares y no como defensores de los intereses del país, que es lo que supone le da sentido a que nos rijamos por instituciones democráticas. Si es cierto que las democracias son las que nos permiten hacer más probable la satisfacción de los intereses de la mayoría de los ciudadanos, el caso chileno se ha caracterizado por haber permitido hacerla casi imposible.

Pero los 200 años de institucionalidad política republicana no están en peligro como sí lo está la institucionalidad política legada por la dictadura. De ahí que sea la derecha chilena hoy en democracia, quien recordemos fue la fiel mano política de la dictadura militar, la que está viendo en peligro su heredada posición privilegiada en el sistema político actual. Como hiciera Hades con Perséfone al convencerla a comer de la granada, se ha hecho lo mismo con la Constitución del 80’ que todavía hoy obliga a nuestros hijos a descender al fuego de hace décadas que fue el de sus padres, y a permanecer hoy en un invierno no elegido. El sistema de elección binominal, los quórum contra mayoritarios para la aprobación de leyes y la existencia de un tribunal constitucional, son tres de los enclaves autoritarios que suponen, por un lado, la incapacidad institucional de permitir la representación real y proporcional en el parlamento de todos los sectores políticos de la sociedad, y, por el otro, la posibilidad de veto que tiene una minoría, la derecha y los desconocidos abogados guardianes de la Constitución, sobre la mayoría en el parlamento. Que hoy el pueblo deba convivir con estas disposiciones, es un forma de atraparle en el origen de una sociedad que nunca eligió constituir, de detenerle en el pasado para recordarle la exigencia de su mera obediencia, de retirarle a los cuarteles de invierno por haber comido de ese maldito fruto constitucional. Entonces nuestra vigente Constitución, de ser entendida como una genuina declaración política que nos constituye como comunidad, no sólo favorece el consenso, sino que hace imposible que pueda desplegarse radical y virtuosamente la lógica democrática y ciudadana en el parlamento. Porque lo que supone la democracia es la lucha política por el poder entre distintos actores políticos que se reconocen recíprocamente como iguales, habitantes de un mismo país y herederos de una historia común. Por eso la lucha política se fundamenta en la pretensión de representar auténticamente los intereses del pueblo y de su bien. Pero hasta ahora todo ha ocurrido como si nadie creyera en esto, como si la única posición no ingenua fuera la que sostiene una visión instrumental de nuestras instituciones democráticas, como plataforma negociadora para hacer posible el consagrado goce de hacer prevalecer, sea como sea, el interés económico particular.

De ahí que el curso seguido por el conflicto estudiantil librado hace más de seis meses, parece haber desembocado en un momento decisivo para el futuro político del país. Lo que hoy está en juego no es sólo la reivindicación de demandas sobre la educación, sino la posibilidad de una primavera política, del reencuentro de la ciudadanía con lo político, del reencuentro de Deméter con Perséfone. Una primavera política a diferencia de una natural, no sabemos que ha llegado sino cuando ha llegado. La primavera natural cada año se manifiesta en la fertilidad de los campos, en la posición de la tierra respecto a su eje y al sol, y para anunciarle el hombre de antaño tuvo que dirigir al mismo tiempo la mirada al cielo y a la tierra. La primavera política, en cambio, se manifiesta cuando el pueblo habla por sí mismo, porque parece no estar hablando por él sus representantes; o sea, se revela en la posición del ciudadano respecto a sus instituciones. Para anunciar tal distancia el ciudadano debe dirigir al mismo tiempo la mirada tanto a su pasado como a sus hijos. De ahí que cuando se pierde en el tiempo el sentido de las instituciones, está todo dado para que las comunidades sean cubiertas por el invierno de la violencia de una dictadura, de la codicia de una minoría dominante, de la borrachera de intelectuales confundidos. Por eso tanto la ausencia de instituciones como la existencia de instituciones no democráticas devienen lo mismo, en arbitrariedad. Y eso es precisamente el invierno: el llanto de Deméter por el amor raptado de su hija, cuando se vuelve también el llanto nuestro. Por fortuna el ciudadano puede volverse pueblo nuevamente, pura decisión política, y decidir sin mediación alguna su nueva constitución. En ese instante, la decisión refundacional durará el tiempo que los ciudadanos sepan conservar a través de sus instituciones esa decisión de libre reconocimiento político. Sólo la primavera aguanta tanta libertad, y aunque sólo sabemos que ha arribado, la duración de sus frutos hoy depende de la unión de los que marchan. Por eso el reencuentro entre Deméter y Perséfone, vivo en amor, nos ayuda a comprender hoy la razón por la que padres e hijos se encuentran en las calles, y por qué deben seguir de la mano e impedir un rapto futuro.

Los chilenos hace algunos días supieron que por sus tierras llegó el equinoccio primaveral, sin embargo aún no saben a cuántos más están de la llegada de su equinoccio político. Sabemos sí que llevamos casi siete meses de florecimiento. En cada marcha, en cada protesta, en cada manifestación política, los ciudadanos, niños, jóvenes y adultos, se han vuelto a ver las caras para reencontrarse como hiciera Deméter con Perséfone. De un encuentro como ese, los que se vuelven a ver sólo son capaces de reconocer que hasta ese momento no habían logrado en realidad encontrarse a sí mismos. Al llamado de marchar junto al otro, por amplias avenidas, por estrechas calles, bajo amenaza de tóxicas humaredas y represión material, nace el llamado de abrir nuevas Alamedas. Hoy comenzaron a transitar por ellas los tantos endeudados por dos o tres veces el costo de una educación inmerecida, para sumarse luego con ellos los tantos decepcionados de una vida que realmente no pudieron sino asumir. Esa vida es la misma de los que aun pese a mucho esforzarse no obtuvieron los frutos que merecían, pues trabajaban tierra como la que por indecible dolor Deméter condenó a la infertilidad. Un país que pretende justicia como el nuestro no puede justificar su corrección institucional en base a excepciones. Si para una gran mayoría la costosa siembra de sus expectativas de realización personal resulta pura frustración, entonces estamos ante el peor de los mundos posibles. No reconocer que es el juego el que está concientemente cargado para un lado, y sólo reconocer en el astuto talento de los jugadores la justicia de la victoria, es el discurso que nos gobierna desde el golpe de Estado de Pinochet. Su legado aún se nos hace presente, y nos recuerda el violento momento en el que, hablando a nombre del pueblo, raptó a nuestros hijos para condenarlos a un invierno institucional que decía ser eterno sin serlo.

Para poder entender el sentido de los acontecimientos políticos vividos en Chile, sólo debemos mirar a nuestros hijos, a nuestros niños, ellos nos dirán. Porque ellos son la promesa, en ellos todo tiene sentido. Porque es la infancia el período más revolucionario del hombre, pues aún está en libertad de devenir en cualquiera de las posibilidades disponibles. Por eso luchamos por la educación de nuestros niños. Por eso Deméter nunca cesó de encontrar a su hija, porque estamos dispuestos a perder la vida por ellos, porque amamos su libertad. El rapto simboliza pura violencia, la pérdida de golpe de su inocencia. Para recuperarla es preciso que sea la comunidad la que vea en ese niño al hijo propio. Pues tal como todos los hombres estuvieron sometidos al invierno mientras Deméter no pudo abrazar a su hija raptada, todos estaremos condenados al invierno mientras exista un niño al que no podamos entregarle el amor que merece. La dolorosa muerte de Manuel Gutiérrez, y la represión que hemos vivido como la de la jornada del 4 de agosto en que se violaron los derechos y libertades de los estudiantes, representan a una sociedad enferma por el invierno. Por eso está contenido en el reflejo de los ojos de nuestros niños el futuro sano de nuestra comunidad, porque en su reflejo estamos nosotros también, su presente enfermo. El hombre ajeno de sí mismo y resignado a las leyes e instituciones que lo rigen en la injusticia, es un hombre que se rindió a creer que el invierno nunca tendrá fin, o peor aún: se convenció de que es el invierno, es decir la flagrante desigualdad, el estado natural de las cosas. El pueblo chileno estuvo raptado todo este tiempo, sus habitantes envejecieron esperando la cosecha, y se escondieron en sus casas con frutos ajenos. Por eso no podemos estar ausentes para cuando debamos luchar contra un rapto futuro. Y sólo hoy gracias a los estudiantes, a las nuevas generaciones carentes de miedo y abundantes en vida, el invierno parece estar en retirada. Perséfone está de vuelta. Los jóvenes de Chile la trajeron de vuelta desde los tenebrosos abismos. Y el infinito amor de los padres chilenos que hacen vibrar la cacerola por sus hijos, será el mismo que ajusticie a los que violentamente raptaron la primavera de Chile. Perséfone, la reina del Inframundo, en tierra volverá a ser lo que nunca dejó de ser, una joven doncella, y hará de nuestros verdes campos pura esperanza. De nosotros dependerá entonces que se conserven en el tiempo los frutos de nuestra primavera política, porque el invierno, querámoslo o no, siempre promete volver.


[1] Cfr. Consorcio de Universidades Estatales de Chile: Análisis proyecto ley de presupuesto año 2012 en materia de educación superior. Centro de Estudios, Octubre, 2011.

[2] Cfr. OCDE: La educación superior en Chile. 2009.

[3] Encuesta Adimark: Evaluación gestión del Gobierno. Informe mes de octubre 2011.



*La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor/a y no representa necesariamente la posición de la Corporación Chilena de Estudios Históricos.

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