La santidad a la luz de la historia: revisitando las fuentes hagiográficas
Por Sebastián Rico Díaz
La religión y el hombre religioso han estado presentes desde tiempos inmemoriales a lo largo de la historia de la humanidad. Este hombre, cualquiera sea el contexto en que se encuentre inmerso, siempre cree que existe una realidad absoluta, lo sagrado, que trasciende este mundo, pero que se manifiesta en el y por eso mismo lo santifica y lo hace real.[1] En el marco del cristianismo los hombres religiosos por excelencia son los santos, quienes resaltan por una vida llena de virtudes y su comunión con lo divino, instaurándose como modelos a seguir e intermediarios ante Dios para las sociedades de sus respectivas épocas.[2] El acercamiento desde la disciplina histórica a este fenómeno de lo religioso presenta ciertos problemas al historiador, los cuales van desde el tipo de fuentes que nos permite acercarnos a la santidad en la historia, hasta la propia definición de una perspectiva adecuada para tratar el tema. Nuestro objetivo en este ensayo es dilucidar ciertas encrucijadas respecto a la lectura e interpretación de las fuentes hagiográficas, proponiendo cómo a través de una perspectiva cultural es posible entender el fenómeno de la santidad como revelador de una realidad social más amplia y configurador de una conciencia colectiva.
La hagiografía puede ser entendida desde nuestras categorías actuales como la biografía de un santo, pero ciertamente con características especiales. Un primer paso importante para comprender el valor de esta como fuente histórica, es acercarse de forma sumaria a algunas perspectivas en que ha sido vista en el pasado desde el análisis histórico. Para este objeto, el caso francés es de suma relevancia. La Francia del siglo XVI fue afectada en todos los aspectos de la sociedad por la vorágine de cambios que conllevó la progresiva desestabilización de las categorías mentales creídas hacia la época, desde las percepciones hasta las mismas guerras de religión. La irrupción de la Reforma Protestante en el escenario europeo tuvo efectos claros en la producción hagiográfica francesa, literatura espiritual que fue acusada de supersticiosa e idólatra. Junto a esto, las ansias de espíritu crítico de la época, exigió una mayor precisión histórica de este tipo de literatura, a tal medida que el público francés comenzó a leer hagiografías extranjeras, en desmedro de la nacional, por comenzar a considerarla menos adecuada ante la configuración del nuevo escenario religioso europeo.[3] De esta forma podemos apreciar el inicio de un diálogo entre la hagiografía francesa -diálogo tardío que ya evidenciaba múltiples relaciones por ejemplo en España- y la biografía histórica. Así la hagiografía comienza a acercarse al campo de la historia. Esto, como señala Suire, tuvo interesantes manifestaciones, por ejemplo en el método. Hay un nuevo trato de la información cualitativa, se citan las fuentes utilizadas, se insertan documentos como pruebas de los hechos referidos y se utilizan los trabajos de los antecesores, identificando y señalando sus aciertos y errores.[4]
Creemos que este proceso de homologación de la literatura hagiográfica con la biografía histórica, es uno de los aspectos que ha inducido a errar a los historiadores acerca de la hagiografía como fuente histórica. Desde estos orígenes -siglo XVI- y con un mayor énfasis desde mediados del siglo XIX con el positivismo, llegando incluso en ciertos casos hasta el día de hoy, la literatura hagiográfica ha sido considerada en términos de autenticidad y de valor histórico intrínseco, dejando de lado las características propia como género en sí mismo. Michel de Certeau expone de manera clara el problema señalando: “…al hacer esto sometemos un género literario a ley de otro –la historiografía- y desmantelamos un tipo propio de discurso para no conservar sino el que no lo es”[5] Lo anterior es claro. Incluso para el caso francés referido, la homologación entre los géneros adolecía de varios problemas en el campo de la historiografía moderna, manifestándose por ejemplo en la falta de unanimidad de los métodos de erudición crítica, la omisión de información respecto de la vida de un santo por miedo a desacreditar la tradición ya formada en torno a su figura o la proyección de las características de la espiritualidad del propio autor hagiográfico en la figura del santo.[6] De esta forma, se hace necesario entender las dinámicas inherentes de las fuentes hagiográficas para ponderar y comprender su valor histórico.
La hagiografía no tiene los mismos objetivos que una biografía histórica. Para la primera, los “hechos” se encuentran a la disposición de una verdad que se construye de forma edificante. Bien señala Certeau que la hagiografía no se refiere a “lo que paso” como la historia, sino a “lo que es ejemplar”, en base a una combinación topológica de virtudes y milagros.[7] Por esto, si recalamos en sus características, podemos apreciar que al relato hagiográfico no le interesa mayormente fijar de forma temporal la vida de los santos a través de hechos, sino que intenta responder a la formación de modelos culturales, y en la práctica un relato de la vida de un santo podría ser perfectamente intercambiable con otro, pues más que las experiencias concretas diferenciadoras, interesa la construcción de un modelo de piedad. En este sentido, el hagiógrafo puede ser visto como un agente de creación de mitos funcionales para una variedad de públicos y épocas en torno a la figura del santo.
Hemos señalado que la hagiografía expresa un ideal de santidad que puede reflejar una realidad social más amplia. Esto nos lleva a interrogarnos acerca de la representatividad de la fuente hagiográfica respecto al pasado. Sin embargo, acabamos también de identificar a esta como una historia con componentes míticos. Entonces ¿Qué representatividad y verosimilitud tienen este tipo de fuentes para acercarse a la realidad social de sus respectivas épocas? Para responder a esta pregunta, pasemos a ver un rasgo característico de este tipo de literatura en la España y América barrocas. El ideal de santidad en ésta época (siglos XVI y XVII) estuvo marcado por el místico como figura de santidad. En las hagiografías sobre Santa Teresa, San Juan de la Cruz o Santa Rosa de Lima se encontraba de forma importante el elemento sobrenatural. El místico es aquel hombre que llega a unir su alma con Dios por medio de la experiencia del amor, la cual se experimentaba de una forma afectiva, conllevando profecías, visiones, cuadros de éxtasis o la realización de milagros. De la misma forma esto se encuentra presente en la baja Edad Media bajo la figura de lo “maravilloso”, por ejemplo en las obras de San Gregorio de Tours, al punto de que como señala Le Goff, “lo maravilloso cristiano se volvió algo tan conocido, esperado y repetido en la literatura hagiográfica que dejó de ser tal”.[8]
Entonces, respondiendo a la interrogante sobre la verosimilitud, es interesante aclarar que aunque no existen hechos empíricos que prueben la real ocurrencia de estos acontecimientos sobrenaturales, estos sí revelan distintos aspectos de una mentalidad colectiva, en cuanto más que presentarnos hechos, la hagiografía da cuenta de percepciones y representaciones con posibilidad de ser creídas en su época. Es en este sentido que revelan una realidad social más amplia. Siguiendo a Sol Serrano, debemos señalar que al estudiar un tema de ésta índole, es vital desprenderse del desdén del historiador que mira a los creyentes como perdonándolos porque no saben lo que hacen, en tanto “no es necesario creer con ellos sino creerles que creen”.[9]
Teniendo clara esta perspectiva, aún nos queda por ahondar en cuanto al grado de representatividad de las fuentes hagiográficas, es decir, acerca de su “calidad” para acercarnos al pasado. Aquí debemos atender a que la hagiografía no sólo fue un discurso con posibles elementos míticos, sino también debemos entenderla como una práctica cultural que contiene y pretende asignar significados que tenemos la tarea de dilucidar. Tal como señala Jacques Fontaine, la vida de un santo “es la cristalización literaria de las percepciones de una conciencia colectiva.”[10] Pero ¿quién fue el encargado de esta tarea?, en definitiva: ¿Quién fue el hagiógrafo? Normalmente fueron los religiosos, el clero que buscaba resaltar y dar cuenta de la fama de santidad del fundador de su orden en el pasado, o de personas que murieron con fama de santidad. Ciertamente es posible objetar la construcción literaria llevada a cabo por estos personajes desde múltiples puntos de vista, arguyendo desde una percepción subjetivista, hasta que la construcción de la vida narrada del santo no tiene relación con el propio personaje histórico. Lo cierto es que hay bastantes críticas admisibles que nos deben llevar a movernos con cautela respecto a las fuentes hagiográficas, por ejemplo mediante el cotejo con otro tipo de fuentes existentes, pero que de ninguna forma nos impide la utilización de éstas para acercarnos al pasado. Al respecto, Donald Weinstein junto a Rudolph M. Bell, se han preguntado acerca de la problemática en cuanto a representatividad social que generaría que el clero de forma exclusiva fuera el encargado en definitiva de la fijación de los modelos de santidad. La respuesta que los autores dieron al tema es interesante, en cuanto el clero es uno en cuanto a un orden jurídico, pero no respecto a un orden social. Y más aún, las percepciones que ayudan a formar o construir el “modelo de santidad” de una época, no tiene relación sólo con una forma jerárquica de arriba abajo, sino en una forma multidireccional donde tanto el ambiente cercano del escritor, como la misma fama del santo propiciada por la comunidad, influyen de forma retroalimentadora en la visión del hagiógrafo. [11]
A manera de conclusión queremos señalar que el acercamiento hacia el fenómeno de lo religioso, y en particular a la santidad requiere seguir en el camino de abrir y consolidar nuevas perspectivas de estudio que posibiliten acercamientos con menos prejuicios a las fuentes con carácter distinto, ya sean estas hagiográficas -nuestro caso de estudio-, iconográficas o de otro tipo, exigiendo entenderlas desde su misma corporalidad. La visión desde la cultura se muestra abierta a este ejercicio, pues estudia los procesos de asignación de sentido a la realidad, en este caso bajo el modelo de santidad, que exige reconocer muchas veces dinámicas complejas y contradictorias, pero que dan el espacio necesario para apreciar las actitudes de los individuos, donde es mucho más importante la conjunción de los puntos de vista – como en el caso de la hagiografía y el clero- que una visión jerarquizada de la cultura que no permite dialogar. Por esto es importante la visión de la hagiografía no sólo como discurso, sino también como práctica que incorpora en su actuar posibles luces acerca de las mentalidades de los individuos y las sociedades del pasado.
[1] Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, Barcelona, Paidós, 1998, p. 147.
[2] Antonio Rubial García, La santidad controvertida, México D. F., Fondo de Cultura Económica – UNAM, 1999, p. 11.
[3] Eric Suire, La sainteté Franchise de la Réforme catholique (XVIe-XVIIIe siècles), France, Presses Universitaires de Bordeaux, 2001, p. 28.
[4] Ibíd., pp. 29-30.
[5] Michel de Certeau, La escritura de la historia, México, Universidad Iberoamericana, 1993, p. 258.
[6] Suire, Op. Cit., p. 31.
[7] La paráfrasis es a Certeau, Op. Cit., p. 258.
[8] Paráfrasis a Le Goff citada en Rubial García, Op. Cit., p. 24.
[9] Sol Serrano, ¿Qué hacer con Dios en la República? Política y secularización en Chile, 1845-1885 , Santiago, FCE, 2008, p. 26.
[10] Citado en Certeau, Op. Cit. p. 258.
[11] Donald Weistein and Rudolph M. Bell, Saints and Society. Christemdom, 1000-1700., USA, The University of Chicago Press, 1982, pp. 11-13.





Interesante la propuesta de Rico Díaz sobre el acercamiento a las fuentes hagiográficas para entender el fenómeno religioso. En efecto, la poca reflexión que se ha hecho sobre las fuentes hagiográficas y -por qué no decirlo- por “lo religioso” en nuestro país, demuestra el desinterés de los historiadores por estudiar la variable religiosa tan determinante, en un continente, todavía, cristiano y creyente. Lo que, en realidad, dificulta la labor del historiador para abordar las hagiografías sea, en parte, por el objetivo que tienen éstas: difundir la fe entre sus lectores, por tanto, este tipo de obras presentaban poco rigor “histórico” dando paso a fábulas extravagantes que pasaron a formar parte del folklore. Así, por ejemplo, tenemos el establecimiento del 14 de febrero como día de San Valentín.
Por otro lado, coincido cuando planteas que al hagiográfo como “agente creador de mitos fundacionales”. Eso es importante destacarlo ya que el propio concepto de santo, según el Nuevo Testamento (Col. 1,2) se refería a los miembros de la comunidad cristiana, pero, luego, fue restringuido a un uso eclesiástico para designar a aquellos “virtuosos”. Dicho en otras palabras, los santos, al ser usados eclesiásticamente, se jerarquizaron. En ese sentido no deja de ser interesante la propuesta de Escrivá de Balaguer cuando plantea que los católicos deben buscar la “santificación en el trabajo ordinario”. Pero bueno, ese es otro tema. Un abrazo grande.
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