Las conmemoraciones bicentenarias como mantención del Estado-Nación en forma. El caso chileno.
Por Gonzalo Aravena Hermosilla.
Enfrentarse a los Bicentenarios es un tema complejo historiográficamente hablando. Más que nunca, la utilización de la historia parece ser una tónica en los discursos políticos y en los medios de comunicación masiva. Se conmemoran las independencias, se articulan discursos en torno a ellas y se mantiene el mito de la emancipación nacional; a saber, aquel que entiende dicho proceso como consecuencia de una suerte de toma de conciencia latinoamericana de que en la región existían naciones previas a la época republicana y que son ellas las que despiertan a una vida independiente hace 200 años atrás.
Dicha interpretación, sin embargo, ha quedado bastante refutada por una historiografía que desde la década de los setenta y ochenta -fundamentalmente- ha comenzado a relacionar los procesos de independencias, y surgimiento de las naciones latinoamericanas, con el tránsito de las sociedades hacia la modernidad; destacando entre ella la obra de Francois Xavier Guerra[1]. La idea de la independencia como consecuencia de una toma de conciencia nacional fue refutada al condicionar la manera de entender la nación moderna. Esta fue desmantelada, asediada e interpelada, llegando a concluir que tiene un carácter ficticio, normalizado y propio de una época determinada, con lo cual se echaba por tierra la idea de la existencia -como nación- de Chile, Perú o Argentina, previo a sus procesos de creación como Estados republicanos.
Para el caso chileno, Mario Góngora fue certero en aseverar que fue el Estado quien creó la nación chilena y que previo a la independencia la noción de Chile Nacional no existía como tal[2]. No es necesario ir más lejos para encontrar fuentes –ahora del periodo- que sustenten la afirmación de Góngora. El proyecto de Ramón Freire[3] de 1824 que busca nacionalizar la voz patria y cambiarla por la de Chile para no seguir confundiéndose con la diversidad de patrias a las que se aludía en la época, donde en un Estado podían haber cientos de patrias; o las proclamas de O’Higgins para que el pueblo dejase de llamarse español, criollo, indio o mestizo y simplemente pasase a llamarse chileno, no son sino claras muestras de un proceso de construcción de un discurso de lo nacional, de una concientización de un proceso que no es natural, que no es por orden esencial ni divina que se tiene nación chilena, sino que por un proceso histórico que llevó a la construcción de los Estados nacionales modernos.
Pero a más de 30 años de esta ruptura interpretativa, lamentablemente sigue primando y rellenando programas de televisión y material de difusión masiva la clásica interpretación decimonónica (compartida incluso por reconocidos autores del siglo XX, como John Lynch[4]) de que las independencias fueron luchas motivada por causas nacionales, desconociendo todo el carácter –inclusive accidental- que llevó a separar o unir a las regiones de Guayaquil y Quito, Maracaibo y Caracas, la Costa Caribe y la Costa Grande, Lima y Arequipa, Buenos Aires y Montevideo, Charcas y La paz, Cartagena y Bogotá o, para nuestro caso, -por poner un sólo ejemplo- Santiago y Chiloé.
Es según dicha interpretación que tocaría conmemorar, dentro de pocas semanas, 200 años de la supuesta emancipación nacional, otorgando a la existencia de la nación antecedentes remotos, naturales y esenciales.
Como ejemplo de lo anterior, la página del Gobierno de Chile creada por la Comisión Asesora Presidencial para el Bicentenario de la República, durante la presidencia de Ricardo Lagos, mediante el Decreto Supremo N° 176 de 16 de octubre de 2000, entiende las conmemoraciones que vivimos y viviremos de la siguiente forma:
Esta cita redunda en lo ya señalado. De ella podemos inferir que Chile Nacional tiene 200 años de vida republicana y que la nación chilena existió previo a esta época, ya que el inicio del proceso que nos llevaría a ser una nación independiente supone la existencia previa de una nación que no era independiente. De esta forma Chile (nacional) y los chilenos (nacionales) serían la ecuación perfecta del Estado-Nación en forma por su congruente relación histórica y por el carácter positivo que se le asigna a esta relación.
Sebastián Piñera, en el discurso presidencial pronunciado el día 21 de mayo recién pasado, sostenía que: “Chile vive hoy tiempos históricos […] porque en cuatro meses más celebraremos nuestro Bicentenario y comenzaremos a forjar nuestro tercer siglo de vida independiente.
Este discurso, también violentamente inclusivo y generalizador debido a la lineal y homogénea interpretación histórica, propio de la forma política y mediática de entender el bicentenario, omite cualquier particularidad que señale ripios y pretenda tensionar el relato nacional tradicional buscando sus propias contradicciones. No es menor que esta cita y la anterior -las cuales se pueden presentar como estatales y no de un gobierno particular- presenten el mismo relato historiográfico que se construyó en el siglo XIX[7] y que hoy en día se ve replicado y consolidado por las elites sucesoras en el poder.
El tema es tan vigente por su fondo como por su forma. Chile, como nación, tiene sentido histórico en tanto ésta se entienda como una sola patria (asociación republicana de términos: patria=nación) liberada tras años de opresión que llevó a los habitantes del país a reconocerse como chilenos, sin distinciones. Es sólo un gran cuerpo. Es tan chileno aquel hombre que vive en el sur como en el norte, en Los Andes, como en la costa. Independiente del modo o año de anexión, la voz Chile engloba a todo el territorio sobre el cual el Estado ejerce soberanía. Por tanto, engloba a toda la nación y, en consecuencia, bajo esa mirada y parafraseando al Presidente, todos celebraran su Bicentenario y todos comenzaran a forjar su tercer siglo de vida independiente, aún cuando tal diagnóstico sea historiográficamente desacertado.
Es desacertado porque, como decía, no tensiona ni particulariza los procesos que llevaron a la creación del nuevo Estado-nacional. Porque no todos forman parte del mismo relato, porque idealiza el proceso de tal manera que da sentido a la organización estatal actual e historiográficamente construye mitos que lo acomodan a las pretensiones de una única historia nacional, restándole importancia y relegando al olvido las historias regionales y fundamentalmente haciendo ver un panteón de héroes locales y sectoriales como totales, nacionales.
Por poner sólo unos pocos y sencillos ejemplos, se omite que la Independencia de Chile se declaró el 12 de febrero de 1818 y que por tanto no es tal la idea de los doscientos años de la supuesta ‘vida independiente’, y aun cuando considerásemos a la junta fidelista del 18 de septiembre de 1810[8] como el punto de partida de la vida republicana, nos faltarían casi 4 años más para suplir el periodo de reconquista que va desde 1814 a 1818. ¡No se suman 200 años de república porque cuatro de ellos son también con instituciones monárquicas! (para que hablar de la gran cantidad de golpes de Estado que gobernaron no precisamente de una manera republicana, con la connotación política del término). Por otra parte omite que Concepción (dirigido por el futuro Director Supremo Ramón Freire) desde 1818 mantenía importantes conflictos con la elite dirigente capitalina; que Valdivia seguía siendo reducto del Rey hasta su conquista por el Almirante Inglés Lord Cochrane en 1820, al igual que Chiloé y su General Antonio Quintanilla, quien seguiría resistiendo en su apartado reducto imperial hasta 1826; y qué decir de la Patagonia, prácticamente inexplorada hasta incluso parte del siglo XX. Tema aparte es la frontera mapuche que iniciaba su anexión por orden de José Joaquín Pérez recién en 1861, bajo el ‘patético’ eufemismo de pacificación de la Araucanía; y las provincias norteñas de Tarapacá y Atacama anexionadas recién a fines de aquel siglo XIX tras la Guerra del Pacífico. Colma esta secuencia la incorporación a la nación de la Isla de Pascua por el marino Policarpo Toro en 1888, sin que nadie preguntara a sus polinésicos habitantes si querían pertenecer a la nación, como tampoco se hizo en los casos anteriores.
Así también, sobre los tradicionales héroes y algunos renombrados personajes que se pretenden ‘nacionales’, se pueden mencionar otros ejemplos. Se olvida que el llamado ‘padre de la patria’ fue condenado por traición a la patria[9] y se relega a segundo plano que se le acusa de mandar a matar a José Miguel Carrera, cuyo hijo, décadas más tarde, también es mandado a matar por el gobierno conservador de Manuel Montt. Que el primer presidente de Chile nació en Buenos Aires cuando este pertenecía al Virreinato de la Plata; que Ramón Carnicer, autor del himno nacional de Chile, era un músico y compositor catalán; que Andrés Bello, creador del primer código civil y primer rector de la Universidad de Chile, nació en la Capitanía General de Venezuela, en Caracas, y que también hoy aparece en los billetes venezolanos; o que el diseño de la actual bandera chilena se le atribuye a un militar andaluz, etc.
En fin, la lista de ejemplos podría ser interminable. Y es que el proceso que llevó a independizarse a gran parte del continente americano a comienzos del siglo XIX supuso la creación de un discurso nacional que acompañó a la creación de los Estados y que, a pocas semanas de conmemorar el Bicentenario, se transforma en un imperativo traumático puesto que ver, leer y escuchar una y otra vez el mismo mito nacional fabricado por la modernidad decimonónica, no hace sino contradecir las importantes investigaciones históricas realizadas en los últimos 30 años.
Es necesario entonces sacar de nuestros libreros la homogeneidad histórica, la metonimia nacionalista y el panteón de héroes que construyeron aquellos grandes monumentos intelectuales decimonónicos -que a veces equivocadamente se creen superados- para asediar una y mil veces aquel principio moderno de ‘un estado = una nación’ para desnaturalizar una noción que parece ser el fetiche ideal del manoseado Bicentenario nacional, y, finalmente, para repensarnos como nación que tanto como es, pudo no ser de la manera que la pensamos…
[1] Guerra, Francois-Xavier, Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispanicas, Ed MAPFRE, Madrid, España, 1992.
[2] Góngora, Mario, Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, Ed. Universitaria, Santiago, Chile, 2006. p.59.
[3] Boletín de las Leyes y Decretos del Gobierno, 1845, tomo I (Imprenta el Mercurio), decreto de 30 de julio 1824, p. 211.
[4]Lynch, John, Las revoluciones hispanoamericanas 1809-1826, Ed. Ariel, Barcelona, España, 1980,
[6] Piñera, Sebastián, Mensaje presidencial del 21 de mayo de 2010 ante el Congreso nacional, “Del Chile del Bicentenario al país de las oportunidades”, disponible desde Internet en http://www.camara.cl/camara/media/docs/discursos/21mayo_2010.pdf. p.2. (Destacado propio)
[7] Barros Arana lo hizo en Chile, Mitre en Argentina, Vicente Riva Palacio en México y así, todos ellos, historiadores-políticos, se dedicaron a dar forma y justificar un proyecto republicano liberal sin problematizar mayormente en los alcances que tuvo el drástico y accidental cambio en el poder.
[8] Medina, J. T., Actas del Cabildo de Santiago durante el periodo llamado de la patria vieja (1810-1814), Ed, Universitaria, Santiago de Chile, 1960.
[9] Boletín de las Leyes y Decretos del Gobierno, 1886, tomo XII, (Imprenta el Mercurio), Sesión de 28 de agosto de 1826, p. 430.


Gracias por este brillante artículo de Gonzalo Aravena Hermosilla. Y salvando las distancia ante tan prestigioso exponente, con total modestia, (de tan solo estudiante apasionada de la Historia) me permito dar un breve pantallazo sobre el proceso independentista que diera lugar al nacimiento de mi país, Uruguay.
El proceso comenzó en Febrero de 1811, cuando nuestro José G. Artigas se pone a las órdenes de la Junta de Mayo de 1810 para comenzar la Revolución en la Banda Oriental. Sin embargo el proceso de independencia fue de varios años. La lucha comenzó contra el poder Español, siguió con la lucha de la Provincia Oriental, contra los Porteños, el Reino de Portugal, y el Imperio del Brasil, para culminar en 1828 con la firma de la Convenciòn Preliminar de Paz. También mediante misiones diplomáticas, tuvieron su intervención, los ingleses, para dar lugar al nacimiento de un nuevo Estado, cuya posiciòn territorial era estratégicamente muy importante para los intereses económicos y comerciales de todos, tanto de los extranjeros como de la oligarquía Montevideana y la de Buenos Aires. Y compartiendo la opinión vertida en el artículo de Aravena Hermosilla, pienso que fue notoria la relaciòn del proceso de defensa de la “orientalidad”, de defensa de su autonomía, de su soberanía en su territorio, tanto de la sociedad montevideana, como de la sociedad rural de la Provincia Oriental, con su evolución hacia la modernidad, lo que la condujo a la creación del nuevo Estado, al que la Constitución de 1830 llamó República Oriental del Uruguay. Para finalizar, agrego que se evidencia la existencia de la naciòn oriental, desde mediados de 1811, cuando se produce el EXODO, del Pueblo Oriental siguiendo a Artigas y su ejército al campamento del Ayuí. Concluyo expresando que hoy latinoamerica sigue luchando, aunque en forma diferente, por la independencia económica y financiera que nos domina a nivel global.
Con todo respeto saludo muy afectuosamente, desde Montevideo-Uruguay
¡Excelente análisis y opinión Gonzalo! Creo que enfrentar nuestros propios mitos fundacionales y contrastarlos con la experiencia histórica contribuye a la redefinición del ideario de nación que queremos construir. Hoy, precisamente en este bicentenario, los temas que mencionas señalan tangencialmente problemas graves derivados de esa violenta homogeinización de nuestros pueblos: El conflicto mapuche y las reivindicaciones en Rapa-Nui son sólo ejemplos claros de ello.
Enfrentar esa “conciencia nacional” es fundamental para construir un Estado más legítimo y una real “soberanía del (los) pueblo(s)”.
Felicitaciones nuevamente! Un Abrazo.
Creo que mientras alguien no se digne a escribir más de 5 mil páginas de historia de Chile, seguiremos retornando a las mismas páginas decimonónicas de Barros Arana, y por ende a los mismos mitos creados por el historiador de marras
Matías, yo creo que más que aislarse del mundo y sentarse a escribir 5.000 páginas en sí mismo no tiene mucho sentido, lo que se necesita es discutir estos temas abriéndolos a otras disciplinas y espacios. Por ejemplo, con instituciones del Estado que diseñen políticas públicas, con organizaciones sociales, etc.
Lo que menciona Gonzalo en su artículo es que de hecho se han hecho multitud de investigaciones sobre estos temas, lo que falta es que sus conclusiones y propuestas lleguen a otros sectores de la sociedad. Se trata, en otras palabras, del desafío de transformar una “memoria histórica” pluralista, en un Estado y sociedad más pluralista.
Concuerdo con Juan en que el problema no tiene tanto q ver con la cantidad de hojas q se puedan escribir al respecto, sino con la repercusión que ése tipo de hojas pueda tener.
Hoy en día los historiadores no son precisamente importantes voces políticas y por tanto su opinión es relegada a los polvorientos pasillos de añejadas bibliotecas… salvo contadas excepciones.
Comparto el juicio de que es necesario escribir 5000 (20000 o 500000) páginas más sobre la historia de Chile, pero si a eso no le sumamos un trabajo tan político y tan serio como el llevado a cabo -como ejemplo- por la figura de don Diego Barros Arana, el resultado seguirá siendo el mismo.
Saludos
Buenísimo el texto. Muy aclaratorio y al callo. Fundamental para quienes nos sentimos profundamente desapegados al “vil-centenario”, como dijo un artista callejero ayer.
Quedé impactado con este artículo, pero yo en lo personal me siento orgulloso de ser chileno y orgullo por aquellos que dieron su vida por este país, también por su gente humilde y trabajadora que se esfuerza a diario para llevar el pan a casa. Yo creo la historia no necesariamente debe ser revisada, sino mas bien, debe ser enriquecida y estas visiones, por muy críticas que sean, ayudan a enriquecerla. Concuerdo con que nuestro verdadero bicentenario es el 2018, pero en 1810 nace el deseo por tener independencia y algo de libertad política y económica y no depender tanto del Rey, si bien la Primera Junta de Gobierno fue un acto lealista a la corona española, igual que la “Revolución de Mayo” argentina, fue un deseo de las colonias de tener algo de autonomia de la monarquía para decidir sus destinos. No olvidar el golpe que dá José Miguel Carrera en 1811 donde se inicia la lucha emancipatoria en serio, se adoptó una bandera y escudo propio, una constitución, obras cono el instituto y la biblioteca nacional, la libertad de vientres, etc. que son cosas propias de una nación y su deseo de independizarse, O´Higgins continuó con sus obras y Portales consolidó la institucionalidad política de Chile. Como dije antes, la historia debe ser enriquecida con multiples visiones, bueno, en lo personal prefiero leer de todo un poco, leo la “historia oficial” como también la historia marxista y trato de hacerme una idea general de lo que es la historia. Eso es lo que pienso.
Saludos a todos.
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