Los afrodescendientes en Santiago: mestizaje e interacción en la sociedad colonial
Por Fernanda Del Río Ortiz.
El presente trabajo está dedicado al mestizaje, o más bien, a la factibilidad de dicho proceso entre la población africana y los otros grupos de la sociedad colonial urbana de Santiago de Chile. El objetivo es analizar desde otra perspectiva un tema tratado en una columna anterior[1], a saber, la negación histórica de los aportes negros en la conformación de la nación chilena. En lo personal, me inclino por la opción del mestizaje como proceso responsable de la invisibilización de los rasgos africanos, pero no de su desaparición, puesto que dichas características tanto en lo que respecta al fenotipo del chileno como a su matriz cultural estarían presentes hasta hoy, independiente de que el color de nuestra piel no sea determinantemente negro.
Por tanto, pese a que mucho se ha dicho sobre el rechazo hacia los negros que se habría experimentado durante el periodo colonial, ya sea por temor a sus costumbres o a posibles revueltas, por diferencias raciales o sociales, etc.; creo que dichos prejuicios pueden ser cuestionados en su alcance, aunque sin por eso afirmar que en Hispanoamérica no había prejuicios sociales y/o raciales o que no existían jerarquías. Lo que espero, en cambio, es realizar un acercamiento que permita ampliar nuestra visión sobre el funcionamiento interno de dicha sociedad, observar sus dinámicas relacionales y plantear una perspectiva que vaya más allá de los modelos ideales de división racial que se predicaban desde los inicios de la conquista española, según los cual se promovía la endogamia tanto para españoles, indígenas y africanos, pero que habría fracasado según lo evidencia el nacimiento de la “sociedad de castas”.
En el contexto de la ciudad, Carmen Bernand, destaca que “[…] el modelo de la esclavitud urbana […] conlleva desde el inicio dos contradicciones profundas: la posibilidad jurídica de la manumisión, y el mestizaje como medio para salir de la condición”[2]; a partir de lo cual podemos suponer el mestizaje como una posibilidad real, y no aislada, en la ciudad colonial hispanoamericana; y pensar, a su vez, por qué las relaciones entre los distintos grupos contaban con menos barreras sociales y distanciamientos espaciales de lo que podríamos pensar.
Desde este punto de vista, un primer factor a considerar es el lugar de residencia. En la ciudad colonial hispanoamericana “los esclavos residen generalmente –pero no necesariamente- con los vecinos, y por consiguiente, lejos de estar relegados a un barrio específico, ocupan la totalidad del espacio urbano, tanto el privado de las casas como el público”[3]; lo que nos permite percibir ya la presencia negra en la ciudad. No obstante, hay que tomar en cuenta que el panorama descrito corresponde únicamente a una parte reducida de lo que era el distrito de la ciudad, ya que la zona en que se concentraban las familias españolas más distinguidas –que podían costear la compra de esclavos- corresponde sólo a la parte central conformada por escasas veinte manzanas a principios del siglo XVII[4]. Además, hay que recordar que no todos los afrodescendientes eran esclavos, y por lo tanto, la forma y lugar en que vivían las castas libres también debe ser revisada.
Armando De Ramón señala la existencia de una periferia poblada por indígenas, mestizos y africanos libres[5] los que, lejos de vivir aislados, formaban parte de una masa plebeya que transitaba tanto por el centro como por los arrabales hacia fines del siglo XVI[6]. Un siglo más tarde, se sumará a ello la diversificación de la situación de los españoles, capa social que ya hacia fines del siglo XVII había pasado a estar constituida por un grupo heterogéneo que ya no ostentaba un bienestar generalizado[7],con lo cual se fueron alejando del centro urbano, facilitando así la interacción inter-social e inter-racial con los grupos que desde épocas anteriores poblaban la periferia. Además, otra variación que se fue introduciendo lentamente en la sociedad colonial, especialmente durante el siglo XVII, es la disminución de la población indígena[8] y las progresivas restricciones que se presentan para disponer de ésta para utilizarla como mano de obra, de modo que se hace necesario buscar un sustituto.
En este nuevo contexto social, se renuevan también las relaciones interpersonales, sobre lo cual los archivos parroquiales nos proporcionan información estadística valiosa[9]. En esta ocasión, me concentraré en el sector poniente de la ciudad, particularmente en la parroquia Santa Ana, la cual quedaba fuera de la zona que delimitamos como central y -de preferencia- habitada por españoles de condición social alta o media. Santa Ana era una parroquia de arrabales y, a diferencia del caso que veíamos anteriormente, “[…] la mayoría de los españoles de este curato se componían de familias de bajos ingresos que no disponían de medios para adquirir esclavos ni tampoco tenían sirvientes indios”[10].
En este caso, los matrimonios nos entregan una idea de la magnitud de las relaciones inter-raciales. A pesar de que la población española superaba ampliamente a la indígena y afrodescendiente en este curato, no dejan de llamar la atención algunos de los casos extraídos. Uno de ellos es el matrimonio entre Agustín Lecaros –pardo esclavo de Sebastián de Lecaros- y Gertudris Poblete, española[11]. Ahora bien, considerando la totalidad de los matrimonios celebrados en esta parroquia en el periodo 1796 – 1799, del total de matrimonios en que participan afrodescendientes, el 65,4% corresponde a uniones exogámicas, y la preferencia de hombres y mujeres afrodescendientes se inclinan hacia los españoles; le siguen los indios y en último lugar están los mestizos; de modo que el matrimonio Lecaros-Poblete no parece ser un caso aislado.
Otro dato relevante es que los padrinos están catalogados como Don y Doña en el 23,1% de los matrimonios en que están involucrados afrodescendientes y de éstos, la mitad corresponde a uniones endogámicas, es decir, entre afrodescendientes, de modo que necesariamente se está dando la búsqueda de padrinos fuera de su grupo, o bien, se trata de algún afrodescendiente que ha logrado ascender y que se ha visto así, socialmente, blanqueado. De todos modos, bajo ambas explicaciones la presencia de estos sujetos catalogados como “Don”, nos lleva a considerar las posibilidades de apertura social que pudo existir para estos sujetos”[12].
Estos casos resultan muy interesantes en cuanto reflejan parte de la multiplicidad de circunstancias presentes en la ciudad en lo que a las características de las relaciones sociales se refiere, pasando desde relaciones de trabajo, amistad o matrimonio hasta lo que podría haber respondido a la creación de vínculos estratégicos[13], como en el que caso de la elección de padrinos y testigos.
Ahora bien, en el caso de los afrodescendientes, estas vinculaciones no sólo deben ser analizadas respecto a la población española o de individuos de elevado status social. En este contexto, la relación con los indígenas es interesante, y destaca la constante confluencia habitacional que se daba entre ellos en los barrios de la periferia[14]; lo que sumado a los encuentros generados en el centro de la ciudad en circunstancias de servidumbre, relaciones comerciales, etc., está lejos de presentar un panorama de segregación social. Por el contrario, “a pesar de que probablemente muchos indios y negros podían tener prejuicios mutuos no podían evitar, por ejemplo, que sus hijos jueguen juntos o que tengan que cruzarse y compartir en los callejones, encontrarse en la pila de agua, en la plaza, etc. Sin duda la fuerza de este hecho termina por generar relaciones afectivas no necesariamente marcadas por la violencia, pero donde el conflicto tampoco está ausente”[15].
Esa visión de conjunto es la que he querido plantear aquí. Una visión que deje de mostrar a los afrodescendientes como un grupo rechazado, excluido en la Colonia y desaparecido hoy de nuestra sociedad, pero entendiendo las relaciones establecidas en el pasado como el producto de procesos complejos de asociación. Al igual que hoy, debemos tener presente que durante el periodo colonial vivieron individuos con prejuicios raciales, otros que ponían énfasis en el status u otros que daban importancia a la riqueza al momento de escoger con quien relacionarse. La violencia no estuvo ausente, tampoco las dificultades para integrarse, pero sin duda que estos elementos no se pueden hacer extensivos a todos los niveles de la sociedad o a todos los sujetos que formaban parte de ellos. Como hemos visto, las relaciones entre personas que no eran consideradas “iguales” eran recurrentes, ya sea porque alguno prestaba cierto servicio al otro, porque eran vecinos, por feligresía a una misma parroquia, por uniones matrimoniales, etc.
He querido descartar la imagen unívoca del africano como esclavo, sin control siquiera de sus relaciones personales y posicionado como un paria entre un conglomerado de españoles ricos. Esos son constructos surgidos en el seno de una sociedad que, como dije, prefiere pensar que sólo tiene sangre española e indígena; aunque, cuando se puede, muchos prefieren considerarse únicamente descendientes de españoles, hijos del hombre blanco.
Tal vez la problemática en Chile está precisamente en que el sistema no llegó a la rigidez de la plantación, donde la adversidad obligó a formar una comunidad mucho más cohesionada y resistencias mucho más férreas, que hacen más visibles hasta hoy a una gran masa de afroamericanos en países como Brasil o Cuba. Aquí, en cambio, pienso que el mestizaje contó con una fluidez que permitió la disipación paulatina de los rasgos más evidentes, aunque sin por ello hacerlos desaparecer.
[1] Ver Del Río Ortiz, Fernanda, “Los afrodescendientes en Chile y la lucha contra el olvido”, en Estudios Históricos, Corporación Chilena de Estudios Históricos. Disponible desde Internet en: http://www.estudioshistoricos.cl/?p=649
[2] Bernand, Carmen, Negros esclavos y libres en las ciudades hispanoamericanas, Madrid, Fundación Histórica Tavera, 2001, p. 27.
[3] Ibid., p. 13. Para el caso particular de Santiago, Armando De Ramón confirma esta apreciación, e indica que “los negros, zambos y mulatos esclavos, por lo general, vivían en casa de sus amos y participaban en la vida familiar desde el puesto de trabajo que les había sido fijado”. De Ramón, Armando, Santiago de Chile (1541-1991). Historia de una sociedad urbana, Santiago, Editorial Sudamericana, 2000, p. 39.
[4] De norte a sur entre las actuales calles Rosas y Agustinas, y de este a oeste, entre las actuales Mac-Iver y Bandera Ibid., p. 53.
[5] Ibid., p 39.
[6] Bernand, p. 52.
[7] De Ramón, p. 82.
[8] Durante el siglo XVII se produce una variación importante, pasando de un 67,6% de indígenas frente a un 6,18% de afrodescendientesa principios del siglo, a un 14% de indígenas y un 28,5% a fines del mismo. De Ramón, pp. 39 y 80.
[9] Hay que tener presente que la parroquia en que un individuo es bautizado o contrae matrimonio no es elegida al azar, sino que implican feligresía y, por tanto, algún grado de estabilidad y permanencia en el sector bajo la jurisdicción de dicha parroquia. Casamalón, José, Indios detrás de la muralla. Matrimonios indígenas y convivencia inter-racial en Santa Ana (Lima, 1795 – 1828), Lima, PUCP, 1999, p. 160.
[10] De Ramón, p. 80.
[11] Parroquia Santa Ana, Volumen 4, Libro 6 de Matrimonios, 1796-1809, partida 52, foja 9 v.
[12] Otro caso llamativo es el del matrimonio entre Lorenzo Oballe y María Mercedes Oballe, en el que ambos novios son esclavos de la misma persona, su apellido es el mismo del dueño y nos permite presumir que nacieron en la misma casa; a la vez que uno de los testigos y la madrina tiene también dicho apellido, probablemente por algún parentesco con el amo; de modo que las relaciones que se muestran se asocian en primera instancia a la propiedad que tiene el amo, Don Diego Oballe, sobre los novios. Parroquia Santa Ana, Volumen 4, Libro 6 de Matrimonios, 1796-1809, partida 97, foja 18 v. Distinto es el caso de Manuel José Seco y Victoria Naranjo -ambos cuarterones- matrimonio en el cual desconocemos el tipo de asociación establecida con los testigos, Don José Molina y Don José Espinoza, y con los padrinos Don Ignacio José Cavarria y Doña Antonia Aliaga. Al ser los dos novios libres las posibilidades que se pueden barajar sobre las circunstancias que los unen con testigos y padrinos se multiplican, ya que necesariamente trascienden el vínculo de la propiedad, es decir que es probable que se trate de una relación personal. Ibid., partida 25, foja 6.
[13] Para el caso del México colonial ver Bennet, Herman L., Africans in Colonial Mexico. Absolutism, Christianity, and Afro-Creole Consciouness, 1570 – 1640, Bloomington, Indiana University Press, 2003, pp. 79-116.
[14] De Ramón da pistas sobre esta relación al ilustrar la convivencia barrial de ambos grupos. Afirma que desde el siglo XVI proliferaban en la periferia urbana rancheríos habitados “por trabajadores indígenas, traídos […] para realizar obras públicas o privadas […] o por esclavos y sirvientes […]”; y que hacia mediados del siglo XVII, más allá de los arrabales se habrían levantado “rancheríos donde vivían los indios y también algunos negros, todos los cuales formaban el grupo de los peones y gañanes que hacían los trabajos pesados”. De Ramón, p. 96.
[15] Casamalón, p. 198.







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