Los combates por nuestra historia: Nueva historia política e historia del tiempo presente
Prof. Danny Gonzalo Monsálvez Araneda (Red Nacional de Contactos)·
En el texto “Cien años de propuestas y combates. La historiografía chilena del siglo XX”[1], el historiador Julio Pinto Vallejos señala -entre otros aspectos- que la historiografía chilena es hija directa de su tiempo, desarrollando constantemente una relectura del pasado y crítica del presente. Destacando que el trabajo de la historia ha sido en Chile más enfrentamiento político que mero ejercicio académico. En ese sentido, la historiografía chilena ha tenido sus propios “combates por la historia”, los cuales se han expresado a través de propuestas, escuelas historiográficas, autores y sus respectivas diferencias entre sus contemporáneos o predecesoras. De esta forma vemos que la historiografía chilena se ha movido en la dinámica acción-reacción, marcada por determinadas rupturas políticas y sociales que han ocurrido en nuestro país durante el siglo XX, siendo una de las más trascendentes, desde el punto de vista más contemporáneo, el golpe de Estado de 1973, la concerniente figura de Augusto Pinochet Ugarte y la dictadura que él encabezó durante 17 años, convirtiéndose en una variable fundamental en el debate y renovación historiográficos de las últimas décadas. En ese sentido, y siguiendo a la historiadora Cristina Moyano, “de esta forma entró al tapete de la opinión pública la fuerza de la historiografía como herramienta política para la interpretación del pasado. Esta dejaba de ser encubiertamente “objetiva” para transformarse en instrumento de acción de los sujetos para el presente. Detrás de ella había una cuestión de proyecto, una idea de destino”[2]. Es en este escenario que en nuestro país (re)cobra importancia la historia política, pero desde nuevas perspectivas metodológicas y teóricas.
Tal como señala la historiadora Olga Ulianova, la (nueva) historia política intenta estudiar y comprender nuestro pasado reciente; es decir, aquel siglo XX corto recién concluido. Esta nueva historia política no busca una confrontación con la historia social o cultural, sino que incorporar aquellos enfoques a sus análisis, tales como subjetividades, formas de vida y mentalidades de las subculturas. En esa línea de trabajo, la nueva historia política propende -entre otros aspectos- situar el discurso y accionar de aquellos sujetos, ya sean individuales o colectivos que, con el tiempo y a través de su experiencia social, cultural, de su actividad más inmediata, se han transformado en forjadores y orientadores de diversos procesos sociales y políticos de la historia de Chile de las últimas décadas, especialmente aquellos períodos de rupturas, crisis y coyunturas en los cuales se hace presente la aceleración de determinados procesos históricos. Conjuntamente, la nueva historia política “…se plantea, a la vez, como historia internacional. Más allá de antiguos estudios sobre ‘influencias externas’, (la nueva historia política) propone el desarrollo de los procesos políticos latinoamericanos en el cruce entre lo local, nacional, global”[3].
El debate en torno a la crítica de la historia política no es algo reciente de estas últimas generaciones, sino que ya se dio y con fuerza durante el siglo pasado en Europa. Sin embargo, el contacto de la historiografía con las ciencias sociales significó una renovación metodológica, lo cual permitió -pese a las críticas- una revitalización de la historia política, eso sí, con un enfoque metodológico y teórico acorde a la renovación historiográfica.
Por ejemplo, un aspecto importante del estudio está centrado en la mentalidad de los grupos dominantes, algo significativo para entender la política. Antes de la mentalidad de una época, se trata de la mentalidad de las elites, grupos de poder, el enraizamiento social, el proceso de toma de decisiones y, obviamente, explicar los comportamientos sociales y colectivos. Al respecto, no hay un grupo de poder que funcione sin alguna ideología implícita, y esa ideología se enfrenta con determinadas realidades de su propia acción, como parte de la vida política.
La formación de la clase política como parte de la elite dirigente representa otro aspecto que, dentro de un campo tradicional de preocupación historiográfica, se ha renovado en su encuentro con las ciencias sociales. Asimismo, otra esfera de estudio de una historia política más novedosa sería aquella que trata del lenguaje de la política y que proviene del desarrollo extraordinario de la lingüística en el siglo XX. Ahí existe un interesante campo de acción, ya que a través del lenguaje político podemos observar, por ejemplo, cómo se construyen los discursos (legitimaciones) y representaciones sociales.
Igualmente, analizar la cultura política como sistema de valores, formas de aprendizaje, todo lo que es parte de una historia sociocultural relativa al poder político. Es un concepto desarrollado fundamentalmente por los politólogos, pero que los historiadores deberían incluir dentro del estudio de la historia política, sobre todo porque entronca con el problema de la legitimidad[4].
Conjuntamente, la renovación de la historia política no escapó a la influencia de corrientes de investigación externas, tales como la historia cuantificada, la historia cuantitativa, la New Economic History, y las contribuciones y el establecimiento de un diálogo -como decía Fernand Braudel- de la historia con las ciencias sociales, tales como la psicología, la antropología, la demografía, la sociología o las ciencias políticas, por mencionar algunas.
En ese sentido, entendemos la política no como el juego institucional, partidario, la suma de votos, la cantidad de diputados, senadores o representantes que obtiene algún partido político. La política va más allá de aquello y dice relación con “…la forma más alta de la ‘vida activa’ en la cual se movilizan las facultades del pensar (colectivo) y del hacer (colectivo)…”, o bien, aquella práctica política, entendida como “…un juego de espejos donde una sociedad busca mirarse a sí misma y se duda, se sospecha, se hace preguntas, pero no sobre lo por-venir, sí más bien sobre lo por-construir”[5].
La idea es pensar, comprender y proyectar la política como un mecanismo que controla las tensiones de la sociedad. Un proceso de organización de las fuerzas sociales en una determinada dirección. Como señala Norbert Lechner, la lucha por la construcción de un orden deseando.
Bajo esta perspectiva de análisis, será tarea de la nueva historia política atender los deseos y los malestares, las ansiedades y las dudas de los hombres e incorporar sus vivencias al discurso público. Así, dando cabida a la subjetividad, la política da al ciudadano la oportunidad de reconocer su experiencia cotidiana como parte de la vida en sociedad[6].
Situadas en los trabajos de la nueva historia política, las investigaciones han tenido un realce significativo en el último tiempo; dejando atrás aquellas tradicionales miradas historiográficas que tendían a circunscribir la historia política a resultados electorales, luchas político-partidistas en las diversas elecciones de representantes, o bien, su especificidad con determinados movimientos sociales.
A la par del desarrollo de la nueva historia política, tenemos aquellos fenómenos contemporáneos analizados a través de la historia del tiempo presente, que “…tiene como características más visibles, la vocación de un análisis historiográfico de lo inmediato, captado en su irrupción o en su emergencia y, por ende, donde su desarrollo es aún inacabado. Lo anterior conlleva a una segunda característica referida a la primacía de los estudios genealógicos. Metodológicamente hablando, la historia del tiempo presente se caracteriza por la vocación interdisciplinaria, el encuentro y uso de técnicas de análisis compartidas con la antropología, la sociología y la ciencia política, así como el uso permanente y legitimado de las fuentes orales”[7].
Para profundizar aquello, los trabajos del español Julio Aróstegui[8] y del chileno Ángel Soto[9] nos entregan una visión bastante amplia de esta nueva tendencia historiográfica. Las oscilaciones de su denominación -historia del presente, del tiempo presente, reciente, de los muy contemporáneos, de nuestro tiempo, del mundo actual, próxima o inmediata-, aunque son conceptos que aluden a realidades similares, admiten matices y diferencias. A pesar de sus connotaciones, todos ellos son indicativos de una nueva realidad y expresan una convergencia, ya que todos tratan de recuperar la dimensión de coetaneidad implícita en el concepto de Historia Contemporánea.
El estudio de la historia del tiempo presente comporta situarse en un trayecto cuyo destino final no se conoce. Esto la diferencia de otros períodos, y la diferencia de los demás compartimentos estancos, cuya tradicional división no parece fácil trascender. Los límites cronológicos no son condición suficiente para definirla, ya que carece de limitaciones cronológicas fijas y establecidas. La delimitación puramente cronológica arguye una especie de consenso entre sus cultivadores, que llevaría a situar el hito inicial de la historia del mundo actual en la Segunda Guerra Mundial. Otros la sitúan en 1917; algunos aproximan el inicio de nuestro presente en los años sesenta; en cambio, hay quienes se inclinan por situar en 1989 el inicio o el final de esta historia.
Para J. Grunewald se estaría en presencia de un verdadero tema de historia del tiempo presente si se reúnen cuatro caracteres: “una ruptura suficientemente neta en la evolución social; relaciones estrechas de inmediatez con los problemas políticos y sociales contemporáneos; información suficiente para permitir una cierta generalización y un esbozo de tipología”[10]. El historiador del tiempo presente puede proponer un hilo conductor, interpretar el acontecimiento y darle una densidad.
La historia del tiempo presente se identifica con la historia escrita por historiadores que han vivido en el tiempo en que han ocurrido los hechos de los cuales se ocupan, en donde se asoma a las interrogantes de su tiempo, no sin dificultades ni controversias[11].
Entonces, ¿qué es la Historia del Tiempo Presente? “La posibilidad de análisis histórico de la realidad social vigente, que comporta una relación de coetaneidad entre la historia vivida y la escritura de esa misma historia, entre los actores y testigos de la historia y los propios historiadores”[12], destacando que no existe una delimitación temporal estática o fija, sino dinámica y móvil. Así, el historiador se enfrenta con procesos abiertos, vigentes, inacabados, en desarrollo, lo que le supone una mayor dificultad y renovadas exigencias metodológicas. Pero aquello, más que verlo como una dificultad, es un desafío en la construcción de conocimiento y el aprendizaje de nuevas metodologías, especialmente para las nuevas generaciones de historiadores. Por ello, “basta de formar historiadores leyendo libros de historia, entreguemos herramientas metodológicas, teóricas junto a una formación acorde con los tiempos que vivimos, sólo así, no sólo conseguiremos más aliados para la causa de la Historia del Presente, sino que también contribuiremos a rescatar el verdadero sentido de la historia misma: el hombre”[13].
Es en este contexto de constante renovación y crítica historiográfica donde recobra importancia la historia política, pero desde nuevas perspectivas metodológicas y teóricas, pero, por sobre todas las cosas, a través de una comunidad de historiadores principalmente jóvenes que se interesan por un período que no les tocó vivir o están en desarrollo, pero sobre el cual reflexionan y problematizan en la historia del tiempo presente.
La tarea, el desafío y el combate por la renovación y actualización de nuestra historia están presentes. Por lo tanto, será tarea de nuestros estudiantes y futuros historiadores ir en búsqueda de la significación de temas y problemas relacionados, por ejemplo, con la historia oral, memoria, subjetividades, lenguaje político, cultura política, redes de poder, elites, etc.; es decir, una auténtica revaloración de la historia política nacional.
Entonces, desde una perspectiva general y tal como plantea el historiador mexicano Carlos Aguirre Rojas[14], ¿cuál es la pertinencia y utilidad de los estudios históricos al día de hoy?
- Reivindicar que la historia no es ya, ni será nunca más, la “ciencia que estudia el pasado”, alejada y hasta atemorizada preventivamente frente a los hechos y procesos del presente. La historia es una “herramienta” de diagnóstico y análisis del presente, que permite a la sociedad actual la autocompresión y explicación.
- Retomar la vieja sentencia de que la historia es maestra de la vida; es decir, hoy la historia constituye una actividad que da lugar a los más diversos encontrados usos sociales.
- La historia y las ciencias sociales se encuentran en un proceso de redefinición global de los saberes, de las ciencias sociales y de la historia científica.
- La importancia del autoexamen de la historia como una práctica cotidiana y permanente. El ejercicio de una reflexión de historia crítica de la propia historiografía más contemporánea.
- La lucha de la memoria contra el olvido: recuperar y mantener viva la memoria de su propia historia; es decir, la memoria de luchas y reclamos de los vencidos y clases subalternas.
- Ver la historia de un modo nuevo y diferente: incorporar dentro de los estudios e investigaciones a los grupos y clases subalternas: mujeres, obreros, campesinos, estudiantes, prisioneros, perseguidos, homosexuales, grupos étnicos, etc.
- La crítica permanente a la historia oficial, positivista, tradicional que si bien sigue estando presente en muchas universidades y centros de investigación de todo el mundo, lo hace sólo porque sigue siendo alimentada y promovida desde las esferas de los poderes políticos aún dominantes.
- Exponer con claridad los nuevos rumbos que debe transitar la “nueva historia”: explicar el conjunto de herramientas intelectuales y puntos de apoyo que habrá que utilizar en la construcción de esta otra historia, diferente y, por sobre todo, crítica.
- · Profesor de Historia y Geografía y Magíster en Historia por la Universidad de Concepción. Doctor © en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Académico del Depto. de Ciencias Históricas y Sociales, Universidad de Concepción. e-mail: monsalvez@gmail.com
[1] Pinto, Julio. Cien años de propuestas y combates: la historiografía chilena del siglo XX. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2006.
[2] Moyano, Cristina. MAPU o la seducción del poder y la juventud. Los años fundacionales del partido-mito de nuestra transición (1969-1973). Santiago, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2009, p. 62.
[3] Ulianova, Olga (editora). Redes políticas y militancia. La historia política está de vuelta. Santiago, Ariadna Ediciones, 2009, pp. 11-12.
[4] Fermandois Huerta, Joaquín. “Vigencia de la historia política”. En: Revista Dimensión Histórica de Chile, Nº 4-5, años 1987-1988, pp. 227 a 232.
[5] Moulian, Tomás. De la política letrada a la política analfabeta. La crisis de la política en el Chile actual y el “lavinismo”. Santiago, Lom ediciones, 2004, p. 12-13.
[6] Lechner, Norbert. Obras Escogidas. Santiago, Lom Ediciones, 2006, p. 477.
[7] Profesora Dra. Cristina Moyano Barahona. Programa curso Doctorado en Estudios Americanos, Universidad de Santiago de Chile año 2009: “Entre el pasado reciente y nuestro presente. Discusiones teóricas, metodológicas y estudios temáticos de la historia del tiempo presente”. Agradezco a su autora el acceso al programa.
[8] Aróstegui, Julio. La historia vivida. Sobre la historia del presente. Madrid, Alianza editorial, 2004, 445 páginas.
[9] Soto, Ángel. El presente es historia. Reflexiones de teoría y método. Santiago, Centro de Estudios Bicentenario Chile, 2006, 130 páginas.
[10] Soto, Ángel. Op. cit., p. 48-49.
[11] Soto, Ángel. Op. cit., p. 51.
[12] Ibídem, p. 54.
[13] Soto, Ángel. “Historia del presente: Estado de la cuestión y conceptualización”, En: Revista Historia Actual Online, España, Nº 3, invierno de 2004, p. 114.
[14] Aguirre, Carlos. La historiografía en el siglo XX. Historia e historiadores entre 1848 y ¿2025?, Barcelona, Editorial Montesinos, 2004.





Interesante, pero no sé que tan “nueva”. Además,se plantea con una conceptualización muy sesgada y subjetiva, incluso algo panfletera. Pero bueno igual es un aporte a una historiografía que requiere una teorización nueva.
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