Nacionalismo y Memorias de una guerra que no fue. Beagle, 1978. (Parte 1)[1]
Por Gonzalo Aravena Hermosilla.
En este texto me propongo tratar las repercusiones del nacionalismo chileno en el conflicto limítrofe que tuvo cercano a una guerra a Chile y Argentina en 1978, debido a su insanable diferencia de opinión respecto de la soberanía del canal del Beagle y sus islas adyacentes: Nueva, Picton y Lenox[2]. Como el tema nos remite a dos temas -el nacionalismo (teoría) y las memorias de la cuasi guerra (praxis)-, ésta columna será presentada en dos partes.
En primer lugar, el nacionalismo lo entiendo como un dispositivo instalado en la modernidad. Se trata de un conjunto de operaciones discursivas que operan en un momento histórico determinado, escurriendo y reproduciéndose por y para toda la sociedad. Por ello, sugiero comprender el concepto distanciándolo de la categoría de ideología, que encasillaría a este discurso como propiedad de una parcialidad, siendo que su forma de operar es en la totalidad.
Si revisamos la Historia podemos encontrar muchos ejemplos de regímenes capitalistas o neoliberales muy nacionalistas – como la dictadura Chilena – o modelos socialistas y comunistas que también han utilizado el discurso nacionalista para sustentarse, como la Yugoslavia de Tito. No tan sólo eso, hoy en día inclusive es posible encontrar empresas transnacionales que utilizan el nacionalismo para posicionarse dentro del mercado, como Coca-cola.[3] Es decir, el discurso nacionalista no es propiedad de ningún sistema político, económico o ideológico.Entonces, ¿cómo pretendo utilizar el nacionalismo? Simplemente como todo tipo de argumento que apele a la nación.
La premisa anterior obliga a cuestionarse acerca de qué es la nación, para lo cual planteo la tesis de que ésta es sencillamente lo que los nacionalistas quieran que sea. Me explico:
Si aceptamos la existencia de la nación como comúnmente se ha entendido en la actualidad[4] siguiendo el patrón europeo, vale decir, como “comunidad humana basada en el hecho del nacimiento y el linaje, con todas las connotaciones morales de ambos términos: nacimiento a la vida de la razón y las actividades de la civilización, linaje en las tradiciones familiares, formación social y jurídica, herencia cultural, conceptos y maneras comunes, recuerdos históricos, sufrimientos, aspiraciones, esperanzas, prejuicios y resentimientos comunes”[5], ¿Cuántas naciones en estricto sentido de su significado debiesen existir?
Si tuviésemos que seguir al pie de la letra este postulado toda Hispanoamérica debiese ser una nación: comparte el idioma español; se define racialmente como mestiza; en su historia registra un pasado precolombino, un periodo colonial, emancipación política y dictaduras, por nombrar algunos elementos; profesa la religión cristiana, etc.
Sin embargo, estriban en ella multitudes de diferencias culturales que hacen que esa clásica distinción de nación comience a perder asidero. Al respecto, me parece adecuado asumir lo propuesto por Ernest Gellner, quien plantea que esos factores no necesariamente deben ser imprescindibles entre sí, sino que con la predominancia de uno se pueden normalizar los demás llegando a un nivel de homogeneidad que permita considerar a tal o cual grupo como nación. Es decir, una construcción cívica normalizadora de acuerdo a los fines que cualquier grupo nacionalista persiga.
Por su parte la construcción de nación en Chile ha sido un proceso que se dividiría principalmente, y a modo expositivo, en dos bloques. Uno, el nacionalismo independentista y oligárquico de comienzos del siglo XIX – y que se expande por medio del azuzamiento a las masas a través de victorias militares y de la insipiente cultura letrada – y otro denominado el nacionalismo de masas, potenciado por una historiografía de historiadores criollos decimonónicos y republicanos permeada fielmente en los textos escolares difundidos durante gran parte del siglo XX, siglo en el cual la inclusión en el sistema educativo formal de la mayoría de las nuevas generaciones, con la consecuente alfabetización progresiva y masiva, generaría una asimilación de las lógicas nacionales mucho más totalizadora y permanente.
Hago hincapié en los textos escolares, puesto que considero a la educación formal como uno de los principales canales difusores de la idea de nación. Para poner esto en relación directa con los sucesos de 1978, baste ver los textos con los cuales se educaron los jóvenes soldados conscriptos chilenos que participaron del conflicto del Beagle aquel año.
El libro distribuido en la educación municipal para el quinto y sexto grado de preparatoria de 1964, fecha que coincide más o menos con la etapa formativa de los soldados del 78, abre a sus páginas diciendo:
“Niño: eres chileno, pero debes serlo de veras. Estudia la historia de Chile, admira a sus héroes, imita su ejemplo. Recorre después sus tierras, contempla sus montañas y lagos, lleva sus canciones en tus labios y en tu corazón el amor a tu PATRIA y su bandera”[6]
Más decidor aún es el texto empleado para el quinto año de humanidades de 1968 en adelante, el cual plantea:
“Los chilenos formamos una nación. ¿Por qué? Porque un fundamento histórico y una tradición forjada en esa historia común, nos mantienen unidos en un solo bloque. Tenemos un origen común: pueblo nacido de la fusión de dos razas, la española y la araucana, y libertado en los albores de siglo XIX. Tenemos, por lo mismo, comunidad racial y formamos una entidad bien característica, y tal vez la más homogénea de América. Nuestro idioma es uno: el que nos legó la madre patria; nuestras costumbres son las mismas: las que heredamos de nuestros antepasados conquistadores y las que a través de los años han ido formando nuestra idiosincrasia, y, por ultimo, hay una historia de más de dos siglos de coloniaje y más de uno de vida independiente que nos hace sentirnos solidarios con el pasado y decididos ante el porvenir”[7]
Como vemos, la lógica masificadora de la nación apela al recurso esencialista de la misma, olvidando el carácter moderno y ficticio de su construcción.
Aquello constituye el eje teórico de mi reflexión, restando ahora ponerlo en relación con la praxis. ¿De qué modo? Apelando a historia oral del “conflicto del Beagle” (parte 2).
[1] El presente texto es una adaptación de la tesis de grado homónima, presentada por el autor para obtener el grado de licenciado en historia en la Universidad de Chile en enero de 2009. El texto completo está publicado en http://www.cybertesis.cl/tesis/uchile/2008/aravena_go/html/index-frames.html
[2] Este texto debido a la necesidad de ajustarlo a un formato preestablecido, sobreentiende que el Conflicto del Beagle es un lugar común dentro del imaginario de la historia nacional chilena, por ello no busca una contextualización previa. Sin embargo sugiero, para quienes sea necesario, revisar las siguientes fuentes como primeras aproximaciones:
Documental “El año que vivimos en peligro”, realizado por el programa periodístico “Informe especial”emitido en señal abierta por Televisión Nacional de Chile, Santiago, 1999. http://www.youtube.com/watch?v=uCPdtUYcl8g
Documental “Operativo soberanía”, realizado por la productora argentina cuatro cabezas para la señal de cable ‘The history Channel’, Buenos Aires, 2006. http://www.youtube.com/watch?v=vjTDhp0WjBw&feature=related
Película. Bowen, Alex. Mi mejor enemigo. Filmosonido. Santiago de Chile. 2005. 105 m. http://www.youtube.com/watch?v=s9hpLhhVD2I&feature=related
[3] Dos sencillos ejemplos de esta relación pueden encontrarse en las campañas publicitarias que apelan a las selecciones nacionales de fútbol. Ver los siguientes casos:
Campaña publicitaria “sólo la selección puede unirnos tanto” utilizada para España http://www.youtube.com/watch?v=PNSzR-XOiS4 , México http://www.youtube.com/watch?v=pA0XtkA4NaU&feature=related , entre otros.
Campaña publicitaria chilena “yo creo en la roja, digan lo que digan” http://www.youtube.com/watch?v=p9t7bjI7FTo
[4] Para la Real Academia de la Lengua, la definición de nación tiene que ver con: 1. f. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno. 2. f. Territorio de ese país. 3. f. Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.
[5] Maritain, Jacques, El hombre y el Estado, Ed. Del Pacífico, Santiago, Chile, 1974, p. 30
[6] F.T.D, Ciencias Sociales, 5º y 6º de preparatoria, Ed. F.T.D., Santiago, Chile, 1964, p 5.
[7] Vio Valenzuela, Rodolfo, Educación Cívica (5ª año de humanidades), Ed. Nascimento, Santiago, Chile, 1968, p. 39.





[...] justificaba y consolidaba el sistema que a ellos movilizaba en ese entonces. Como decía en la parte 1, la historiografía decimonónica consagra un imaginario de héroes que pavimentaron la [...]
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