Por Fernanda Del Río Ortiz.
El día 21 de agosto del año recién pasado los diputados Antonio Leal, Fulvio Rossi y Ximena Valcarce presentaron en el Congreso un proyecto de ley que busca establecer el reconocimiento de los afrodescendientes de Chile como etnia[1]. Se trata de una iniciativa surgida a partir del trabajo sistemático de varias agrupaciones de afrodescendientes concentradas en la región de Arica y Parinacota, que desde el año 2000 han trabajado por rescatar y difundir sus raíces culturales, orientándose hacia la búsqueda del reconocimiento social y político[2]. Como producto del mismo esfuerzo se debe mencionar también el proyecto presentado un año antes para aprobar la instalación de un monumento a la afrodescendencia en la región del extremo norte del país.
Pero, claro está, sobre dichas instancias poco o nada se informó en los medios de comunicación nacionales y, más aun, la misma Cámara de Diputados ha dejado ambos proyectos detenidos hasta ahora.
Lamentablemente, sobre lo que se refiere a los africanos y afrodescendientes en Chile ha primado el silencio, el olvido y –como consecuencia de ello- hasta la ignorancia. Esto se ve reflejado en la lenta actividad parlamentaria, pero también en la memoria histórica e identitaria de los chilenos.
En la actualidad, para la mayoría de quienes vivimos en este país, resulta difícil aceptar que en Chile la presencia de sujetos de origen africano sea un fenómeno importante en términos numéricos y de influencia social o cultural, tanto en el periodo colonial como republicano; ya que en general no nos pensamos como sujetos mestizos por cuyas venas pueda correr algo más que sangre española e indígena en el mejor de los casos.
En la historiografía tradicional se han difundido ideas como que en Chile los africanos morían de frío[3] o que no resistían las enfermedades que los aquejaban desde que cruzaban Los Andes[4], instalándose estas concepciones con fuerza en una suerte de imaginario histórico nacional.
Es así como a la historiografía actual se le presenta un doble desafío. En primer lugar, el desafío de releer lo dicho antes sobre nuestras raíces africanas, replantearlo y reposicionarlo en “la Historia de Chile”; y segundo, la obligación de contribuir con ello al espacio de diálogo en el cual se está buscando, hoy en día, el reconocimiento y legitimación de quienes se autodefinen como afrodescendientes.
Y es que este último punto tiene un alcance práctico y político que va más allá de la simple enunciación de su existencia, ya que siguiendo la perspectiva trazada por la CEPAL, el reconocimiento étnico dice relación con la búsqueda de transformación de los mecanismos políticos, económicos y culturales que permitan una mayor equidad, tanto a nivel simbólico como material, a partir de una “ciudadanía ampliada, basada en la diversidad y en el reconocimiento a la legitimidad del otro”[5].
Todo esto apunta en primer lugar a la solución de problemas como la superación de la pobreza en grupos discriminados y marginados a los cuales se le presentan oportunidades limitadas; pero también a un ámbito muchas veces olvidado como es el de los derechos culturales, vale decir, aquellos que dicen relación con la lengua, la identidad, las creencias, etc. Asimismo, y trascendiendo nuevamente los aspectos materiales, se destaca que en materia política “el derecho a la organización y a la participación política, en un marco de reconocimiento y respeto a las identidades, puede ser tan importante para las personas como los otros derechos [como el trabajo, la vivienda, etc.]”[6].
Paradójicamente, los mismos organismos que han diseñado estas directrices y que apoyan el tema afrodescendiente en America Latina y El Caribe, no tienen como destino de cooperación a Chile, simplemente porque no se reconoce que existan en este país. De este modo, tanto a nivel nacional como internacional nos encontramos inmersos en un círculo vicioso, que sólo puede detenerse si se rompe el silencio respecto al tema, si se informa sobre el legado africano en Chile desde una perspectiva histórica, y si se da a entender la importancia actual de estas cuestiones.
Sin embargo, lejos de acercarnos a revertir esta situación se siguen reproduciendo lugares comunes que los excluyen y niegan como miembros de la llamada nación chilena, a través de un discurso público que se puede ver manifestado de forma clara y masiva, por ejemplo, en la educación escolar.
Mientras Santillana les dice a los alumnos de II Medio que sumados a españoles, criollos y mestizos, “[…] como base de la estructura social, encontramos a los indígenas, y a los negros traídos como esclavos desde África. [Pero que] Sobre la base de estos grupos sociales, excepto la población negra, se fue gestando la sociedad chilena […]”[7]; Icarito se conforma con mencionar únicamente que “[…] indígenas, mulatos y zambos integraban el nivel más bajo [y que] por su condición y origen, eran menospreciados, marginados […]”[8], sin profundizar en sus características ni mencionar a los africanos propiamente tal, sino sólo a su descendencia, y omitiendo cualquier tipo de explicación que dé alguna importancia a estos sujetos al momento de situarlos en la historia.
Si a esto sumamos las tradicionales afirmaciones sobre su limitada cantidad en el territorio, su alto precio y su poca resistencia al clima de la por entonces Capitanía General de Chile[9], no se hace muy difícil asumir que simplemente desaparecieron, que no hay afrodescendiente alguno en nuestro país, que simplemente no trascendieron, y que, por lo tanto, no hay etnia que reconocer en la actualidad.
Relacionado con estas mismas concepciones sobre el tema, y volviendo al proyecto de ley que “Establece el reconocimiento de la etnia afrodescendiente en Chile” -detenido en la Cámara de Diputados-, cabe destacar el se que haya presentado a partir del impulso de organizaciones de afrodescendientes que habitan en la región de Arica y Parinacota, territorio perteneciente a Perú durante el periodo colonial (e integrada oficialmente al territorio de Chile recién en 1929); donde, en consecuencia, podría aceptarse la proliferación de una población de origen africano sin necesariamente asumir que “Chile”, en general, tiene raíces negras y dejando en segundo plano, nuevamente, el legado afro derivado de la Colonia.
Aunque se estipula que la cultura de los africanos “[…] sí tuvo un papel activo en el desarrollo de nuestro país. No sólo en la región de Tarapacá sino que en Chile entero”, y que “Si bien hubo esclavitud en el centro y sur de Chile, ejemplificamos con la población afrodescendiente de Arica donde es más notoria aquella presencia hasta nuestros días”[10]; me parece que sigue quedando de manifiesto la necesidad de reivindicar esta esfera de la historia de Chile reconociendo que el legado cultural y –probablemente- genético de los africanos, involucra a lo que se ha constituido como nación chilena en su totalidad, y que negarlo más bien se acerca al racismo.
¿Será esto mucho pedir? Bueno, si es así al menos convengamos en que es justo devolver el derecho a preservar su cultura a aquellos que se autoreconocen como afrodescendientes, y que junto a sus ancestros han debido tolerar la chilenización de la región desde su integración al territorio; y comprendamos el absurdo que supone enseñarles en las escuelas una historia nacional que niega de plano su propia existencia. De ahí la importancia de las iniciativas de las organizaciones de afrodescendientes.
Sobre el resto de nosotros, tal vez muchos tengamos más de negro de lo que imaginamos, pero a aquellos a los que podría no gustarles la idea (por ejemplo a aquel 67% de los chilenos que dice ser completamente blanco, sin siquiera contemplar algún origen mestizo español-indígena según indica la encuesta Latinobarómetro 2009[11]) no se preocupen, con el actual estado de cosas es probable que nunca lo sepan.
[1] Boletín N° 6655-17, “Establece el reconocimiento de la etnia afrodescendiente en Chile”. Disponible desde Internet en:
[2]Sobre agrupaciones de afrodescendientes ver: www.legadoafro.com; y http://usuarios.lycos.es/oronegro/raza_negra.htm.
[3] Encina, Francisco, Historia de Chile, tomo V, Santiago, Editorial Lord Cochrane, 1988 – 1989, p. 165. Recoge esta misma idea Pinochet, Augusto, Síntesis geográfica de Chile, Santiago, S.N., 1963, p. 59.
[4] Encina, loc. cit.; Barros Arana, Diego, Historia General de Chile, tomo VII, Santiago, Imprenta Cervantes, 1886 – 1902, p. 447.
[5] Hopenhayn, Martín et. al. “Los pueblos indígenas y afrodescendientes en el nuevo milenio”. Serie Políticas Sociales n° 118, División de Desarrollo Social, CEPAL, Santiago de Chile, 2006, p. 8. Disponible desde Internet en: http://www.acnur.org/biblioteca/pdf/4559.pdf
[6] Idem.
[7] Historia y Ciencias Sociales II Medio, Santiago, Santillana, 2003, p. 80. Cursivas mías.
[8] http://www.icarito.cl/medio/articulo/0,0,38035857_152309033_344094609,00.html
[9] Para una síntesis de estos postulados ver Del Río, Fernanda, El lado negro de la historia de Chile. El discurso historiográfico sobre los africanos y afrodescendientes durante el siglo XIX. Tesis para optar al grado de Licenciada en Historia. Profesor Guía José Luís Martinez, Universidad de Chile, Facultad de Filosofía y Humanidades, Santiago, 2009.
[10] Boletín N° 6655-17, op. cit., nota 1.
[11] Este indicador corresponde a los resultados arrojados por la encuesta Latinobarómetro –realizada por la ONG nacional del mismo nombre y presentada en junio de 2009- según la cual un 67% de los chilenos se autodeclara blanco, y niega ser mestizo; frente a un 51% de población autodeclarada mestiza en México o un 80% en Ecuador, por ejemplo. Encuesta disponible desde Internet en: http://www.latinobarometro.org/
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