Paine: La persistencia de la denuncia, y la lucha por la verdad y la justicia
Por Juan René Maureira Moreno. [1]
“Que triste vive mi gente, desde el año 73’
Que triste quedo mi gente, desde aquel año tan cruel
¡Yo no lo puedo creer! Lo que pudieron hacer ¡Yo no lo puedo creer!
Que triste vive mi gente desde el año 73’…
Por caminos polvorientos,
…casi arrastrando sus pasos por el peso del sufrir…
…donde iban caminando apuntados por un fusil…
Se llevaron muchos hombres,
…y algunos hijos también ¡Yo no lo puedo creer!
Que triste quedo mi gente, desde el año 73’.”[2]
Este sábado 16 y domingo 17 de octubre, se realizó en Paine[3] una ceremonia muy particular. Después de 37 años de perseverancia, algunas familias de detenidos desaparecidos de Paine pudieron recuperar algunos restos óseos, muy pocos, pero lo suficiente para que pudiesen ser identificados por el servicio médico legal. Tras esa recuperación, se comienza –parcialmente- el tan ansiado proceso de duelo frente a muertes injustas provocadas intencionalmente por agentes del Estado, y por civiles de la zona. Nueve personas lograron ser identificadas a partir de los restos encontrados. Más de ochocientos restos sin poder ser identificados, han quedado en tres urnas fúnebres, como testimonio de la matanza ocurrida, y como un acercamiento –simbólico- a quienes no lograron ser identificados. Además, se encontraron algunas “muestras culturales”, que son fragmentos de ropa o de objetos personales. Mi familia logró recuperar los lentes de mi abuelo René y algunos trozos de su pantalón, algo frente a lo cual no puedo eludir el impacto producido, y los sentimientos encontrados que surgen frente a ello.
Este día (16 de Octubre) señala una fecha profundamente significativa para el pueblo de Paine.
Aquel día de 1973, René dormía con su esposa y sus hijos en su casa. Era de madrugada cuando golpearon fuertemente la puerta. Reconocieron al teniente Andrés Magaña, quién ordenó a René a vestirse y acompañarlos bajo el pretexto de que era requerido en Santiago para nuevos interrogatorios. René miró a sus hijos y a su esposa. Se fue en silencio, dejando sobre el velador su anillo de matrimonio, su reloj y su gargantilla. [4] Después que detuvieron a René, pasaron también por la casa de Andrés Pereira, para luego dirigirse al asentamiento 24 de Abril de Paine. Allí, con muchísima agresividad irrumpieron en los hogares de los campesinos, uno a uno fueron sacándolos de sus hogares. A doña Mercedes Peñaloza le arrebataron sus cuatro hijos hombres, más el esposo de su hija y el de su nieta. En el mismo lugar, Pedro Cabezas Villegas, esposo de Teresa Farías fue también detenido. Más tarde, pasarían a Nuevo Sendero donde detuvieron entre otros, al papá de la Sra. Luz, don José Castro Maldonado.
En total secuestraron a 23 hombres esa noche. A sus familias, los militares les dijeron que simplemente serían llevados a declarar. Por ello, a la mañana siguiente, al ver que los detenidos de esa noche no llegaban, sus familiares saldrían a buscarlos con la esperanza de recuperarlos con vida, iniciando una larga e incesante lucha que continúa hasta la actualidad. Sin embargo, lo que ocurrió realmente estaba muy lejos de la vergonzosa e insensata mentira que elaboraron los militares. Sólo muy recientemente, gracias a las gestiones de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos de Paine, de los abogados a cargo del caso, y del Juez a cargo de la investigación, en el año 2008 recién pudo establecerse la verdad de los hechos:
A raíz de la confesión de Andrés Magaña, quién dirigió el operativo esa madrugada y el relato de otros conscriptos confesos que participaron esa noche, se constató que luego de lo ocurrido, se dirigieron rumbo al poniente, viajando por varias horas hasta llegar -cuando ya amanecía- a una quebrada cercana al lago Rapel.[5] Allí obligaron a bajar a los detenidos y los hicieron cavar una fosa. Inmediatamente después, los militares los ejecutaron a todos, se aseguraron de matarlos, y dejarlos bajo esa tierra fría y ajena al calor de sus hogares. Esa noche determinaría, lamentablemente para muchísimas familias, la ausencia de un papá, un hermano, un hijo. La interrupción para siempre de proyectos personales y familiares. En muchos casos el sufrimiento económico, la estigmatización social, la discriminación. Determinaría que la vida de tantas personas, y de un pueblo, no volvería a ser como antes.
No fue sólo esa noche. Se trataba de operativos sistemáticos implementados en la comuna de Paine (y en todo Chile) que llenaron de miedo y de terror a la población a través del uso intensivo de una violencia que se desató sobre el pueblo, alcanzando los extremos suficientes para acabar con la vida de setenta personas, y para erosionar profunda y permanentemente el entramado social de la comunidad tanto en su dimensión privada como pública. La violencia y el terror arraigaron intensamente el miedo y el pánico en la zona. Es probable que lo que más duele a Paine además de la pérdida injustificable de setenta personas, es que quienes hayan pensado y perpetrado esas muertes, asesinatos y secuestros sean habitantes de la zona, gente conocida, que aún con diferencias sociales y políticas, se cruzaban en el espacio público día a día. Esa impotencia de cruzarse con quienes destruyeron a las personas, a la familia, y a la comunidad, es la que impregnó de miedo y angustia a su gente.
La magnitud de la violencia y de la represión en Paine fue, a lo menos, impactante para muchas personas. Poco después, comenzó a saberse en Santiago y en otros lugares, que en Paine se había desatado un verdadero exterminio durante los meses de septiembre y octubre. Las palabras del Abogado Andrés Aylwin son esclarecedoras en ese sentido:
“Por las denuncias que comenzamos a recibir a partir de octubre de 1973, nos dimos cuenta desde el principio que allí había un proceso de revancha en contra de los dirigentes campesinos que habían promovido la Reforma Agraria. Eran personas claramente seleccionadas y contra ellos se alzó la mano de la nueva autoridad para aplastar todo el movimiento opositor.” [6]
Por ello es que se conoce el proceso acontecido en Paine como una Venganza Latifundista, ya que lo que ocurre después del golpe en Paine no tiene características de una confrontación, sino –como señala Aylwin- de “revancha”.[7] Desde mi análisis, la violencia incluso trasciende el sentido único de venganza, hacia más bien una recuperación del poder político y de facto en la zona, en forma de escarmiento contra quienes pretendan amenazar dicho poder. Un ejemplo de ello es la siguiente cita:
“…desde una camioneta amarilla bajaron varios civiles armados, entre ellos Claudio Oregón, los hermanos Hugo y Fernando Aguilera y el carabinero Jorge Gonzáles. Entre todos tomaron a Pedro, lo arrojaron al suelo y lo golpearon hasta que la gente intervino pidiendo por él. -¡Ustedes no se metan si no quieren que les pase lo mismo, ahora mandamos nosotros, así que mucho cuidadito!… y lo subieron al vehículo que se perdió en dirección desconocida.”[8]
Este carácter castigador que se arrogan los civiles con mayor poder en la zona tenía por finalidad demostrar públicamente la violencia agresiva, física, brutal, de tal modo de causar un efecto secundario de miedo en quienes presencian la acción[9], y en ese contexto, todos no había otra opción que la de someterse a quienes controlaron el poder de las armas y gozaron de la autorización para hacer uso de una violencia absolutamente injustificada e ilegítima, que dañó de una manera estructural a una pequeña localidad de Chile.
Como consecuencia de estos procesos, la actividad política y social quedó signada con la muerte y el horror, de ello da cuenta no sólo los testimonios que vivieron esos momentos, sino también el propio desarrollo histórico y social de la comuna. La falta de actividad política en la comuna, de participación cívica, de un proyecto comunitario o de actividades públicas es un fiel reflejo de la pérdida de la asociatividad cívica entre sus habitantes.
Mi intención ha sido aprovechar este espacio para denunciar una vez más lo ocurrido en Paine, y recordar a los lectores que hasta la fecha aún no se ha dictado una sentencia definitiva para los responsables directos y/o intelectuales de tanta violencia y muerte injusta. Aunque se ha logrado avanzar muchísimo en los procesos, la necesidad de hacer justicia y establecer la verdad sobre lo ocurrido es imperativa, ya que determinará en gran medida si nuestra sociedad es capaz de enfrentar lo que nunca más puede volver a ocurrir, y demostrar que es capaz de garantizar la integridad de sus ciudadanos, sobre la base de no permitir que triunfe la impunidad por sobre la necesidad de hacer justicia.
No puedo dejar de mencionar, que aún hay sectores de la sociedad chilena que pretenden justificar y/o legitimar estos aberrantes crímenes. Peor aún, tanto civiles como militares que tienen información sobre estas situaciones, en lugar de colaborar con el esclarecimiento de esta realidad, han optado por establecer absurdos pactos de silencio que son, sencillamente, un insulto a la dignidad de nuestra sociedad. Hace unos meses se hablaba del Indulto Bicentenario, aun cuando la mayoría de las personas y las instituciones involucradas en las violaciones a los Derechos Humanos, no han pedido perdón, no han mostrado arrepentimiento, y ni siquiera han colaborado con la información que poseen, fundando su defensa sobre la arrogancia y la desvirtuación de una realidad histórica que a estas alturas, negarla o justificarla, es más bien un acto de descaro.
Es de esperar que después de tantos años, cuando con muchísimas dificultades se han logrado avances significativos en esta materia, y aun cuando queda muchísimo más por hacer; podamos sentirnos al menos en tranquilidad de que nuestro Estado, nuestro país, y sus instituciones, no arremeterán con la fuerza que hemos delegado en ellas, contra los derechos, contra la dignidad, o contra la vida de sus ciudadanos. Debemos permanecer atentos, ya que tanto la tragedia de los mineros, la huelga de hambre de los mapuches, o el reciente intento de golpe de Estado en Ecuador, nos obligan a observar y trabajar para que nuestra integridad como seres humanos, sea siempre y ante todo, respetada por todos los sectores de la sociedad y sus instituciones políticas.
[1] Texto basado, mayoritariamente, en la investigación realizada en el marco de la tesis: Maureira Moreno, Juan René. Enfrentar con la vida a la muerte. Historia y memorias de la violencia y el terrorismo de Estado en Paine (1960-2008). Universidad de Chile. Facultad de Filosofía y Humanidades. Departamento de Ciencias Históricas. (Version on line: http://www.cybertesis.cl/tesis/uchile/2009/maureira_j/html/index-frames.html)
[2] José Manuel Gonzáles, joven cantautor de Paine; sobrino de Luis Gonzáles, Detenido Desaparecido.
[3] Paine es una comuna ubicada a 45 km. al sur de Santiago de Chile.
[4] Verdugo, Patricia. Tiempos de días claros: los desaparecidos. CESOC, Ediciones Chile América. Santiago, 1990.
[5]La Nación.cl. La confesión de Andrés Magaña. Jueves 27 de septiembre de 2007. [http://www.lanacion.cl/ prontus_noticias_v2/site/artic/20070926/pags/20070926221101.html] (Sábado 30 de septiembre de 2007).
[6] Verdugo. Op. Cit. p. 20
[7] Weitzel, Ruby. El callejón de las viudas. Editorial Planeta. Santiago de Chile, 2001
[8] Ibíd. p.28. El destacado es mío. Quise resaltar el carácter punitivo y de escarmiento, de la violencia propiciada por los civiles en Paine.
[9] En ese sentido, no se muestra sólo lo que no debe hacerse sino también a quienes hay que obedecer, construyendo frente a la idea de la amenaza del uso de la fuerza, figuras de autoridad completamente paralelas a las que tradicionalmente el Estado les otorga ese derecho.






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En este tiempo este tema nos retrotae a un triste momento que ocurrio en nuestro pais y principalmente en Paine, lamento que aun no exista una intencion clara y definitiva de Justicia “no olvidar” lo ocurrido durante la dictadura militar.
Gracias Ramón por tu comentario, concuerdo contigo, Hay que continuar trabajando para que este tipo de situaciones no se vuelvan a repetir. Saludos!
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