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Reflexión en torno a la Memoria, la Historia y el Poder.

18 mayo 2010 434 visitas Sin Comentarios

Por Enrique Riobó Pezoa.

Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales. Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en el que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta el presente, he mantenido en secreto. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto lugar en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí.”[1]

Esta cita de Eduardo Sacheri, habla de algo que para muchos puede ser tan banal como un partido de fútbol, sin embargo, me sirve para poder ilustrar un punto fundamental para el oficio de historiador. Es muy probable que todos tengamos recuerdos como el que Sacheri describe; perfectos, inmaculados, inolvidables y completos. Para el autor, el triunfo de Argentina ante Inglaterra gracias a Maradona, es uno de ellos. Sentirse involucrado en momentos como el descrito es lo que, finalmente, nos marca como individuos, pero también como sociedades. Es también lo que, como historiadores, condiciona tanto el fondo como la forma de nuestra producción.

¿Y por qué hablo de esto?, básicamente porque creo que parte importante del oficio que ejercemos –o buscamos hacerlo- tiene como una de sus principales herramientas, el control de estos momentos, la posibilidad de crear -o destruir- memoria social, la posibilidad de empoderar grupos humanos, de legitimar –o deslegitimar-acciones, a través de –entre otras muchas cosas- el recuerdo de momentos como éste.

Para seguir con el mismo ejemplo, Sacheri nos plantea que para él, Maradona es casi intocable, porque lo que a él le produjo en ese momento, en esos noventa minutos de perfección, fue impagable, una pequeña venganza, una victoria de David contra Goliat, de los pobres, de los otros, de los sudamericanos, contra los ingleses, contra los ricos, los europeos.[2] Fue una victoria del dominado frente al dominador. Ocurrió en un lugar muy poco importante para quien no entiende de fútbol, es algo intrascendente para algunos, pero tremendamente significativo para muchos otros.

En ese sentido nos damos cuenta de un primer elemento: la importancia de la subjetividad en la percepción de los momentos vividos, es decir, que los recuerdos de distintos participantes de la misma acción, tienden a ser diferentes. De esta manera, puede haber momentos donde la subjetividad con que se recuerda un momento específico -importante- condiciona completamente las propias ideas, valores, creencias y convicciones previas al mismo, lo que se puede ver claramente en el cuento de Sacheri.[3]

De esta manera, vemos como se puede hacer el mismo ejercicio dentro de contextos más sociales, así como el recuerdo hace relativizar al autor sus convicciones ético-morales. Dentro de la sociedad puede ocurrir algún fenómeno parecido, ya que, existen ciertos momentos definitorios en la memoria de los distintos grupos sociales, que tienen el efecto que Sacheri describe. Sin embargo, es claro que hablamos de dos contextos diferentes, y el cuento utilizado como pivote de esta columna no está solamente mediado por la memoria, sino también por estrategias narrativas, por identidades nacionales y por un contexto histórico y deportivo[4] bien específico, ante lo cual resulta mucho más matizada esta dinámica en el ámbito social que en el individual.

Se podrían citar desde victorias deportivas[5], hasta coyunturas políticas[6] o convicciones religiosas[7]; pero para ejemplificar lo expuesto me parece que algunas visiones con respecto a las violaciones de derechos humanos durante la dictadura, muchas veces venidas de sectores ultra conservadores y ultra católicos, puede ser decidora. Probablemente mediados por –entre muchas otras cosas, claro está- el recuerdo del gobierno de Allende y luego de la dictadura, una parte importante de la población, hace vista gorda de las violaciones a los derechos humanos acaecidas entre 1973 y 1990, cosa completamente contradictoria con los cánones morales defendidos por muchos de ellos.

Dentro de casos como estos, la historia y más específicamente el historiador, comienza a mediar las maneras de recordar por parte de la sociedad –o parte de ella-, y tiene, por ende, una posición de poder en torno a estas dinámicas ya planteadas. Si la memoria individual o social de los momentos vividos condiciona las prácticas, a su vez la historia, como posibilitadora de memoria de los momentos no-vividos, puede tener parecida consecuencia. En ese sentido, es que el historiador mantiene una posición de poder, ya que, puede condicionar las prácticas de ciertos grupos sociales acorde a la interpretación de tal o cual momento histórico. Éste tiene la posibilidad de sublimar momentos específicos no vividos, algo especialmente peligroso cuando no se explicita que todo trabajo historiográfico pasa, necesariamente, por el cedazo de la subjetividad –tanto de las fuentes como del autor-. En este aspecto, hacer uso de un “recuerdo objetivo”, es un elemento conflictivo al objetivar y absolutizar lo que no es, al imponer ciertas convicciones y subjetividades de grupos sociales generalmente dominantes al resto de la sociedad. En los casos anteriores se hablaba de cómo la memoria puede generar rupturas con la norma, pero vemos también como se puede dar el caso contrario.

Así, en un contexto como el del bicentenario nacional, podemos ver, como se ensalzan momentos que serían definitorios para la identidad chilena, de personajes y de acciones que, en otros contextos, serían totalmente objetables, y sin embargo, muchas veces se plantean en términos más cercanos a los de Sacheri para hablar de Maradona que con la rigurosidad necesaria como para estudiarlos y plantearlos críticamente.

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[1] Sacheri, Eduardo. “Me van a tener que disculpar”. Versión digital disponible en: http://www.elortiba.org/pasach.html#Me_van_a_tener_que_disculpar__ (Revisado el 17/05/10)

[2] Hay que tomar en cuenta que dicho partido fue algunos años después de la Guerra de las Malvinas, y por ende no fue sólo una justa deportiva, sino que tuvo también, algún cariz político.

[3] Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo […] Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. (Ibíd.)

[4] Cabe señalar que el partido al que se refiere el autor es donde se habría hecho “el mejor gol de la historia”.

[5] En el periodismo deportivo chileno, es bastante común hablar de cómo en nuestro país, no se cuida a los ídolos, muchas veces sin importar cual sea su vida personal, y que tan objetable pueda ser para los cánones normales de la sociedad.

[6] Por ejemplo la defensa de crímenes durante y después de distintas dictaduras.

[7] El caso del cura Karadima, que existan personas que lo defiendan aún, sus feligreses especialmente, contra diversidad de testimonios en su contra.

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La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor”

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