Sobre las perspectivas de socialización de una historiografía indiferente.
Por Fernanda Del Río Ortiz.
Hace unos días fue publicada en esta misma página la columna de nuestro compañero Andrés Rojas Böttner, quien señalaba en aquella intervención la necesidad de “re-posicionar a la historia”[1] y, la verdad, estoy de acuerdo con gran parte de lo que apunta respecto a cómo (no) se difunde o (no) se posiciona públicamente la historiografía.
Sin embargo, antes de preguntarnos sobre los contenidos a generar o los soportes a utilizar para transmitirlos al conjunto de la sociedad, creo que debemos preguntarnos para qué y para quién está realizando su trabajo el historiador, e intentar mirar desde allí algunos de los obstáculos auto-impuestos por el oficio.
Según mi forma de ver, en gran parte de la Academia parece resonar la idea de que el historiador es aquel que es considerado por otros historiadores como tal, en tanto sus obras operan dentro de los límites establecidos por y en la misma Academia[1]. Ya lo señalaba Michel De Certeau cuando se preguntaba: “¿cuál es la ‘obra de valor’ en historia?”, y respondía: “La que es reconocida por sus pares”[2]. Esta afirmación es ya lo bastante clara, pero llega a ser aún más explícito cuando señala: “El público no es el verdadero destinatario del libro de historia, aún cuando sea su apoyo financiero y moral”[3].
Según esta opinión, el verdadero destinatario de la producción de los historiadores no es otra que el reducido público especializado, vale decir, otros historiadores; ya que si un trabajo no es primordialmente reconocido por la Academia caería en una vulgarización, perdiendo incluso su calidad de trabajo historiográfico.
En lo personal, me parece claro que si se escribe historia partiendo de estas concepciones, difícilmente se puede alcanzar alguna relevancia en un nivel social amplio, sencillamente porque la producción no se está orientando a ello desde sus orígenes, desde el momento en que el historiador piensa aquello que luego transmitirá a través de su pluma.
Lamentablemente, según percibo, esta idea es más que una cita de un autor específico, sacada de un libro en particular. Se trata en cambio de una idea que, de manera muchas veces inconciente o hasta involuntaria, se termina reflejando en casi todo producto derivado de la Academia.
¿Cómo se refleja esta “indiferencia” del mundo académico? Se pueden mencionar varios elementos, pero en esta ocasión quiero destacar uno en particular: el lenguaje utilizado. Incluso para mí, mientras escribo estas líneas, es difícil librarme del hábito de la escritura academicista. Eso no lo puedo negar, sin embargo, si no tenemos entre nuestras metas el lograr transmitir de manera comprensible lo que planteamos, entonces la respuesta a por qué la historia no encuentra un eco masivo se vuelve bastante obvia.
Esto me resulta inquietante, pues creo que el trabajo del historiador sólo tiene sentido en tanto desempeñe una función para la sociedad de la que forma parte. Pienso en lo importante que es, que el conocimiento generado por los historiadores alcance a la gente, que la identifique, que le haga sentido pues, para mí al menos, las posibilidades que el historiador puede abrir obligan a que su trabajo se difunda.
Al hablar de estas posibilidades me refiero principalmente a la alternativa de cuestionar o al menos abrir una perspectiva analítica a aquello que se nos intenta mostrar como natural e incuestionable, que por estar institucionalizado aceptamos sin más, pues creo que la historia puede ayudar a emprender la tarea de revelar “las discontinuidades que nos atraviesan”[4]. Esto permite librarse de la idea de que “las cosas siempre han sido así” y de que, por lo tanto, no se pueden modificar o mejorar.
Pero, como contraparte, se puede observar la existencia de determinados contenidos historiográficos con fines opuestos a los señalados, es decir, que responden a la ‘necesidad’ de legitimar y justificar el orden de cosas establecido, mantener el status quo en las relaciones de poder; y de los que frecuentemente se hace uso en discursos oficiales y festividades nacionales, configurando una suerte de “sentido común historiográfico”[5]. Es lo que se ha dado a llamar ‘historia oficial’, la que encuentra entre sus ejemplos más emblemáticos las historias nacionales latinoamericanas[6].
Así las cosas, no podemos decir que la historiografía en general no llega a la gente. Hay una historiografía de masas y es ella la que se plasma en la conciencia y memoria colectiva de la gente.
En este sentido, entonces, el problema no sería tanto que la historiografía no se difunda (aunque la dimensión alcanzada sigue siendo insuficiente, no lo niego); sino que radicaría más bien en los contenidos y objetivos perseguidos con dicha difusión, que lejos de aportar e incentivar la reflexión autónoma y el entendimiento, aparece orientada a homogeneizar conciencias y actitudes.
Lamentablemente, es aquel tipo de historiografía la que tradicionalmente encuentra la manera de ser comunicada de forma efectiva y amplia, debido a que se trata de una producción pensada para la recepción, comprensión y persuasión de las personas; vale decir, se elabora pensando en el público a la que se dirige.
Si la comunicación y socialización del conocimiento historiográfico se quiere ampliar, mejorar, cambiar o lo que sea que se pretenda, el historiador debe hacerse cargo de la labor que lo obliga con el público “no-especializado”. Como dice Hobsbawn, “Todos los historiadores contribuyen, conscientes o no, a la creación, desmantelamiento y reestructuración de las imágenes del pasado que no sólo pertenecen al mundo de la investigación especializada, sino a la esfera pública del hombre como ser político”[7].
Pero, insisto, para que esto sea efectivo debe existir primero un interés real por llegar a las personas; y con esto me refiero a personas en general, y no sólo a estudiantes de historia y profesionales del área. De lo contrario creo que el oficio del historiador tiene poco o ningún sentido, ya que debiese ser quien mejor comprenda la importancia de actuar en la historia en lugar de sólo estudiarla. Darle una utilidad social más amplia a este trabajo sería para mí un primer y necesario paso, ya que –pienso- el historiador, por su oficio, “está encargado de entregarle a una sociedad su memoria, sus vínculos con su pasado –con el fin de que pueda vivir mejor en el presente-“[8].
En síntesis, creo que si el historiador no se orienta a un público y a un fin social, sus preguntas en el presente y las respuestas tentativas que les pueda entregar en el estudio del pasado, devienen, en mi opinión, en un fetiche.
[1] Esto me parece que inevitablemente establece un vínculo con lo que dice Foucault respecto a las disciplinas, las cuales considera un principio de control discursivo, que establece límites para lo que se puede decir, la forma como se dice y las reglas con que se opera. Foucault, Michel, El orden del discurso, Barcelona, Tusquets Editores, 1999, p. 38.
[2] De Certeau, Michel, La escritura de la historia, ED. Departamento de Historia, Universidad Iberoamericana, México, 1993, p. 76.
[3] Ibid., p. 75.
[4] Foucault, Michel, “Nietzsche, la généalogie, l’histoire”, p. 154. Citado por Farge, Arlette, Lugares para la historia, Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2008, p. 14.
[5] Grez, Sergio, “Historiografía, memoria y política. Observaciones para un debate”. En Cuadernos de Historia nº 24, Santiago, Universidad de Chile, marzo 2005, pp. 107 – 121.
[6] Ver Colmenares, Germán, Las convenciones contra la cultura. Ensayos sobre la historiografía hispanoamericana del siglo XIX, Santiago, Centro de Investigaciones Barros Arana, 2006.
[7] Hobsbawn, Eric y Ranger, Terence (Editores), La invención de la tradición, Barcelona, Crítica, 2002, p. 20.
[8] Farge, p. 19.
“La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor”


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Podemos estar en acuerdo o no con lo planteado, sin embargo, siempre la historia ha sido y seguira siendo una ciencia. Partiendo de esa base, me parece que la pregunta es como acercamos las conclusiones y/o investigaciones que realice ésta. El lenguaje academicista en el que se cae, claro que cierra las posibilidades de un público más amplio de comprender dicho estudio, no por que no esten capacitados para la comprensión, si no más bien por las habilidades que se le han desarrollado en los colegios.
Coicido plenamente en que debemos enfocar la historia y establecer cuales serán sus objetivos y a que grupo pretende llegar, ya que una vez más doy la razón a Fernanda, para que un estudio histórico adquiera validez debe estar enmarcado en lo que la academia establece como historia.
Hay que difundir, sin olvidar que la historia es de los pueblos y de los hombres y que somos todos quienes construimos historia, por lo tanto la historia debe ser interpretada, estudiada, y comprendida por todos, de lo contrario estamos entrando en una nueva brecha, aún peor que las presentes ya en nuestra sociedad, que es la brecha del conocimiento, la cual mantiene el status quo en el cual se encuentra sumida cada una de las personas.
Me perdonara el compañero de arriba, pero no creo que haya que aplicar el eje axiomático de lo científico a lo que se conoce como Historia. Yo creo que de esa manera difícilmente podremos establecer reales puentes con los concretismos de la realidad social de la que muchas veces queremos hacernos participes quienes hacemos algo de historia.
Si la base de la ciencia esta, como lo dice Fernanda, en el real apoyo que causa dentro de la Academia (con A mayúscula para que no se sientan los pobrecitos) las ideas novedosas y bien escrituradas que se desarrollan en el seno de nuevas mentes, regocijadas al amparo de ellas, difícilmente podremos encontrar escapatoria a la situación de desavenencia que se produce entre el ethos social y la producción de Historia.
Esto porque la Academia, querámoslo o no, está acostumbrada a cifrarse en una normativa lingüística que se ampara en el real valor de un cierto proceso disciplinar (látigo, sotana, control de mentes: la cuestión sigue girando en torno a la violencia que, en este caso, es epistémica) que surge de la motivación de poder. Es el poder de los dioses académicos el que incita un real apoderamiento de lo que debe y no debe suponerse como ciencia y -¡cómo no!- de cambio social dentro del tramaje de lo histórico y, en último caso, político.
De esta forma lo que no cabe como propuesta de confección de una cierta regla (positivista, estructuralista, la que sea) no puede erigirse como un texto valido en términos historiográficos, sino meramente evaluada como un ensayito o, en el mejor de los casos, literatura barata con la cual limar asperezas de bonitas notas universitarias que no se condicen con una real significancia de valoración reciproca del trabajo de pensamiento que hay atrás.
Es este trabajo el que, pienso, no ha sido verdaderamente comprendido en su cabalidad. Si la ciencia nos ha enseñado algo, eso es respetar a los mayores. Nuestra base de escritura o de posicionamiento colectivo intelectual, siempre ha girado en torno a nuestros maestros y, ya casi en última instancia, hacia la materialización que se hace a nuestro rededor estudiantil respecto a los trabajos que se están elaborando o las temáticas que se están instruyendo en esas mentes ávidas de conocimiento.
Hago, por ejemplo, un ejercicio no menor de análisis. Quiero que se piense en cuanto se lee de estudiantes (tesis, ensayos, reflexiones, propaganda: historia) en los años de duración de la Universidad. Yo creo que si ese porcentaje llega al 30%, es aventurablemente una hazaña. Es innegable que no nos leemos, no nos preguntamos y nuestro trabajo se liga siempre al otro a través de lo que nuestros maestros, peces de gran tamaño y enorme poder, ligan como necesario de que se conozca y sepa.
Yo pienso (para redondear este conciso comentario) que una de las salidas novedosas a esta enorme problemática de socialización pasa por conocernos, por entablar círculos de lectura, por mirarnos y aprender ya no de forma vertical, sino horizontal, de vernos el ombligo de lo que nos sucede y, desde ahí, esclarecer que tipo de propuesta de Historia queremos ligar como eje de acción concreta hacia lo público.
Pienso que de otra manera, estamos fritos en la cientificidad que no nos hace avanzar a nosotros, sino al modelo de intelectualidad que ellos quieren.
Comparto lo expuesto por Fernanda Del Río Ortiz , así como también considero muy claro, concreto y acertado el comentario de Sebastian Santana.
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