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	<title>Estudios Históricos &#187; Bicentenario</title>
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		<title>Revisitando y reescribiendo los estudios sobre la Independencia. Nuevas tendencias y miradas provinciales.</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Mar 2011 06:10:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por Nicolás Lastra
Tras la conmemoración del Bicentenario, reflejado en el ámbito historiográfico en una vuelta a los estudios sobre las temáticas de la formación de la nación, se nos han develado ciertas problemáticas y nuevos cambios de enfoque del mismo objeto de análisis. Dentro de ello, el proceso de formación de las naciones latinoamericanas propiamente tal ha sido estudiado desde diversas perspectivas historiográficas, que han enriquecido el análisis. Nos concentraremos en dos enfoques a continuación. En primer lugar, la nueva historia política que ha destacado el debate en torno a ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><strong>Por Nicolás Lastra</strong></p>
<p style="text-align: justify"><a href="http://www.estudioshistoricos.cl/wp-content/uploads/2011/03/Independencia.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-4960" src="http://www.estudioshistoricos.cl/wp-content/uploads/2011/03/Independencia.jpg" alt="" width="397" height="278" /></a>Tras la conmemoración del Bicentenario, reflejado en el ámbito historiográfico en una vuelta a los estudios sobre las temáticas de la formación de la nación, se nos han develado ciertas problemáticas y nuevos cambios de enfoque del mismo objeto de análisis. Dentro de ello, el proceso de formación de las naciones latinoamericanas propiamente tal ha sido estudiado desde diversas perspectivas historiográficas, que han enriquecido el análisis. Nos concentraremos en dos enfoques a continuación. En primer lugar, la nueva historia política que ha destacado el debate en torno a los temas conceptuales que encierran estos complejos procesos relacionados con los estados nacionales<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn1">[1]</a>. Así también, la Escuela de Cambridge se ha alzado como una de las tendencias más significativas en los últimos años, refiriéndose al reestudio de los vocabularios políticos, dándoles una nueva visión, justificada en el estudio de los contextos y de las cadenas de significación de ellos.<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn2">[2]</a></p>
<p style="text-align: justify">Es así como en el período que va de la Independencia hasta la llamada organización política de los Estados latinoamericanos, se suscitaron diversas discusiones sobre conceptos como soberanía, orden, libertad, legitimidad, entre otros, por parte de actores que, al ver que ya no formaban parte de la monarquía española, buscaban darles un nuevo rumbo a estos nacientes Estados. La importancia de la nueva historia política en relación a estas discusiones es aportar un nuevo nivel de análisis, enfocándose en el estudio de estas problemáticas puramente conceptuales y, a su vez, viendo cómo ellas reflejaban la evolución de una sociedad que pasó de ser dependiente de España a independiente en un corto lapso. Por otro lado, la Escuela de Cambridge, si bien en el ámbito latinoamericano, aún está en proceso de desarrollar sus investigaciones, ha tildado los análisis anteriores de un modo revisionista, por lo cual esboza un cierto desafío a considerar a futuro.</p>
<p style="text-align: justify">Este debate, en el caso chileno, ha resaltado una de las falencias de la historiografía nacional, la cual ha pecado al ser notoriamente centralista en la descripción de los años post Independencia. Una de las características principales del proceso de construcción del Estado chileno y de la conformación de un sentimiento nacional es que éste ha sido guiado, preferentemente, por el rol central de la ciudad de Santiago. Sin embargo, el estudio de este mismo proceso debiera efectuarse en paralelo con el surgimiento de poderes locales, que reaccionan y hacen frente a esta “omnipotencia” demostrada por los capitalinos en este primer momento. Lamentablemente, las historias generales sobre el período han seguido resaltando este punto de vista capitalino y central<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn3">[3]</a>, en el cual poco y nada se ha resaltado, y estudiado, el rol que cumplen las provincias en este momento. Este problema es advertido por la destacada historiadora María Angélica Illanes, quien en su obra <em>Chile descentrado: formación socioeconómica y transición capitalista. 1810-1910<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn4"><strong>[4]</strong></a></em> nos entrega ciertas claves al momento de justificar la idea de “descentralizar los estudios”, y encontrar en ello las falencias de la historiografía chilena al respecto.</p>
<p style="text-align: justify">La nueva historia política es también una historia centrada en un análisis de conceptos. Conceptos que sin embargo, serán puestos en duda por la Escuela de Cambridge, principalmente, por la forma en la cual éstos han sido tratados: vistos como inmóviles en el tiempo y portadores de un sustrato teórico fundante. Al verlos de esta forma, se pueden obviar las diferencias que existen en el tratamiento de estos conceptos en las provincias, si seguimos con la lógica de descentralizar la mirada al período. Principalmente, estamos hablando de la noción de soberanía<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn5">[5]</a>, ya que en torno a ella notamos ciertas diferencias en relación a cómo lo consideran las provincias en cuestión. También hacemos referencias teóricas sobre las nociones de libertad y orden<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn6">[6]</a>, consideradas, según una mirada a fuentes provinciales de Coquimbo y Concepción, como un concepto violado por el pueblo de Santiago. Ante ello, las provincias vienen a considerarse un pueblo soberano, que es aquel cuyo objetivo radica en lograr defender su libertad ante el invasor<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn7"><sup><sup>[7]</sup></sup></a> y, así, mantener el orden; en este caso, Santiago viene a contradecir esta definición, ya que con sus decisiones políticas centralistas viola la soberanía de las provincias. El orden se refleja en el mantenimiento de la libertad y, por ende, de la soberanía del pueblo. Esta forma de marcar diferencias conceptuales y presentar a Santiago como un déspota tirano es un indicio de la búsqueda de consolidar poderes locales, que hagan frente a la imprudencia del poder central.</p>
<p style="text-align: justify">Todo lo anteriormente puesto en entredicho no refleja una idea de concepto como un sustrato, planteado por la nueva historia política. Este enfoque, si bien posee unos trabajos sustanciales para el estudio de la emancipación latinoamericana -como las ya mencionadas obras de François-Xavier Guerra <em>Modernidad e independencias</em><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn8"><sup><sup>[8]</sup></sup></a>e Hilda Sábato <em>Ciudadanía política y formación de las naciones</em><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn9"><sup><sup>[9]</sup></sup></a>-, nos haría totalizar la mirada en una sola definición.</p>
<p style="text-align: justify">La revolución que para los estudios historiográficos plantea la Escuela de Cambridge, con sus nuevas perspectivas sobre la historia conceptual o historia de las ideas políticas, acarrea un impacto en Latinoamérica, principalmente, en la historiografía argentina, prolífica en estas ideas, a las cuales dedicaremos un párrafo aparte. Los historiadores de la Escuela de Cambridge Quentin Skinner y J. Pocock, considerados los máximos exponentes de esta corriente, argumentan como tema principal el reestudio de la historia política, poniendo énfasis en los lenguajes políticos, en los vocabularios, así como también en las cadenas de significación de los contextos en los cuales éstos se desarrollan. Se debe considerar como racional cualquier postulado que un agente emita, ya que, aunque a nosotros nos pueda parecer disparatado, este postulado fue racional en el contexto de significación en el cual se emitió -Skinner utiliza el ejemplo de la creencia de Jean Bodin en la brujería. Así, estos historiadores se abocan a la tarea de reescribir la historia política, estudiando el contexto en el cual se desarrollaron estos vocabularios, lo que los ha llevado a descubrir nuevas significaciones en este proceso, como los trabajos sobre la figura de Maquiavelo, que Skinner realizó.<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn10">[10]</a></p>
<p style="text-align: justify">Los ya mencionados autores, Skinner y Pocock y sus ya citados libros, han obtenido una acogida sustancial, una difusión y práctica en la historiografía argentina. El ya mencionado Elías Palti se ha erguido como uno de los mayores seguidores en la región, compilando algunos libros de alto valor académico, como <em>Giro lingüístico e historia intelectual<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn11"><strong>[11]</strong></a>, </em>una compilación de ensayos de destacados autores que exponen presupuestos metodológicos sobre estas tendencias. Además de esto, ya hemos mencionado la obra de Palti titulada <em>El tiempo de la política, </em>en la cual destacamos su mirada sobre el trabajo de las ideas políticas en la historia latinoamericana, haciendo una mirada crítica sobre sus virtudes y defectos.</p>
<p style="text-align: justify">Lo anteriormente comentado se esboza en la prolífica producción historiográfica sobre ideas políticas en el país transandino. Autores como Marcela Ternavasio y su obra <em>La revolución del voto: Política y elecciones en Buenos Aires, 1810-1852<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn12"><strong>[12]</strong></a></em>;<em> </em>Ricardo Salvatore en <em>Caudillismos rioplatenses, nuevas miradas a un viejo problema<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn13"><strong>[13]</strong></a></em>, y Noemí Goldman, editando <em>Lenguaje y revolución. Conceptos políticos clave en el Río de la Plata, 1780-1850<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn14"><strong>[14]</strong></a>, </em>entre otros autores y títulos, han destacado en la producción historiográfica argentina en el último tiempo. En vez de definir sus tesis, pretendemos rescatar sus aspectos centrales para reestudiar nuestro período emancipatorio.  La forma y el tratamiento que estos textos le dan al problema político nos dejan muchos presupuestos metodológicos que podemos resaltar, todos ellos aplicados a las definiciones conceptuales que ellos nos entregan.</p>
<p style="text-align: justify">Por ejemplo, el tratamiento del concepto unidad/federación, expuesto en el libro de Goldman como una dicotomía, no sería un tema aplicable a la realidad nacional. Las provincias chilenas, en el <em>Acta de Unión de las provincias<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn15"><strong>[15]</strong></a>, </em>buscan este concepto. En cambio, la federación no aparece en la problemática. En el caso argentino, las provincias veían la unidad como algo ya asociado a un centralismo, a una sujeción a un poder central y utilizaban la federación<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn16">[16]</a>. En los años que estudiamos nosotros, esto aún no se ve, y las provincias que buscaban la unión -como, por ejemplo, la de Coquimbo- no la ven como un sinónimo de centralismo sino, más bien, como una forma de conservar la libertad.</p>
<p style="text-align: justify">Hemos visto que los temas tratados en la historiografía argentina son muy pertinentes a nuestro enfoque de estudio. Un mismo análisis podríamos hacer con Ternavasio y su estudio del voto, con Salvatore o con Hilda Sábato. Pero hay que dejar siempre sumamente en claro que el estudio de esta historiografía se debe aplicar teniendo en consideración las diferencias contextuales existentes. Solo así extraeremos el máximo valor a estos escritos, y aportaremos en una discusión y un planteamiento de temas de manera problemática y aguda.</p>
<p style="text-align: justify">Por último, en la historiografía nacional no hemos observado un debate conciso con respecto a estos temas. La historia de ideas políticas ha sido tratada tangencialmente por autores como Mario Góngora, en su <em>Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn17"><strong>[17]</strong></a></em>;<em> </em>Jaime Eyzaguirre, en su artículo <em>Las ideas políticas en Chile hasta 1935. Apuntes para su estudio<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn18"><strong>[18]</strong></a></em>; Alberto Edwards, en <em>La fronda aristocrática en Chile<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn19"><strong>[19]</strong></a></em>, y Ricardo Donoso, en <em>Las ideas políticas en Chile<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn20"><strong>[20]</strong></a></em>. Sin embargo, la perspectiva de estos autores está marcada por una linealidad en su análisis histórico, en el cual no se concentran en las tensiones sino, más bien, en la evolución. La misma mirada podríamos encontrarla, de manera mucho más matizada y problemática, en estudios posteriores, como los ya citados Collier y Heise. Últimamente hemos observado que está surgiendo una preocupación por la historia de las ideas políticas en Chile. Sin embargo, aún no se ha llegado a un estudio concreto de los contextos de significación y de la magnitud de los vocabularios políticos incorporados en los debates y, menos aún, de la mirada de las provincias durante la emancipación y organización de la república.<a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftn21">[21]</a></p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref1">[1]</a> Destacamos en esta línea los trabajos de Hilda Sábato (coordinadora), <em>Ciudadanía Política y formación de las naciones. Perspectivas históricas de América Latina. </em>México, FCE, 1999. Y de François-Xavier Guerra. <em>Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas. </em>Ed. Mapfre, FCE, 1992.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref2">[2]</a> Sobre la revisión que, desde el marco de la historia conceptual, se ha efectuado a la escritura histórica política latinoamericana, recomendamos revisar la introducción de Elías J. Palti, <em>El tiempo de la política</em>.<em> </em>Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2001.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref3">[3]</a> María Angélica Illanes habla del <em>“Mito de Chile”, </em>al momento de referirse al centro como forjador de la patria. La introducción a su obra es ilustrativa al momento de justificar la importancia de los estudios regionales, <em>Chile descentrado. Formación socio-republicana y transición capitalista (1810-1910)</em> (Santiago, LOM ediciones, 2003).  Pp.7-12.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref4">[4]</a> Ibídem.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref5">[5]</a> Los aportes de François-Xavier Guerra son ilustrativos también en este sentido, cuando habla de soberanía del pueblo. Si bien este término es bastante complejo de definir, en la forma que aquí lo presentamos posee más relación con las garantías de defensa del territorio. También, José Carlos Chiaramonte en <em>Nación y Estado en Iberoamérica. El lenguaje político en tiempos de las independencias. </em>Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2004. El autor realiza un sagaz recorrido por estas problemáticas puramente conceptuales, dándonos importantes luces para nuestra investigación. Por otro lado, una fuente recurrente y clarificadora en este tema es el llamado <em>Catecismo político cristiano.</em></p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref6">[6]</a> Entendemos orden como garante de la estabilidad y totalmente asociado a la soberanía. Esta fuente provincial lo ilustra  claramente: <em>“Si una confianza siega sugiriera a Santiago, la imprudente determinación de desatender a nuestras juntas e invariables reclamaciones: que no se olvide de lo que fuimos otras veces, y que absolutos en el circulo de nuestro territorio, sabemos defender con energía, nuestras propiedades y nuestra libertad. Fuera con el mayor sentimiento que nos viéramos reducidos a tan cruel y tan dolorosa alternativa, pues seria una consequencia natural la disolución de la unidad y orden que tanto apetecemos”</em>.<em> </em>ANH, ICoquimbo, Vol. 1, Fja.5. 18 de Julio de 1825.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref7">[7]</a> Julio Heise González, <em>150 años de evolución institucional.</em> Santiago, Ed. Andrés Bello, 1976. Pág. 32</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref8">[8]</a> François Xavier-Guerra, <em>Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas. </em>Ed. Mapfre, FCE, 1992.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref9">[9]</a> Hilda Sábato (coordinadora), <em>Ciudadanía Política y formación de las naciones. Perspectivas históricas de América Latina. </em>México, FCE, 1999.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref10">[10]</a> Sobre la historia conceptual, los postulados básicos de esta corriente podemos encontrarlos en el libro de Quentin Skinner, <em>Lenguaje, política e historia. </em>Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2004. Así también en el ensayo de J. G. A. Pocock, <em>El trabajo sobre las ideas en el tiempo</em>, en L. P. Curtis. <em>El taller del historiador</em>.<em> </em>México, FCE, 1975. Ambos autores sostienen presupuestos metodológicos que se basan en que no hay verdades objetivas, sino que debemos reconstruir los contextos en los cuales se emiten las opiniones, y hablar, en vez de lo anterior, de creencias racionales.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref11">[11]</a> Elías Palti, <em>Giro lingüístico e historia intelectual. </em>Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2004.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref12">[12]</a> Marcela Ternavasio, <em>Política y elecciones en Buenos Aires, 1810-1852</em>.<em> </em>Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2002.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref13">[13]</a> Ricardo Salvatore y Noemí Goldman (editores), <em>Caudillismos rioplatenses, nuevas miradas a un viejo problema. </em>Buenos Aires, Eudeba, 1998.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref14">[14]</a> Noemí Goldman (editora), <em>Lenguaje y revolución. Conceptos políticos clave en el Río de la Plata. 1780-1850. </em>Buenos Aires, Prometeo Ediciones, 2008.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref15">[15]</a> Acta de Unión de las provincias. Santiago, Imprenta Nacional, 1823.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref16">[16]</a> Goldman, <em>op.cit</em>. Pág. 178.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref17">[17]</a> Mario Góngora, <em>Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile. </em>Santiago, Ed. Universitaria, 1981.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref18">[18]</a> Jaime Eyzaguirre. <em>Las ideas políticas en Chile. Apuntes para su estudio</em>,<em> </em>en Boletín de la Academia Chilena de la Historia, N°1, Santiago, 1833. Pp.13-29.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref19">[19]</a> Alberto Edwards, <em>La fronda aristocrática en Chile. </em>Santiago, Imprenta Nacional, 1928.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref20">[20]</a> Ricardo Donoso, <em>Las ideas políticas en Chile. </em>México, FCE, 1946.</p>
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<p><a href="/Users/Nico/Downloads/Historiografia%20CCEHS.doc#_ftnref21">[21]</a> Tema resaltado en, quizás, uno de los primeros estudios que aborda a fondo este problema. De reciente publicación, el texto de Armando Cartes, <em>Concepción contra Chile, Consensos y tensiones en la patria vieja, 1808-1811. </em>(Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2010) es uno de los que nos invita a realizar este ejercicio, y complementar la mirada centralista de la Independencia con el actuar de las provincias.</p>
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<h5><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong>*<em>La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor/a y no representa necesariamente la posición de la Corporación Chilena de Estudios Históricos.</em></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></h5>
<h5><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><em><br />
</em></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></h5>
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		<title>¿BICENTENARIO EN EL 2010?</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Dec 2010 07:29:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por: Ana María Rodríguez Sierra[1] 
Red Nacional de Contactos
 El tema histórico de moda estos últimos dos años ha sido sin duda la independencia. Investigaciones, reportajes, libros, exposiciones de arte y hasta teleseries han centrado la atención en el hito histórico más importante para las naciones latinoamericanas: su nacimiento inscrito históricamente en 1810, aunque con críticas de  historiadores y aficionados a la historia que insisten en aguar la fiesta (o quizá alargarla) abanderando otras fechas de nacimiento, aduciendo distintas razones que, aunque puedan estar bien fundamentadas, no son suficientes para ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><em><strong>Por: Ana María Rodríguez Sierra</strong></em><strong><a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftn1">[1]</a><em> </em></strong></p>
<p style="text-align: justify"><strong>Red Nacional de Contactos</strong></p>
<p style="text-align: justify"><a href="http://www.estudioshistoricos.cl/wp-content/uploads/2010/12/cent.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4726" src="http://www.estudioshistoricos.cl/wp-content/uploads/2010/12/cent-300x158.jpg" alt="" width="300" height="158" /></a> El tema histórico de moda estos últimos dos años ha sido sin duda la independencia. Investigaciones, reportajes, libros, exposiciones de arte y hasta teleseries han centrado la atención en el hito histórico más importante para las naciones latinoamericanas: su nacimiento inscrito históricamente en 1810, aunque con críticas de  historiadores y aficionados a la historia que insisten en aguar la fiesta (o quizá alargarla) abanderando otras fechas de nacimiento, aduciendo distintas razones que, aunque puedan estar bien fundamentadas, no son suficientes para las generaciones que han crecido y aprendido de memoria en su educación básica un año que ya está inscrito en la memoria colectiva y que no puede cambiar de un día para otro. Quizá la cuestión no debería ser el año que fue o no, sino ¿qué tan efectiva ha sido la consolidación de las naciones americanas desde el siglo XIX? y ¿son Naciones, Estados o las dos cosas? Ciertamente son cosas distintas, pero yendo aún más allá, ¿quién creó a quién? ¿La Nación al Estado o el Estado a la Nación? Este es un tema que pocos historiadores han abordado, y muchos confunden en sus discursos los términos utilizándolos indistintamente, así que vale la pena aclarar estos asuntos acerca de la independencia y la subsecuente aparición de los Estados Nacionales en América, entre ellos el chileno, a propósito del tema de moda.</p>
<p style="text-align: justify"><strong> <em>Estado y Nación</em></strong></p>
<p style="text-align: justify">Múltiples autores que han dado definiciones al concepto de Estado concuerdan en que es un conjunto de instituciones que poseen la <a title="Autoridad" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Autoridad">autoridad</a> y potestad para establecer las <a title="Norma jurídica" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Norma_jur%C3%ADdica">normas</a> que regulan una <a title="Sociedad" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Sociedad">sociedad</a>, teniendo <a title="Soberanía" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Soberan%C3%ADa">soberanía</a> interna y externa sobre un espacio geográfico delimitado. <a title="Max Weber" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Max_Weber">Max Weber</a> lo definió como una unidad de carácter institucional que en el interior de un territorio monopoliza para sí el uso de la fuerza, lo cual justifica y legitima la existencia de instituciones como las <a title="Fuerzas armadas" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Fuerzas_armadas">fuerzas armadas</a>, la <a title="Administración pública" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Administraci%C3%B3n_p%C3%BAblica">administración pública</a>, los <a title="Tribunal" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Tribunal">tribunales</a> y la <a title="Policía" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Polic%C3%ADa">policía</a>, asumiendo pues el Estado las funciones de defensa, gobernación, justicia, seguridad e, incluso, las relaciones exteriores. Con todo, probablemente la definición más clásica de Estado fue la citada por el jurista alemán <a title="Hermann Heller" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Hermann_Heller">Hermann Heller</a>, que lo define como &#8220;unidad de dominación, independiente en lo exterior e interior, que actúa de modo continuo, con medios de poder propios, y claramente delimitado en lo social y territorial&#8221;<a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftn2">[2]</a>.</p>
<p style="text-align: justify">Por otro lado, Benedict Anderson, en su libro <em>Comunidades imaginadas</em>, se preocupa por responder la pregunta ¿qué es una Nación?, para la cual él da una respuesta simple y directa enunciada con el mismo título del libro: comunidad imaginada, es decir, la Nación es una construcción, una comunidad que se crea a partir de voluntades y olvidos comunes, en donde confluyen discursos políticos, históricos y literarios que, incluso, unen a muchos seres que ni siquiera se conocen en un pasado común y que los convierte en una colectividad que se imagina homogénea dentro de unos límites geográficos y culturales específicos. Esta comunidad, además, está dispuesta a declarar y a defender su identidad como propia, definida y diferente de las demás que le rodean<a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftn3">[3]</a>.</p>
<p style="text-align: justify">De modo que efectivamente Estado y Nación son cosas distintas, pero en estas definiciones no está explícita la relación que existe entre ambas cosas y mucho menos cuál de ellas define o le da forma a la otra. Para llegar a eso es necesario hacer un breve repaso de la historia que narra aquellos factores que conllevaron a la formación del Estado Nacional chileno. Por ejemplo, un factor importante que el historiador Alfredo Jocelyn-Holt toma en cuenta es, en primera instancia, la conformación de una elite dirigente criolla que se hizo al margen del Estado, que tuvo el papel protagónico en el proceso independentista y cuya actuación “posibilitó el paso trascendental de una monarquía a una república en Chile”<a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftn4"><sup><sup>[4]</sup></sup></a>. Esta elite comenzó a emerger en un momento en que España enfrentaba problemas en Europa y desvió su atención de los territorios americanos. Después quisieron aplicarse las reformas borbónicas empleadas en los territorios americanos con el fin de revertir la desatención y el distanciamiento de España, limitando el poder político criollo mediante múltiples medidas; en materia fiscal, creando algunos impuestos, el estanco del cultivo y la venta del tabaco, cobrando la alcabala y diseñando nuevas formas de avalúo del impuesto de pulpería con tasas incrementadas y acrecentando el aparato burocrático, para que nuevos funcionarios asalariados garantizaran un grado de profesionalismo que neutralizara injerencias formales ejercidas por elementos locales, como ocurría anteriormente en vista de la falta de renta para los cargos públicos. Sin embargo, estas medidas, indica Jocelyn-Holt, tuvieron un efecto contrario al esperado y, de hecho, “se consolida la elite dirigente que a su vez va a protagonizar la Independencia, elite difícil de caracterizar, pero en la cual se constatan aspectos tradicionales y modernos que, en definitiva, la van a capacitar”<a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftn5"><sup><sup>[5]</sup></sup></a>para ejercer el papel que ejerció en los acontecimientos que siguieron en el proceso de la formación del Estado chileno.</p>
<p style="text-align: justify">Por otro lado, la reestructuración de los espacios geográficos y la aparición de nuevos centros de poder, como los virreinatos de Nueva Granada y Río de la Plata tras la aplicación de las reformas borbónicas en el siglo XVIII, fueron llevando a una autonomía de los espacios que tradicionalmente se habían adscrito a otros centros de poder. En este sentido, el acercamiento comercial de Chile al Río de la Plata explicaría la correlación de fuerzas que se produjo a inicios del siglo XIX. El proceso de independencia se desarrolló sobre un nuevo mapa americano trazado gracias a los Borbones, y los sectores más radicales se ubicaron en la periferia de los antiguos virreinatos, como Argentina y Chile. También, al haber potenciado a los ejércitos, se dio pie para la futura aparición de un nuevo grupo que, a partir de la independencia, desempeñó un activo rol político y cuyos integrantes, en muchos casos, terminaron por convertirse en gobernantes de las nacientes repúblicas, y si bien el proceso de independencia no implicó un reajuste absoluto de las estructuras coloniales, se produjeron modificaciones importantes en las sociedades.</p>
<p style="text-align: justify">De manera que la historiografía muestra cómo las reformas borbónicas permitieron la existencia de un ambiente propicio para la emancipación, si bien su objetivo era evitarlo; mas no se puede olvidar, y en eso se concuerda con los historiadores O’Phelan y Guerrero<a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftn6">[6]</a>, que la independencia no fue un proyecto estructurado, meditado, planeado por la elite, sino que fue efecto de múltiples factores que confluyeron en un momento oportuno, como fue la invasión napoleónica de España y el apresamiento de Fernando VII. La elite debió decidir un modo de gobernar y luchar por el que consideró mejor ante la coyuntura que debilitó a la Monarquía, justo cuando se había consolidado como elite que, además, se sentía capaz de establecer un nuevo sistema independiente de gobierno. No obstante, esto no fue fácil, pues la independencia se produjo en poblaciones que por siglos habían vivido bajo un sistema monárquico que apenas concedía espacios a los nacidos en América para la participación y representación política, lo cual generó un nivel relativamente bajo de cultura política, factor determinante de las dificultades experimentadas para lograr la conformación de esquemas estables de gobierno. Respecto de esto, también es importante anotar que la independencia tuvo un carácter más continental que de países individuales en contra de España y, por lo tanto, un carácter mucho más civil.</p>
<p style="text-align: justify">Lo que sigue a la conformación y consolidación de la elite, ayudada en parte por la aplicación de las reformas borbónicas, fueron entonces las luchas independentistas. Las batallas militares y civiles les dieron a las elites criollas la “libertad” para crear nuevos <em>Estados</em>, que fueron instituidos con dificultad y que, a modo de ensayo y error, iban generando en el camino los lineamientos a seguir, a fin de mantener el orden social, económico y político que facilitara el rumbo al progreso<em> </em>de los nuevos entes administrativos y gobernativos que se acababan de instalar con las juntas de gobierno, asambleas constituyentes y todos los estamentos creados a propósito de la novedad de las repúblicas. Pero todo eso no podía hacerse sobre la misma base colonial existente aún en la sociedad y en las “mentalidades colectivas” de las gentes; se requería crear una comunidad que se sintiera recogida y representada en una historia y olvido comunes. Así, los nuevos Estados necesitaban crear <em>Naciones</em> y, para hacerlo, se valieron, entre otras cosas, de tres cuestiones fundamentales: la historia, la educación y la cultura. En cuanto a la historia, es evidente que comenzó a escribirse con un estilo épico, donde los héroes eran aquellos que habían luchado por la “libertad” en contra de la dominación española. Su escritura claramente fue con la intención de establecer un pasado común para aquellos que habitaban los territorios ahora delimitados concretamente y el olvido común de la Colonia, el olvido del pasado oscuro. Al respecto, el historiador colombiano Germán Colmenares menciona:</p>
<p style="text-align: justify">“Todo el período que va de mediados del siglo XVI hasta los últimos decenios del XVIII aparecía envuelto en las sombras de la monotonía. Sólo se vislumbraba en él, o se imaginaba, pasiones oscuras, venganzas sombrías, una justicia caprichosa y venal. Casi todo el período colonial semejaba un pozo oscuro del que sólo se veían los bordes. Ésta era una historia ajena, la de los ‘tiempos de los españoles’ de la que nadie tenía interés en apropiarse”<a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftn7">[7]</a>.</p>
<p style="text-align: justify">Así que la historia colonial era una que había de olvidarse; de ahí la creación de nuevas historias nacionales que dijeran los nombres, los lugares, las batallas y exaltaran todo aquello que pudiera servir de baluarte para cohesionar a todos aquellos habitantes que no se conocían, pero que habitaban un espacio común y que debían tener también un sentido común, nacional, de comunidad imaginada: Chile.</p>
<p style="text-align: justify">Sin embargo, la historia solo era uno de los aspectos útiles para crear la Nación. La educación y la cultura -entendida esta última como la exaltación de lo propio, la implementación de tradiciones, relatos literarios cohesionadores o la búsqueda de rasgos característicos en todo tipo de creaciones artísticas- jugaron un papel fundamental en la creación de la idea de lo nacional, que en Chile tiene bastante resonancia visible aún hoy en frases como “¡viva Chile, mierda!”, el valor de la bandera y el himno nacionales, las definiciones de lo propio y típico chileno desde sí mismos y en contraposición a las demás culturas circundantes. Así que la independencia fue solo el primer paso, el primer escalón en la aparición del Estado que, a su vez, fue creando a la Nación Chilena mediante un proceso largo que actualmente se renueva y se reinventa de distintas maneras; se enfatiza esa nacionalidad que hoy está bien definida y delimitada, y no solo por las fronteras y la estrecha y larga extensión geográfica, sino en las mentes de todos los chilenos que se sienten orgullosos de serlo. Y por eso, sin importar la fecha, 1810 ó 16 o cualquier otra, celebran con todo los 200 años del nacimiento de su patria, de su Nación, de su identidad.</p>
<hr size="1" />
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftnref1">[1]</a> Historiadora de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín 2008, Candidata a Magíster de la Universidad de Concepción 2010, pertenece al grupo de investigación Historia, Trabajo, Sociedad y Cultura de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftnref2">[2]</a> Wikipedia. En: <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Estado">http://es.wikipedia.org/wiki/Estado</a>, consultado el 12 de octubre de 2010.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftnref3">[3]</a> ANDERSON, Benedict, <em>Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo</em>, México, FCE, 1997.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftnref4">[4]</a> JOCELYN-HOLT, Alfredo, <em>La independencia en Chile. Tradición, modernización y mito, </em>Santiago, Planeta, 2001, p. 73.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftnref5">[5]</a> Ibíd. p. 98.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftnref6">[6]</a> O’Phelan, Scarlet G. y Guerrero Lira, Cristián. “De las reformas borbónicas a la formación del Estado en Perú y Chile” en Eduardo Cavieres y Cristóbal Aljovín (Comp.), <em>Perú-Chile, Chile-Perú: 1820-1920</em>. <em>Desarrollos políticos, económicos y culturales</em>. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Convenio Andrés Bello y Universidad Mayor San Marcos. Lima, 2006.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/Bicentenario%20-%20Ana%20Mar%C3%ADa%20Rodr%C3%ADguez.doc#_ftnref7">[7]</a> COLMENARES, Germán,<em> Las convenciones contra la cultura. Ensayo sobre la historiografía hispanoamericana del siglo XIX</em>,  Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1987,  p. 38.</p>
<p style="text-align: justify">
<h5><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong>*<em>La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor/a y no representa necesariamente la posición de la Corporación Chilena de Estudios Históricos.</em></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></h5>
<h5><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><strong><em><br />
</em></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></strong></h5>
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		<title>El Bicentenario y la construcción de un sujeto nacional unitario</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Nov 2010 04:09:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por Renato Hamel Alonso
El día sábado 18 de septiembre del presente año, el diario conservador El Mercurio publicó en su sección “Artes y Letras” un ensayo del reconocido historiador Sergio Villalobos, titulado “El sentido íntimo de nuestra historia”[1]. En él, Villalobos tiene como intención realizar -con ocasión del “día del nacimiento de la República”- un breve recuento de la trayectoria de “la nación chilena”, de “nuestra historia”, como se desprende de su título, que es “una historia que marca nuestro ser nacional y lo proyecta hacia el futuro”. El objetivo ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><a href="http://www.estudioshistoricos.cl/quienes-somos/renato_hamel/">Por Renato Hamel Alonso</a></strong><strong></strong></p>
<p style="text-align: justify"><a href="http://www.estudioshistoricos.cl/wp-content/uploads/2010/11/BANDERADECARAS.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-4635" src="http://www.estudioshistoricos.cl/wp-content/uploads/2010/11/BANDERADECARAS-300x212.jpg" alt="" width="300" height="212" /></a>El día sábado 18 de septiembre del presente año, el diario conservador <em>El Mercurio</em> publicó en su sección “Artes y Letras” un ensayo del reconocido historiador Sergio Villalobos, titulado “El sentido íntimo de nuestra historia”<a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftn1">[1]</a>. En él, Villalobos tiene como intención realizar -con ocasión del “día del nacimiento de la República”- un breve recuento de la trayectoria de “la nación chilena”, de “nuestra historia”, como se desprende de su título, que es “una historia que marca nuestro ser nacional y lo proyecta hacia el futuro”. El objetivo de la presente columna será analizar de qué forma se articula cierta producción intelectual con su difusión en un medio de comunicación masivo con el objetivo de constituir un sujeto nacional (chileno) unitario, homogéneo, no contradictorio e inmerso en un devenir histórico teleológico. De este análisis saldrán a la luz las opciones ideológicas utilizadas por Villalobos en este recuento, cubiertas con un manto de objetividad científica, legitimidad que no siempre es lograda en base a evidencia empírica sino, más bien, a través de supuestos apriorísticos.</p>
<p style="text-align: justify">Desde un comienzo, Villalobos deja ver una definición preliminar de la nación chilena: “Cuando llegaron los días inciertos de 1810, la nación chilena estaba perfectamente conformada. Estaba constituida por una población en su inmensa mayoría mestiza con predominio de los rasgos blancos y poseedora de una cultura, en general uniforme, hasta donde puede serlo en cualquier nación. Ocupaba un territorio claramente señalado entre el río Copiapó y el confín de Chiloé, con el paréntesis débil de La Araucanía”. Esta aproximación a la nación chilena es, por lo tanto, racial, cultural y geográfica. Su aspecto temporal, es decir, su origen, es omitido de la enumeración textual, pero se desprende de la confluencia de los tres factores señalados. De esta forma, la pregunta de cuándo se formó la nación chilena es respondida por la suma de los criterios establecidos: fue antes del 1810, cuando se conformó una “raza chilena” (es decir, la mayoría mestiza de rasgos blancos), con su cultura propia, y que históricamente vivió entre Copiapó y Chiloé (sin contar un “paréntesis débil” vaciado de significado).</p>
<p style="text-align: justify">Tal respuesta es insatisfactoria por diversas razones. En primer lugar, se asume arbitrariamente una posición en el debate con respecto a la temporalidad de la nación, que está lejos de ser consensuada en la comunidad científica. Más bien, este “concepto genealógico de la nacionalidad”<a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftn2">[2]</a>, es decir, que la nación chilena se haya conformado con anterioridad a 1810 -como sostiene Villalobos-, es una posición minoritaria (si no residual), considerando que la mayoría de los aportes al respecto apunta a diversos actores posteriores a la independencia (generalmente el Estado o la oligarquía, aunque no debieran descartarse otros) como propulsores de una concepción de nacionalidad<a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftn3">[3]</a> que, por lo tanto, no es “natural”, sino construida socialmente. El hecho de que para Villalobos la nación chilena haya estado “perfectamente conformada” hacia 1810 muestra su afán de naturalizarla, es decir, de mostrar tal condición como natural y, por ende, intrínseca al desarrollo social de los individuos que habitaban tal espacio.</p>
<p style="text-align: justify">Otra de las características insatisfactorias de esta respuesta es la inclusión de una “inmensa mayoría mestiza con predominio de rasgos blancos”, que es evidentemente problemática en términos teóricos. ¿De qué mestizos estamos hablando? Pareciera que en su afán de naturalizar una homogeneidad racial chilena, Villalobos ha olvidado que el concepto de “mestizo” es uno vacío en sí, pues no significa más que “mezcla”. Pero, ¿qué tipo de mezcla es esta?, ¿entre quiénes se lleva a cabo? La homogeneidad pretendida por Villalobos aquí no es más que una ilusoria, pues la mezcla implícitamente racial entre “blancos”, “indígenas” y, en “reducido número”, negros necesita, entonces, de una pureza igualmente genotípica de estos espectros. Esta “pureza” resulta bastante dudosa, debido a que los criterios para designar a uno u otro son variables, y porque expresiones como “blanco”, “indígena” y “negro” no son sino categorías ideales que intentan categorizar, dividir y, en este caso, jerarquizar a las personas de “carne y hueso” que objetivamente pueden no calzar en ninguna de ellas, o que subjetivamente pueden no sentirse identificadas con aquellas. Asimismo, al hablar de mestizo de manera tan ligera, se pasa por encima de la complejidad histórica de las distinciones realizadas en torno a él: ¿quién es el mestizo? La respuesta a tal pregunta no es fija ni natural, sino que social, es una categoría clasificatoria afirmada en un proceso de la lucha por el nombrar (en este caso, al mestizo y, por ende, al no-mestizo), y en una pertenencia determinada en la trama social. Por eso, “el mestizo” del siglo XVII no es el mismo del siglo XIX ni el actual. ¿A cuál se refiere Villalobos? Probablemente, a un ideal de mestizo basado en la mezcla racial ya señalada; no se refiere, entonces, a mestizo histórico alguno. En resumen, la noción del “mestizo” como resultado de un proceso “biológico” resulta absurda, en tanto el mestizo es, más bien, un significante social. Tal como señala Bernardo Subercaseaux, “la categoría de ‘raza chilena’, como base étnica de la nación, es, por lo tanto, una invención intelectual, una representación que carece de fundamento objetivo. Se trata de un significante vacío que puede ser llenado con distintos rasgos, sean éstos biológicos, psíquicos, culturales o sociales […]. Pero más allá de una invención intelectual, es también una invención emocional, y como tal obedece a una lógica y a una racionalidad distinta a la científica, más próxima a las zonas oscuras y misteriosas del ‘nacionalismo’ y la ‘religión’ que a la del conocimiento racional y empírico.”<a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftn4">[4]</a> Ahora bien, si en lugar de mestizo se hablara de mestizaje como mezcla en general, resultaría imposible negar su existencia, pero sí dudar de su funcionalidad en la argumentación de Villalobos, pues de tal proceso se puede esperar cualquier resultado menos una homogeneización racial en los mestizos, debido a la inexorable diversidad de “mezclas”, como se puede observar en la enorme -y, a la vez, insuficiente- categorización de castas realizada durante la Colonia. Por ello, resulta extremadamente poco riguroso decir que “desde Arica al Cabo de Hornos, el chileno es uno solo”.</p>
<p style="text-align: justify">Tercero, la alusión a una “cultura uniforme” es aclarada posteriormente: “En el plano de la cultura también hay una gran unidad. La que trajeron los conquistadores se impuso con facilidad y luego continuó alimentándose por el contacto con Europa y los Estados Unidos, de suerte que el país ha estado inmerso en la cultura cristiana occidental. La lengua, la religión, la ciencia, la técnica y el humanismo han conformado un país moderno.” Estamos ante una visión estrecha, excesivamente lineal y homogeneizadora, tanto en términos históricos como teóricos. En estos últimos, cabe preguntarse cómo definir una unidad cultural. En este caso, Villalobos entiende cultura como el uso de determinados objetos, o la realización de prácticas fijas, como se observa en el siguiente fragmento: “Las costumbres y los símbolos son los mismos en todas partes. De Arica al Cabo de Hornos, el huaso, la cueca y el copihue tocan el alma de los chilenos.”  Si “lo chileno” es entendido como una serie de artefactos establecidos, ¿significa entonces que artefactos “no chilenos” implican una alienación? Cabe cuestionar, en primer lugar, cómo se determina qué es lo chileno y qué no. En este caso, Villalobos omite el origen contingente de la utilidad simbólica de tales objetos y prácticas, que no surgió espontánea y naturalmente, sino, más bien, como un acto de invención, en el sentido sugerido por Eric Hobsbawm, es decir, no como un invento <em>ex nihilo</em>, pero sí como un proceso social. ¿Por qué un baile, una flor y un personaje que son escasamente vistos o practicados deben ser representativos de una nación, e incluso defendidos y protegidos del devenir histórico que tiende a relegarlos al olvido? Es necesario entender la <em>selección</em> de estos elementos no como el “resultado” de un proceso que marcha por sí mismo, sino como una elección que se realizó consciente o inconscientemente en un momento determinado. Más allá de esta concepción más bien obsoleta de cultura, si utilizamos un concepto más antropológico en el que cultura se entiende como una forma determinada de comprensión del entorno y de sí mismo, ¿es posible señalar que de Copiapó a Chiloé se compartía en 1810 la misma forma de interpretar el mundo, considerando la falta de estímulos homogeneizantes?</p>
<p style="text-align: justify">En términos históricos, el carácter absolutamente determinante que Villalobos otorga a “lo occidental” dentro de la cultura chilena lleva, por supuesto, a que se omita lo “no occidental”, incluso llegando a señalar que “el aporte de los llamados pueblos originarios ha sido de escaso monto. Sus lenguas prácticamente han desaparecido, igualmente sus técnicas, y sus costumbres no son más que reminiscencias folclóricas con algo de mitos y leyendas.” Más allá del evidente tono colonialista y peyorativo, es relevante que se ignoren importantes procesos de transculturación, de expresiones barrocas, entre otros, sin los cuales es imposible comprender la cultura chilena -sea que se entienda del modo tradicional o antropológico. A su vez, gracias a esta supuesta “unidad cultural”, se desconocen las tensiones en la construcción de “lo chileno” ante “lo indígena” y sus ambivalencias entre inclusiones subordinadas (cooptación independentista, indigenismo, multiculturalismo) y exclusiones violentas (conquista, militarización, represión)<a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftn5">[5]</a>. Se ignora, por lo tanto, la relación colonial entre el chileno y sus otros, en el que, en algunos casos, se habla en nombre de los últimos, o sencillamente se les omite/erradica.</p>
<p style="text-align: justify">Se hace evidente que la construcción del sujeto unitario chileno es una operación inclusiva, donde las diferencias entre los individuos y colectividades son ignoradas en pos de una concepción a la vez occidentalizante y folclorizante de “lo chileno”. Pero esto implica que, a su vez, es una operación sumamente excluyente, pues el requisito para tal inclusión reside en aceptar la enfatización de aquellos elementos: ¿qué ocurre en el caso de personas que no caben en “lo mestizo con rasgos predominantemente blancos”, o con quienes cuyas almas no se conmueven con el huaso, la cueca y el copihue, o quienes no tienen ascendencia de chilenos, pero que de igual forma se consideran como tales? ¿Son, acaso, menos chilenos? Pero, ¿cómo pueden ser menos chilenos si puede que se <em>sientan, piensen y entiendan a sí mismos como</em> <em>chilenos</em>, pudiendo actuar en función de tal adscripción? La aplicación directa de la tipología de lo chileno hecha por Villalobos evidencia sus fisuras desde sus márgenes, pero no se encuentra exclusivamente allí el lugar desde el cual se puede llevar a cabo su crítica. En efecto, si “lo chileno” se puede definir por una serie de características (raciales, culturales o geográficas), es posible determinar una gradualidad de ello, pretendidamente lineal: existen personas “menos chilenas” que otras, en función del cumplimiento de sus atributos, independiente de su voluntad y sentimiento nacional, lo cual carece de sentido teórico como práctico. Ello implica que un huaso “mestizo” que baila cueca añorando a un copihue es nacional, moral e históricamente mejor que un afrodescendiente que compra importaciones chinas y come hamburguesas, por poner un ejemplo extremo. ¿Qué pasa, a su vez, con un santiaguino que baila cueca ocasionalmente y, a veces, consume chicha? ¿Es más chileno que el afrodescendiente, pero menos que el huaso? Podría continuar hasta el infinito, mas no es necesario, pues el absurdo de tal postura es evidente.</p>
<p style="text-align: justify">Hasta ahora he mencionado a quienes no calzan con los atributos del “sentido íntimo de nuestra historia”, pero que sí pueden desear sentirse parte de ella. Falta, por supuesto, aquella gente que conscientemente no desea pertenecer a la nación chilena. Me refiero no sólo a quienes disienten de lo que se considera chileno (quizás reduciéndolo a lo que el canon entiende por tal), sino a quienes han sido deliberadamente marginados, explotados y colonizados por el Estado y la fracción principal del nacionalismo chileno, que ilustraré con el ejemplo del movimiento nacionalista mapuche<a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftn6">[6]</a>. Cuando Villalobos reproduce una dinámica teleológica de la historia chilena -incluyendo a toda la población desde Arica al Cabo de Hornos en un ser nacional proyectado hacia el futuro- está implícitamente señalando a aquellos que no se reconocen como parte de tal ser nacional<a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftn7">[7]</a> como resistentes a un fenómeno natural, en un evidente juicio de valor negativo. Pero, ¿qué es lo que se cuestiona en este caso? Si el <em>telos</em> -la nación chilena- es un proceso naturalizado, se ignora el carácter de <em>sujeto histórico</em> de la persona que no elige tal opción, en tanto que se niega su derecho a la autoafirmación libre -es decir, despojada de presiones externas. Así, en la disyuntiva colonialista, el sujeto es influenciado a despojarse de su derecho a la diferencia: o te asimilas o no estás <em>en</em> la Historia (que es la del <em>telos</em> chileno). Esta operación teleológica también funciona en la expropiación del carácter de sujeto a quienes forman parte de lo que puede denominarse el pueblo chileno: al ser el proceso de la construcción de la nación uno natural, las personas que son meramente el <em>objeto</em> de tal proceso (o que actúan en función de sus designios) son despojadas de su capacidad de raciocinio, de adscripción consciente, de actuar como los <em>sujetos</em> de los procesos histórico-sociales que ellos desarrollan. De esta manera, el “chileno” (quien se reconoce como tal) es relegado a una posición de pasividad, actuando según estímulos (la “Causa”) en lugar de su Razón<a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftn8">[8]</a>.</p>
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<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftnref1">[1]</a> Pp. E5 – E6. Desde ahora, toda cita sin referencia provendrá de tales páginas.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftnref2">[2]</a> Véase Palti, Elías, <em>La nación como problema: los historiadores y la “cuestión nacional”</em>, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 11 y ss.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftnref3">[3]</a> En términos globales, la crítica del “concepto genealógico de nacionalidad” es la postura predominante en el concierto intelectual mundial, desde el trabajo pionero de Otto Bauer, a principios del siglo XX. En esta postura se encuentran autores tan disímiles como Elie Kedourie, Ernest Gellner, Eric Hobsbawm y Benedict Anderson. Incluso autores que tienden a sentar una continuidad entre etnias pre-modernas y naciones modernas, como Anthony D. Smith, son recelosos al momento de proclamar una comunidad fija a lo largo de este proceso. Véanse las contribuciones de estos autores en Balakrishnan, Gopal (ed.), <em>Mapping the nation</em>, Londres, Verso, 1996. Para el caso chileno, una de las más tempranas manifestaciones de esta crítica en el ámbito historiográfico fue realizada por Mario Góngora, quien, en sintonía con la postura mundial, señala en el prefacio de su célebre <em>Ensayo histórico sobre la noción del Estado</em> que “el Estado es la matriz de la nacionalidad: la nación no existiría sin el Estado, que la ha configurado a lo largo de los siglos XIX y XX”.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftnref4">[4]</a> Subercaseaux, Bernardo, “Raza y nación: Ideas operantes y políticas públicas en Chile, 1900-1940”, en Gabriel Cid y Alejandro San Francisco (eds.), <em>Nacionalismos e identidad nacional en Chile. Siglo XX</em>, Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, p. 70</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftnref5">[5]</a> Véase, por ejemplo, Pinto, Jorge, <em>De la inclusión a la exclusión. La formación del estado, la nación y el pueblo mapuche, </em>Santiago, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2003; Pinto, Julio y Valdivia, Verónica, <em>¿Chilenos todos? La construcción social de la nación (1810-1840)</em>, Santiago, LOM, 2009.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftnref6">[6]</a> Véanse, por ejemplo, numerosos documentos de intelectuales mapuche y chilenos disponibles en el Centro de Documentación Ñuke Mapu: http://www.mapuche.info/mapuint/amapuint00.html.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftnref7">[7]</a> Véase, por ejemplo, las críticas de Pablo Marimán al nacionalismo asimilacionista chileno: http://www.mapuche.info/mapuint/mariman001011.html.</p>
<p style="text-align: justify"><a href="/Users/Nico/Downloads/La%20construccion%20de%20un%20sujeto%20nacional%20unitario%20-%20Renato%20Hamel.doc#_ftnref8">[8]</a> Para esta oposición entre Causa y Razón me baso, por supuesto, en el famoso artículo de Ranajit Guha “La prosa de la contra-insurgencia”.</p>
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