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Un nuevo amanecer de los movimientos sociales en Chile

18 septiembre 2011 521 visitas Sin Comentarios

Por Sergio Grez Toso*

El año 2011 quedará inscrito en la historia de Chile como el de un nuevo despertar  de los movimientos sociales después de más de dos décadas de aletargamiento debido a  la combinación de la acción “natural” del modelo económico  neoliberal, del recuerdo del  régimen de terror de la dictadura, de las trabas y cortapisas legales e institucionales  para la expresión de las demandas sociales, de la virtual dictadura mediática impuesta por un puñado  de  grupos  económicos  y  de  poder,  además  del  control  y  cooptación  de  estos movimientos  ejercidos  durante  largo  tiempo  por  los  gobiernos  de  la  Concertación  y  sus partidos.

En lo que va corrido de este año, los movimientos sociales en Chile se han sucedido con  insólita  rapidez,  masividad  y  persistencia.  En  apretada  e  incompleta  síntesis  habría que  mencionar  la  protesta  regional  de  Magallanes,  las  movilizaciones  contra  el megaproyecto  de  HidroAysén,  las  marchas  por  los  derechos  de  la  diversidad  sexual,  los paros comunales de Calama, la protesta de Arica, las huelgas de los trabajadores del cobre (estatales y privados), los paros de los empleados fiscales, sin olvidar la persistente lucha de  los  mapuches  por  la  recuperación  de  sus  tierras  y  la  reconquista  de  su  autonomía  y libertad.  Pero,  sin  duda,  el  más  masivo  y  de  mayores  efectos  sociales,    culturales  y políticos,  ha  sido  el  movimiento  por  la  educación  pública  cuya  columna  vertebral  y principal componente son los estudiantes.

Tal  vez  la  principal  virtud  de  este  movimiento  –aparte  la  de  poner  en  la  agenda política con tremenda fuerza la cuestión educacional- ha sido su aporte a la repolitización de  la  sociedad  chilena,  potenciando  la  reactivación  de  otros  sectores  y  cuestionando certezas,  valores,  normas,  instituciones  y  formas  de  hacer  las  cosas  que  parecían  haber adquirido  características  “naturales”  para  millones  de  ciudadanos  sometidos  a  la hegemonía  ideológica  del  neoliberalismo.  Hasta  hace  unos  cuantos  meses  solo  una minoría de chilenos cuestionaba seriamente el lucro en la educación y el rol subsidiario del Estado.  Hoy  son  millones  los  que  exigen  junto  a  los  estudiantes  una  educación  estatal gratuita, laica, democrática, igualitaria y de calidad. El cambio ha sido radical. Igualmente, hasta  hace  poco,  plantear  demandas  como  el  plebiscito  para  zanjar  disyuntivas  de  gran interés ciudadano, la renacionalización del cobre y una reforma tributaria para financiar la solución  de  los  más  acuciantes  problemas  sociales,  además  de  la  convocatoria  a  una Asamblea  Constituyente  para  que  por  primera  vez  en  su  historia  los  pueblos  de  Chile ejerzan su soberanía, eran sueños de izquierdistas impenitentes, sin gran eco social. Hoy son  temas  ineludibles  y  hasta  la  “clase  política”,  que  ha  pretendido  monopolizar  la representación  ciudadana  en  las  últimas  décadas,  debe,  muy  a  contrapelo  de  sus naturales  inclinaciones  e  intereses, tomarlas  en  cuenta para  rebatirlas  o  simular  acuerdo con ellas para mejor contener las exigencias provenientes de la sociedad civil.

Asistimos, tal como lo han señalado diversos analistas, a un colapso del acuerdo de gobernabilidad  suscrito  entre  los  partidarios  de  la  dictadura  y  sus  opositores  moderados en  la  segunda  mitad  de  la  década  1980,  pero  también  a  una  crisis  de  legitimidad  del modelo económico neoliberal y del sistema de democracia restringida, tutelada y de baja intensidad  administrado  por  dichas  fuerzas  desde  1990.  Al  mismo  tiempo  se  extiende  el cuestionamiento  a  las  viejas  formas  “delegadas”  de  hacer  política  a  través  de representaciones institucionales divorciadas de las bases sociales, altamente centralizadas y  jerárquicas.  En  su  lugar,  los  jóvenes  y  otros  actores  sociales  han  venido  construyendo desde  hace  años  formas  más  democráticas  y  horizontales,  como  los  colectivos sociopolíticos,  las  asambleas  territoriales  y  locales  y  las  coordinaciones  sectoriales, regionales y nacionales de colectivos y organizaciones sociales cuyas políticas y decisiones se  toman  colectivamente  y  en  las  que  no  es  extraño  que  los  dirigentes  y  voceros  sean removidos por sus bases si estas lo estiman conveniente. El sistema político binominal, la elitización de la política “profesional” y los abusos de la “clase política”, han engendrado sus  propios  sepultureros:  una ciudadanía  popular  y  de  clases  medias  crecientemente empoderada. La crisis del sistema es profunda aunque aún no es “terminal”.

¿Qué  falta  para  que  la  democracia  de  baja  intensidad  y  el  extremista  modelo neoliberal chileno sean desalojados del escenario histórico?

Varios elementos. Los más importantes e inmediatos parecen ser los siguientes.

En  primer  lugar,  que  los  trabajadores  en  tanto  tales  (y  no  solo  como  pobladores, consumidores,  padres  o   apoderados)  entren  decididamente  en  la  lucha  por  sus  propios derechos,  con  los  mismos  grados  de  autonomía,  radicalidad  y  sagacidad  política demostrados  hasta  ahora  por  el  movimiento  estudiantil.  Ellos  son  y  seguirán  siendo  el elemento  decisivo,  como  lo  es  la  infantería  en  la  guerra,  considerada  tradicionalmente como la “reina de las batallas”.

En  segundo  término,  es  indispensable  que  los  movimientos  sociales  (no  solo  el estudiantil)  sean  capaces  de  elaborar  sus  propias  propuestas  políticas  y  de  tender  lazos solidarios  entre  sí  para  formar  un  frente  común  ante sus  adversarios.  Esos  movimientos deben  buscar  sus  puntos  de  acuerdo  para  construir  plataformas  unitarias consensuadas democráticamente.  Pero  también  es  imprescindible  que  se  doten  de  sus  propias representaciones en la esfera política. El profundo desprestigio que envuelve al duopolio de  la  “transición  chilena”  (la  Concertación  y  la  Derecha  clásica)  ofrece  una  oportunidad como pocas veces se ha visto en la historia de este país para que los movimientos sociales se  auto  representen  políticamente  y  sean,  por  primera  vez,  los  actores  principales  de  la refundación  de  las  bases  políticas  que  la  sociedad  requiere  so  pena  de  deslizarse  hacia callejones sin salida de sucesivos estallidos sociales sin capacidad de construir alternativas viables. La anomia política es un mal que suele acechar a los movimientos sociales si estos no  están  en  condiciones  de  orientarse  más  allá  de  sus  reivindicaciones sectoriales  o corporativas, y esa anomia es también un peligro que está rondando a la sociedad chilena.

La convocatoria a una Asamblea Constituyente en la cual los representantes de los movimientos  sociales  sean  la  fuerza  principal,  debería  ser  el  horizonte  político  para  la refundación  de  una  segunda  República,  que  deje  atrás  la  soberanía  delegada  y esencialmente  nominal  que  ha  imperado  durante  doscientos  años,  sustituyéndola  por  la soberanía  efectiva  de  los  pueblos  que  viven  en  este  Estado  nación.  El  plebiscito  sobre  la educación puede ser un hito importante en ese camino hacia la soberanía popular.

* Historiador, académico de la Universidad de Chile.  Artículo publicado en The Clinic, Nº409, Santiago, 1 de septiembre de 2011. El autor y la revista autorizan su difusión.

**La opinión contenida en este texto es de exclusiva responsabilidad de su autor/a y no representa necesariamente la posición de la Corporación Chilena de Estudios Históricos.
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